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Editorial

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Sínodo a la vista

Imagen:
Mi Diócesis de Piedras Negras
El papa Francisco ha convocado a la Iglesia universal

a hacer un ejercicio inmenso de escucha, para reavivar el sentido de ser una comunidad en la cual todos caminan juntos.

Tal vez, la primera novedad en este sínodo será la amplitud de la consulta, que llegará no solo a los obispos de todo el mundo sino a todas las comunidades que conforman la Iglesia, es decir, diócesis, parroquias, movimientos apostólicos, congregaciones religiosas, etc. La idea es que se constituya en una verdadera asamblea eclesial en al cual todos los participantes, especialmente, los laicos, puedan tener la oportunidad de expresar sus pensamientos respecto a la Iglesia y su misión evangelizadora. Y, al final, comprometerse a fondo en esta misión.

El sínodo quiere ser una ocasión muy grande para escuchar al pueblo de Dios. Sin embargo, como aparece en los documentos iniciales, la primera escucha es a la Palabra de Dios, revelada para nuestra salvación. Esta observación es de la mayor importancia pues de no ser así, se convertiría en una asamblea democrática, que escoge por mayorías lo que sea del gusto de cada uno y se perdería el punto de referencia fundamental que es la Palabra de Dios, y esta encarnada en Jesús.

Cumplida en forma constante esta referencia a la Palabra revelada, se ha de dar amplia oportunidad a los laicos y, también, a los pastores, para reconocer el momento actual de la Iglesia –muy complejo-, para discernir los signos de los tiempos y para vislumbrar caminos de respuesta al mundo contemporáneo, siempre en fidelidad a Dios, a su hijo Jesús y al Espíritu Santo.

Este sínodo no quiere producir documentos, sino iluminar el camino que debe seguir recorriendo la Iglesia en todo el mundo. Por eso mismo, está llamado a ser un ejercicio con un enorme sentido de realidad para no perderse en disquisiciones bizantinas que no tienen ningún asidero en la realidad.

Si bien es absolutamente importante darles la palabra a los laicos, no se puede prescindir de la voz de los pastores, y muy especialmente de los párrocos, que son quienes en verdad conocen el palpitar de la Iglesia real, aquella que se congrega a diario en la eucaristía, en las comunidades de oración y formación, en el acompañamiento a los pobres y a los enfermos, en la atención silenciosa a los marginados, en la transmisión de la fe en la misión cumplida día tras día y sin interrupción.

Como en todas las grandes asambleas existen algunos peligros. Uno de ellos es que de todo lo que se va a manifestar, se seleccione de un modo muy general o de acuerdo con ideas preconcebidas y se pierdan aportes importantes y aun disruptivos. Como ya se anotó, también habría el riesgo de una especie de asamblea democrática que pudiera velar la Palabra de Dios y la misión evangelizadora de la Iglesia, para asumir propuestas de escuelas teológicas o pastorales, y también personales, que no pueden nunca estar por encima de la Revelación.

Por otra parte, en los documentos iniciales se manifiesta expresamente un reclamo fuerte a los errores del clero y que, de no manejarse bien, podría convertir esta enorme asamblea eclesial en un juicio sumario contra los obispos y sacerdotes de la Iglesia.

En fin, aunque la propuesta del sínodo es buena y necesaria, será clave que su orientación apunte clara y decididamente a darle un nuevo aire a la Iglesia y a comprometer mucho más al pueblo de Dios en la misión que compete a todos los bautizados. Que sea el Espíritu Santo el gran protagonista de este importante acontecimiento en el pueblo de Dios.

 

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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