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29 de agosto de 2019

Sagradamente la visitaba una vez al mes. Nunca se desprendió de su devoción a Nuestra Señora de Chiquinquirá, iba, rezaba y se confesaba. Volviendo a Bogotá, de su…

Carlos, le decían sus hermanos de comunidad en El Camino. Era un hombre de gran carácter, siempre decía las cosas con claridad, autoridad, a quien y cuando fuera necesario; sin embargo, es recordado por su actitud de servicio y caridad. Dice el padre Amadeo Ballester, párroco en Santa María del Camino, su última parroquia, que el padre Salas era tan amable y solícito que le decía “No, Carlos, esto no tienes que hacerlo, es mucho”, pero él no se inmutaba, hacía mucho, sí, como ser el primero en visitar a los enfermos o a los hermanos en necesidad.

El padre Carlos se formó en el Seminario Conciliar de Bogotá, pero fue ordenado para el clero de la recién creada diócesis de Zipaquirá (septiembre de 1951). Sirvió en varios municipios cundinamarqueses a lo largo de su vida y encontró el Camino Neocatecumenal, en el que formó y acompañó muchas comunidades.

Pastor entregado y activo nunca consideró estar en “edad de retiro”. Al llegar a los 75 años pidió permiso para ayudar en la parroquia Santa María del Camino, en Bogotá. En esta parroquia se congregan 22 comunidades neocatecúmenas. El padre Salas celebraba para muchas de estas; confesaba, como el cura de Ars: siempre estaba dispuesto; oía, aconsejaba, reconciliaba y bendecía.

Dedicado siempre a sus fieles no tenía hobbie alguno. Su descanso consistía en viajar a una casita de campo en Cajicá y pasar allí la tarde del domingo. Algún lunes cumplía la cita con su madre del cielo, quien lo recibió, sin duda, el pasado 29 de julio.

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