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Opinión

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¿Cómo conciliar justicia y misericordia?

Se suele percibir la justicia divina como si fuese una justicia que recompensa o castiga y, sin embargo, el papa Francisco no deja de recordarnos la infinitud de la…

La justicia, o más bien la injusticia, es una cuestión que ha preocupado a la humanidad desde sus orígenes. No es por tanto sorprendente que sea un tema omnipresente en las Escrituras. En los primeros relatos bíblicos la justicia divina no suele ser motivo de alegría. Es más, algunos pasajes nos muestran a un Dios pronto a la ira.

 

Recompensados o castigados

 

La Biblia nos cuenta la historia de esa Alianza que Dios intenta establecer con el hombre desde la Creación del mundo. Como en toda alianza, se ha de ratificar su aceptación mediante un contrato: Dios protegerá al hombre y, a cambio, le exige su total fidelidad y el seguimiento de una ley que él dará, basada en honrar a Dios y ser justo con el prójimo. Pero Dios concede libertad al hombre. Y, dado que este último prefirió volverse violento e idólatra, el castigo sería “justo”. De hecho, algunos relatos, como el del Diluvio, nos muestran a un Dios que, dejándose llevar por la maldad de los hombres, quiere destruir su creación. Pero, como sugiere el pastor Marc Pernot, el apóstol Pedro (1 Pe 3, 18-21) nos propone una lectura diferente: “La humanidad entera se sumerge en las aguas del bautismo de Cristo. Nadie muere frente al juicio de Dios. Muere el hombre viejo que habita en cada uno de nosotros. Y, por tanto, a cada hombre se le ofrece la vida eterna, la salvación, a pesar de nuestra maldad”.

 

Esto es central para entender la justicia divina: Dios creador no abandona jamás su creación. “La justicia de Dios es la fidelidad a su alianza”, precisa el teólogo jesuita Alain Thomasset. ¡Aún más cuando nos dejamos llevar por el mal y la injusticia! El Evangelio nos habla de ese amor infinito de Dios por todos los hombres. Es como el padre de la parábola del hijo pródigo, hijo al que reciben con una gran fiesta a pesar de haber dilapidado toda su fortuna. O también como ese amo que paga igual a los últimos jornaleros y a los primeros.

 

No obstante, aún persiste la idea de que debemos recibir en función de nuestros méritos y nos cuesta tener en mente a esas figuras del Nuevo Testamento, el padre del hijo pródigo y el amo generoso. Porque, si Dios lo perdona todo, ¿por qué hacer el bien? Y, ¿cómo reconciliar esa idea del amor incondicional y la de una justicia que rija este mundo y el venidero?

 

Una división salvífica

 

Marc Pernot nos avisa: “Tenemos en mente una lógica de justicia humana basada en el dar-recibir, en la equidad, aunque, por el contrario, la Biblia nos muestra que la justicia divina obedece a la lógica del amor”. Así, la justicia divina no es ni una recompensa ni una sanción, sino un don que Dios otorga a su creación. Abraham fue el primero en recibir este don que permite al hombre “vivir según la medida de Dios”: “Abraham tuvo fe y esa fe le fue contada como justicia” (Gén 15, 6). Como dijo san Pablo en la Carta a los Romanos: “Se trata de la justicia que Dios, mediante la fe en Jesucristo, otorga a todos los que creen” (Rm 3, 22). Tenemos que desechar la idea de una justicia que contabiliza los hechos: ¡Dios no es justo por el juicio, sino por la justificación, por la gracia salvadora! En el evangelio de Lucas se dice que el pastor busca a la oveja perdida hasta que la encuentra. Jesús no dice “si la encuentra”, sino que indica que, efectivamente, la encontrará y la salvará de todos los peligros que la acechan.

