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Editorial

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No todo está mal, no todo está bien

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El Colombiano

Haciéndose cada vez más cercana la fecha en que Colombia cambiará de gobernante y de personas a la cabeza de las entidades estatales, hay en el ambiente un nerviosismo inocultable. En primer lugar, debido a que llega una corriente política que nunca ha sido gobierno pleno en el país y, más bien, sí ha sido crítico implacable de todo lo que existe en la nación.

En segundo lugar, porque hay tensión entre la forma como, bien o mal, funciona el Estado y lo privado; también los ideales, muchos de ellos sin polo a tierra, de quienes ahora tomarán las riendas del poder. Sin duda, la tarea será encontrar el justo medio que aproveche lo que está bien y que transforme lo que está mal.

Pero hay que tener memoria para darle el valor justo a las cosas. Y no se puede negar que Colombia es un país que ha progresado en muchísimos campos en los últimos años. Nuevas vías; nuevas sedes escolares; un sistema de salud que, de la mano de las empresas prestadoras de salud que funcionan bien, se ha extendido notoriamente; unos programas gubernamentales de apoyo a las familias; un crecimiento grande de la educación superior pública gratuita; unos sistemas de transporte más modernos y eficientes; y un largo etcétera dejan ver un país que sin duda ha progresado. ¿Falta mucho? Muchísimo, por cierto. Pero lo ya construido hay que conservarlo, fortalecerlo e imitarlo en las regiones donde aún no existe.

Y nadie negaría que hay todavía muchos aspectos de la vida colombiana que están muy mal. Sigue existiendo una pobreza demasiado extendida en amplias capas de la población. Muchos servicios básicos aún no llegan a miles de personas. Los campesinos de las tierras más alejadas tienen inmensas dificultades en todo sentido para trabajar, crecer, vender sus productos.

Miles de jóvenes que terminan su bachillerato ven que su futuro es muy incierto y que el tema laboral es cada vez más complejo. La población adulta mayor sigue teniendo inmensas limitaciones para vivir en condiciones de protección y dignidad, que a nadie deben faltar.

En fin, hay muchísimo por mejorar, por crear, por resolver. El Estado y la empresa privada están llamados a voltear la mirada sobre estas situaciones y poblaciones para hacer extensivos a ellas los progresos ya logrados en otros sectores de la población colombiana. Y esto no puede tardar más.

Pero no hay soluciones mágicas cuando de mejorar el bienestar, no de una o de dos personas sino de millones de seres humanos, se trata. Hay que planificar bien, hay que saber usar adecuadamente el dinero del cual se dispone, que siempre es menos del necesario, y en parte también es prestado. Hay que evitar la corrupción y el despilfarro y hay que trabajar mucho.

Es necesario unir fuerzas y no creer en el espejismo de que el Estado todo lo puede, porque la memoria nos recuerda cuán ineficiente es el Estado colombiano, y esto no se puede negar.

En general, las personas aspiran a tener cómo estudiar y trabajar, a contar con un buen sistema de salud, a tener facilidades económicas para salir adelante y a vivir libremente. Hacemos votos para que en Colombia, gobernantes y ciudadanos, sean capaces de entender que el progreso justo y equitativo es tarea de todos, que hay que cuidar lo ya logrado y que hay que intensificar la tarea donde aún la vida trascurre en condiciones muy precarias.

En Colombia ha habido progresos importantes y hay también deficiencias muy grandes. Hagamos que lo primero sea el punto de arranque para que se solucione lo segundo.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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