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Editorial

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¿A quién o a qué tenerle miedo?

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La mente es maravillosa
La vida contemporánea está marcada por el miedo generalizado. No siempre se sabe a qué temerle

Pero pareciera que lo natural es vivir con la angustia en todo momento y siempre esperando malas noticias. El futuro también ha sido enmarcado por el temor, algunas veces, respecto a realidades claramente identificadas, por ejemplo: el cambio climático; otras veces, generado por realidades imaginarias.

En Colombia, la actual campaña electoral ha hecho, como en otras latitudes, del miedo una herramienta poderosa para condicionar a los ciudadanos y manipularlos para que se dirijan en determinada dirección y no en la que libremente deberían escoger. Todo esto es muy lamentable y puede originar las reacciones que se suscitan de manera individual o colectiva cuando se perciben amenazas importantes, que podrían degenerar en violencia; incluso, en guerras intestinas en la nación.

Sin embargo, no deja de ser llamativo que causas reales no estén en la lista de lo que origina el temor en la sociedad.

La sociedad colombiana debería sentirse atemorizada por su inmensa inequidad y por la posibilidad de que miles o millones de personas vivan precariamente. Debería causar miedo real lo difícil que es para multitudes enteras lograr pasos importantes en el desarrollo de su vida y la de sus familias. Pánico debe causar el saber que hay tantas personas dedicadas al crimen, comenzando por el del saqueo a los dineros públicos y que esto tenga tan pocas consecuencias en esas personas, mientras hace más y más dura la vida de infinidad de personas.

No menos grave y preocupante debería ser el maltrato que en Colombia se da a la naturaleza, al medio ambiente, a los ríos y bosques, pues las consecuencias son inevitables y de seguir así, serán catastróficas y posiblemente ya lo son.

Va siendo hora de que la sociedad colombiana, especialmente en sus estamentos de dirección, se haga preguntas sinceras y profundas sobre el malestar que ahora parece generar miedo, temor, desconcierto. Todo tiene una causa, puede ser, que en buena parte de la nación no haya mucho interés en sincerar el análisis del malestar, ese sí muy real, que está agitando a la población colombiana en proporciones cada vez más grandes y notables.

Mientras no se miren los problemas reales en su dimensión cruda, se tenderá a negarlos o a solucionarlos a medias, con planes a corto plazo, con decisiones más políticas que estructurales, con represión más que con consensos que realmente construyan país.

Habría que afirmar, entonces, que el mayor temor hoy es que en Colombia no haya decisión clara por convertirla en una nación más justa y equitativa, por más trillada que suene esta expresión.

Las bienaventuranzas son un himno de elogio a quienes sienten en carne propia las injusticias del mundo, como las sintió Jesús. Y son un potente llamado para que, igual que lo hizo el Salvador, las personas, los discípulos y discípulas de Él, se muevan en esa dirección liberadora.

No habrá otra manera de liberarse del temor, real o imaginario, social o personal, que luchar por un mundo diferente, por una Colombia diferente, por unas relaciones de justicia nuevas, por una solidaridad que construya una nueva sociedad. Si esto no se da, la amenaza, venga de donde venga, seguirá latente y será fuente de violencia, de exilio, de amurallamiento de la vida, de segregación social.

Bien vale la pena que cada colombiano se pregunte hoy, con la mano en el corazón, si sus temores tienen también origen en sus propias actitudes frente a su vida y frente a la vida de los demás.

 

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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