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Editorial

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¿Salario mínimo o salario justo?

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eleconomista.com.mx

Al final de cada año comienza a hablarse de cuál será el monto del salario mínimo para el siguiente. El concepto del salario mínimo es un arma de doble filo, por una parte y, desde el pensamiento de los economistas, obedece a unos análisis numéricos que harían que los bienes producidos sean competitivos en sus costos y, por otra parte, que se pueda conservar el trabajo y con él el empleo. 

Por otro lado, la misma expresión “salario mínimo” puede llegar a ser portadora de una forma de pensar en la cual lo que se afirma es que el empleador no está obligado a dar nada más allá de este mínimo legal. O sea, puede ser generador de una cultura en la cual más que una preocupación por la justicia lo que hay es una motivación para cumplir la ley sin hacerse preguntas de otro orden.

A propósito de la inmensa inequidad social que caracteriza a Colombia, una de las cuestiones que se debería revisar a fondo es este tipo de conceptos que a la larga pueden ser originadores de una injusticia permanente con mucha gente. Sería muy interesante que se marchitara la expresión “salario mínimo” y que se diera campo a una que hablara del “salario justo”. 

En pocas palabras, el salario justo es el que le permite a una persona trabajadora vivir tranquilamente con los ingresos recibidos. No puede ser que alguien que labora todos los días y cumple con lo que se le pide, al final de la jornada esté sumido en inmensas preocupaciones porque lo que gana no le alcanza para el arriendo o para el mercado o para el transporte o los servicios públicos. Esto es tremendamente injusto.

Es cierto, también, que, dado que todavía no tenemos suficiente riqueza, en ocasiones no hay cómo pagar el salario justo y esta es una carencia preocupante. Pero hay que trabajar para que a todos les corresponda el ingreso adecuado para vivir bien. 

Es cierto, además, que en Colombia ya hay muchos empleadores que pueden y deberían pagar salarios justos. Una persona que debe ver solo por sí misma, en una ciudad como Bogotá, no vive bien con menos de dos millones de pesos. Y si es una familia típica de cuatro personas, no lo logra con menos de tres millones de pesos. En otros lugares del país quizás la vida sea un poco menos costosa, pero hay que hacer cuentas exactas para no repartir más pobreza.

En realidad, hace falta que, desde los sectores productivos, los gremios, el Estado, la academia, las iglesias, se luche por instaurar la cultura del salario justo y superemos esa pobre expresión del salario mínimo, que nos ha vuelto mezquinos e injustos.

Desde luego que la cultura del salario justo implica decisiones dolorosas. Entre ellas está la que implica que quienes viven muy bien revisen si su óptimo nivel de vida no está montado sobre el hambre y las carencias de quienes laboran para ellos. Y así es en efecto en muchas ocasiones. 

La sociedad debería subir su nivel de bienestar en forma armónica, todos progresivamente. Pero lo que se ve es que unos están en unas cumbres inalcanzables para la mayoría y muchos se encuentra en una precariedad escandalosa.

Un criterio sostenido y promovido constantemente desde la doctrina social de la Iglesia tiene que ver con el bien común. Invita a que todos estemos bien, que a nadie falte lo necesario para su existencia digna, que entre todos nos hagamos solidarios para que ninguna persona carezca de lo que es básico para todo ser humano y que los que más tienen se inclinen siempre a compartir con los necesitados para que estos lleguen a cambiar su vida por mejores condiciones de forma permanente. 

La justicia consiste en dar a cada uno lo suyo. El trabajador tiene todo el derecho a ser retribuido justamente, no solo mínimamente.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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