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Editorial

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¿Construir templos o construir comunidades?

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Reflexión y Liberación

Cuando en la Iglesia se habla de nuevas parroquias, inmediatamente viene a la cabeza la idea de construir un templo. Esta es una tarea en la que hay una vasta experiencia y suele ser exitosa. Pero los tiempos actuales estarían indicando que la tarea principal quizás no sea la de construir iglesias de ladrillo, sino la de edificar verdaderas comunidades de fe.

Los ladrillos fomentan un poco la vanidad y dan cierta seguridad sobre la capacidad de obrar. Pero construir la fe de las personas, conformar verdaderas comunidades según el modelo de Jesús, conservar su existencia en el tiempo y comprometer toda la vida con el Redentor, es tarea mucho más compleja y, con frecuencia, de visibilidad menor. Sin embargo, esa es la urgencia mayor en la evangelización actual.

La cultura y el mundo de hoy le están imponiendo a la Iglesia muchos retos. Uno de ellos tiene que ver con romper algunos de sus paradigmas más arraigados y de apariencias inamovibles, por ejemplo: crear una parroquia es levantar un templo y hacer que todo gire en torno al edificio que se va levantando poco a poco. Las grandes ciudades ya no facilitan tanto este camino para el quehacer eclesial, pero eso no tiene mucha importancia.

Se trata hoy, más bien, de ofrecer comunidades de fe a quienes las habitan día y noche. Y, además, suelen habitar todo el día en un lugar diferente al lugar donde pernoctan. Esto debería también flexibilizar la noción de pertenencia a una parroquia.

Lo interesante para la Iglesia y para sus miembros tendría que ser el que, en todos los sectores de la ciudad, de los pueblos y sus veredas, se pudiera contar con comunidades de fe que acompañen al que quiera participar en ellas. No importa dónde vive, dónde duerme, dónde trabaja. Es como si cada tantas cuadras pudiera tener la alegría de saber que allí hay una comunidad cristiana que lo puede fortalecer siempre.

La configuración actual de las grandes ciudades, las mismas condiciones de falta de seguridad que las agobian, en lugar de ser obstáculo, pueden convertirse en el mejor incentivo para que la pastoral de la Iglesia apunte a lograr que en conjuntos residenciales, en agrupaciones de vivienda, en sectores con características propias, se siembre la semilla de la fe para que crezca en medio de comunidades locales.

Con toda seguridad, las personas que se hagan partícipes de estas pequeñas comunidades, crecerán mucho en la fe, quizás más que aquellos que solo participan de las actividades donde la presencia es un poco multitudinaria y anónima.

Esto en realidad no es nada nuevo. Es la experiencia que tienen muchas personas en sus grupos de oración, de Biblia, de caridad, de misión. De lo que se trata es de potenciar aún más este modo de ser Iglesia y de hacer la misión.

A través de una Iglesia definida como comunidad de comunidades puede hacerse realidad la idea de su ser sinodal, o sea, la noción clara de que todos caminamos juntos, construimos la comunidad de fe y estamos muy presentes a lo largo y ancho de la ciudad y del campo. Con o sin templos.

Si la Iglesia en general, si cada diócesis en particular, lograra impregnar de este nuevo espíritu a sus obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos con la evangelización, quizás un nuevo aire lo llenaría todo, como aquel viento huracanado en Pentecostés.

Quizás no debería la Iglesia desgastarse más, y tampoco sus recursos, en obras de cemento y ladrillo, existiendo ya más que suficientes. La famosa Iglesia en salida del Papa Francisco tiene que estar ligera de equipaje para llevar la buena nueva de la salvación al mayor número posible de personas.

Es hora de valorar más el trabajo de las pequeñas comunidades que en realidad son los semilleros de la verdadera conversión y de una Iglesia renovada en verdad.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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