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La importancia de los controles en la Iglesia

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Religión Digital

El Catolicismo publicó en días pasados la noticia de que el Papa Francisco puso en funcionamiento la Comisión de Vigilancia para el Vicariato de Roma, es decir, para la Diócesis de Roma, de la cual él es el obispo. Dicha comisión tendrá como misión revisar continuamente el aparato administrativo, económico, inmobiliario, e incluso, los tribunales de la iglesia de Roma.

La Comisión en su composición no tiene obispos ni clérigos a bordo, sino abogados y personas de otras profesiones; los cargos durarán tres años o hasta seis, si se da reelección de los miembros. En fin, un paso más del Papa Francisco para que en la Iglesia se instaure una verdadera cultura de vigilancia, control, cumplimiento de las leyes canónicas y civiles, cultura que no debe molestar a nadie, a no ser a quienes no están haciendo las cosas correctamente.

Los sucesos dolorosos al interior de la Iglesia universal en las últimas décadas, en muy variados campos, ha dejado al descubierto que en la práctica no existían controles fuertes a las actuaciones de personas y también de instituciones. Y si los había terminaban por ser desatendidos por una extraña actitud de complacencia y de minusvalorar las actuaciones erróneas. El descontrol afectó por mucho tiempo el patrimonio de la Iglesia, su buena imagen, algunas obras apostólicas de personas notables, las cuales, una vez retiradas de sus obras o fallecidas, se deshicieron por desorden administrativo, por temas laborales o confusión económica.

El tema de las propiedades de la Iglesia perdidas por falta de control sobre las mismas tampoco fue de poca monta. Y en el área de construcción el enredo es a veces más complejo. En el campo económico tampoco faltan historias de descontrol que sorprenderían a más de uno. Estos y otros temas han afectado la vida de la Iglesia a lo largo y ancho del mundo, incluyendo al mismo Vaticano.

Más que llorar sobre la leche derramada, lo más importante es que en toda la Iglesia se logre sembrar la cultura del control sobre todo y sobre todos los que en su nombre actúan. Y la lección que da el Papa Francisco es que dicha tarea, encabezada por los obispos, deben realizarla en la práctica laicos serios e irreprochables, no los sacerdotes. Una institución tan grande, con tantas personas realizando diversas labores, tan extendida por todas partes, requiere tener entre sus órganos de mayor importancia comisiones de vigilancia muy serias, activas y si se quiere, implacables para que no se dé cabida a ninguna clase de desorden al interior del organismo eclesial. Y, como ya se anotó, esto no debería molestar a nadie, como no sea al hijo díscolo que va a enturbiar la vida de toda su familia.

Finalmente, de las historias dolorosas hijas del descontrol, también puede quedar otra lección: El gigantismo de la Iglesia es altamente inconveniente. Benedicto XVI pedía que lo que es demasiado grande –en la Iglesia- debía recuperar su primitiva sencillez. Si esto no sucede el organismo es incontrolable. Si hay demasiados bienes y demasiado dinero, por mencionar dos campos, la tentación es muy grande para sus administradores. O si hay demasiado poder sin contrapesos, eso siempre termina mal.

Y si hay exceso de carisma sin sentido de Iglesia, la división acechará con fuerza. Bien vale la pena que en toda la Iglesia y en cada iglesia particular se comience o se fomente más esta buena cultura del control, no solo para evitar graves errores, sino, sobre todo, para servir mucho mejor a la causa del Reino de Dios y de los pobres.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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