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Editorial

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Provisión de sedes episcopales

Imagen:
ANSA
El episcopado tiene un reto profético ante la inmensa desigualdad que marca a Colombia como uno de los países más desequilibrados del planeta

El santo padre Francisco ha nombrado recientemente obispos para algunas del arquidiócesis y diócesis de Colombia. El más reciente ha sido el nuevo arzobispo para la arquidiócesis de Popayán, llevando a esa sede a monseñor Ómar Alberto Sánchez Cubillos, proveniente de la diócesis de Tibú. En días pasados había nombrado al obispo auxiliar de Cali, Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo de la diócesis de Pasto. Y a mediados de año tomó posesión de la arquidiócesis de Bogotá, procedente de Popayán, al arzobispo Rueda Aparicio. También es de reciente nombramiento el nuevo obispo de Barrancabermeja, monseñor Ovidio Giraldo Velásquez. Así, poco a poco se van llenando las sedes vacantes y se va rejuveneciendo el episcopado de Colombia.

La vida en Colombia, también para la Iglesia, se hace cada vez más compleja. La palabra conflicto parece marcarlo todo. Nadie parece estar contento con nada y por el contrario hay como una tendencia a atizar el fuego de la inquietud social. Para colmo de males, la pandemia y la cuarentena, con sus efectos bastante difusos, han añadido más volatilidad a todo el ambiente. En el orden político el país no logra zafarse de la polarización y tiende cada vez a agudizarla para mal de la mayoría. En un ambiente enrarecido no es fácil dilucidar cuál debe ser el modo de actuar más acertado ni cuáles sean las soluciones para tantos problemas nuevos y los de vieja data. En este ámbito y con otras muchas características complejas todas, ejercen hoy en día su servicio los obispos católicos. Para ninguno de ellos es fácil pastorear en medio de tanta incertidumbre, desorden social, enfrentamiento de clases y, a ratos, una Iglesia un poco atrapada en su somnolencia pastoral.

Es claro que el papa Francisco ha ido situando en las sedes episcopales a pastores que sienten sobre todo una gran inquietud social y una preocupación especial por los pobres y marginados. Quiere a través de ellos hacer realidad cada uno de sus propósitos pontificios de hacer de la Iglesia un hospital de campaña, una Iglesia en salida, una Iglesia que va a las periferias, una Iglesia que está del lado de los pobres y del pueblo. Varios de estos ideales los recoge de nuevo el papa Francisco en su reciente encíclica Fratelli tutti. En cualquier caso, el episcopado que ha ido cultivando el Pontífice, tiene la ardua tarea de dale un nuevo aire a la Iglesia, tratando de que gire su mirada de los grandes planteamientos teológicos de Benedicto XVI a los grandes retos sociales de Francisco. Y hacerlo en un mundo, Colombia incluida, que no es del todo receptivo a unos llamados al cambio que parecen impostergables.

El episcopado colombiano ha sido más bien equilibrado, doctrinalmente seguro, socialmente activo de forma institucional y ajeno a aventuras de tipo político, al menos en los últimos cincuenta años. Pero tiene por delante un reto profético ante la inmensa desigualdad que marca a Colombia como uno de los países más desequilibrados del planeta en lo que a la economía se refiere. Y no menor el reto, y quizás le atañe más, de profundizar la evangelización pues hay unos signos muy preocupantes de descristianización de la sociedad colombiana y también de alejamiento de mucha gente de la Iglesia misma. Se deja ver en el horizonte la necesidad de unos obispos más pastorales y menos gerentes, que ha sido como el estilo de las recientes décadas. Con olor a oveja, ha dicho el papa. Y con pasión en lo que hacen, como también lo dijo en su visita a Bogotá, en el Palacio arzobispal de Bogotá. Así, entonces, la nueva generación episcopal tiene que preguntarse a fondo qué huella quiere dejar en este país y en la Iglesia que peregrina hoy en Colombia.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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