 

Así pues, ¿cómo podemos entender todas esas imágenes del juicio final, de esa división que se establecerá entre los buenos y los malos, entre el trigo y la paja, entre las carneros que serán enviados al fuego eterno y los corderos que entrarán en el Reino? Tal y como explica el pastor Pernot, todos estamos, al mismo tiempo, en el bando de los buenos y en el de los pecadores: “Si leemos la parábola hasta el final nos daremos cuenta de que todo aquel que haya dado un vaso de agua al sediento será contado entre los corderos. Por el contrario, el que rechace agua al sediento será contado entre los carneros”.

 

Incluso el más desgraciado ha podido tener momentos de bondad, y el más santo puede haber omitido el dar agua al sediento…

 

Los carneros y los corderos del evangelio están íntimamente ligados en nuestra naturaleza. Y aquí nos damos cuenta de que la justicia de Dios no consiste en separar a los buenos de los malos, sino en separar lo que de malo hay en cada uno de nosotros. El fuego del juicio divino no es un fuego de castigo, un fuego cuya finalidad sea el torturarnos, sino un fuego purificador, un fuego que nos cambia, que nos hace más justos. “No nos encontraremos con Hitler en el paraíso, añade el pastor Pernot, puesto que Hitler ya no será Hitler. Será un Hitler sin ápice de maldad, sin su locura”.

 

A pesar de todo, ¿no tenemos que hacer nada para que este fuego actúe? ¿Es la justicia divina una máquina automática? La idea de satisfacer a Dios se extendió con la teología feudal de san Anselmo de Canterbury, en el siglo XI, teología que aseguraba que nuestras faltas debían ser satisfechas por algún tipo de sufrimiento. Y si hemos sido salvados es porque Cristo, cargando con todos nuestros pecados en la cruz, supo satisfacer las exigencias del iracundo Padre.

 

En realidad esta teología nos presenta a Dios perverso que se alegra del sufrimiento humano. ¿Acaso golpeó Jesús a la mujer adúltera? No, echó a los que la acusaban, se volvió hacia ella y la recogió. Pero también le dijo: “Ve y no peques más”. Ahí vemos la advertencia: tenemos que hacer algo para que la justicia divina pueda actuar. No tenemos más que ajustarnos a su proyecto, que no es más que amor hacia nosotros: la alianza. Es una tarea que requiere tiempo y que, probablemente, jamás logremos acabar.

 

No hay que esperar a la muerte

 

Los teólogos incorporaron las nociones de infierno, cielo y purgatorio para recordarnos la necesidad de este trabajo de purificación que tenemos que experimentar. Se nos invita así a abandonar esas ideas, básicas, de recompensa y castigo que nos remiten con insistencia al cielo y al infierno: “La misma idea de un cielo reservado a los mejores, como quien oposita a un puesto del Estado, es bastante injusta, pues la diferencia entre ser el último de los salvados y el primero de los condenados sería mínima”, como señala Pernot.

 

Pero no esperemos a la muerte para ponernos manos a la obra puesto que nuestro conformarnos con Dios ya ha comenzado. “El purgatorio es una gracia y un servicio de Dios que debemos vivir ya en el momento presente. Es una dinámica de evolución, una obra del Espíritu Santo que nos permite purificar nuestro ser para que el Hijo de Dios pueda obrar en nosotros con libertad”, añade Pernot. Debemos procurar dejar actuar al Hijo de Dios por amor y no por temor. Así, el ir a misa, el leer la Biblia o el ser bueno con los que nos rodean no son puntos para agradar a Dios o para “ganarnos el cielo”, sino herramientas que nos hacen capaces de aceptar la gracia purificadora de Dios.

 

Según san Pablo, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y si Jesús, para escándalo de sus contemporáneos, se acercó a los leprosos y tendió la mano a las mujeres adúlteras y a los samaritanos, no fue porque amase más a los pecadores que a los “justos”, sino porque estos le necesitaban más. Dios con los pecadores es como una madre que cuida de sus hijos enfermos o que sufre porque su primogénito se ha marchado. Sin embargo aún nos cuesta aceptar esta lógica divina.

 

 

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