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Editorial

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El verdadero país

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Una crisis como la de la pandemia del Covid 19 es ocasión inmejorable para tomar grandes determinaciones desde el Estado y desde la ciudadanía

No dejan de inquietar las polémicas que ocupan actualmente a la nación colombiana y que están haciendo que todas las miradas de los gobernantes y de las clases dirigentes estén focalizadas en asuntos que no incumben a la gran mayoría de los ciudadanos. Una vez más los grandes delincuentes distraen al Estado colombiano con temas de extradición, de verdades que nunca dicen completamente, de reclamos desproporcionados e injustificados. La justicia está como atemorizada y parece desgastarse en solo pocos casos particulares, llenos de intereses, mientras no es igual de diligente con el resto de los ciudadanos. Los dineros del Estado parecen disponibles a manos llenas para unos, y poco para la mayoría. Y así sucesivamente, existe hoy en el ambiente la sensación de que Estado y gobierno están como capturados en sus energías principales por temas de muy poca trascendencia para la gente del común y las mayorías son las más perjudicadas.

Problemas antiguos y los generados o acentuados por la pandemia y la cuarentena están agobiando a millones de colombianos: desempleo, hambre, violencia e inseguridad, informalidad laboral, falta de conectividad en amplias regiones del país para asuntos educativos y laborales, insolvencia económica, etc. Todo esto debería hacer que los gobernantes y los dirigentes enfocaran todo su quehacer a darle apoyo real a la gran mayoría de los colombianos en aras de solucionar, no de paliar, problemas básicos. Y por lo mismo todo el aparato estatal debería unirse para hacer de la gran ciudadanía el objeto de todas sus tareas. No tiene sentido que en una crisis tan grande como la actual el gobierno esté preocupado por lo que se dice de él o del Presidente y ande perfilando a quienes en todo su derecho analizan lo que hace día y noche. Vienen tiempos difíciles y es de la mayor importancia que todo el gobierno, todo el Estado, todas las instituciones sociales, todos los dirigentes sientan que el país completo debe ser el objeto privilegiado de sus propuestas y acciones. No lo pueden ser unos pocos, que además han hecho tanto mal por todas partes.

Es preocupante, muy preocupante, la forma como se ha escalado de nuevo la violencia en Colombia. Los asesinatos, las masacres, la extorsión, la inseguridad en las ciudades han vuelto a tomar vuelo y existe en el país una sensación fuerte de descontento, de gobierno insuficiente en lo que hace, de desamparo para los más débiles. Es increíble que después de tantos años lidiando con guerrillas y narcotráfico, se repitan una y otra vez las acciones criminales de estos grupos, en signo de que superan fácilmente al Estado. Los billones que gasta el Estado colombiano en seguridad no parecen producir los resultados que deberían. Y además dejan también policías y militares fallecidos como si no se conociera la dinámica del conflicto. Dolor y más dolor. Los gobiernos locales también destacan en muchos lugares por su inoperancia, por el mal uso de los recursos públicos, dejando a los ciudadanos en unos desamparos difíciles de creer.

Tal vez está haciendo falta liberar al Estado colombiano de quienes lo tienen cautivo por intereses políticos, económicos, judiciales y de otro orden. Y liberar a los dirigentes de todos los órdenes de una visión solamente centrada en sus sectores e intereses. El verdadero país no es un gremio, no es un partido, tampoco una iglesia. Y tampoco es solo la educación o la salud o la seguridad. Ni es solo una región o una etnia o una actividad comercial. Es todo eso en conjunto y mucho más. Y urge determinar los campos más importantes para volcar allí todos los proyectos y realizaciones que le den a Colombia una estabilidad que la hagan un lugar tranquilo y seguro para vivir y para progresar. Una crisis como la creada o acentuada por la pandemia del Covid 19 es ocasión inmejorable para tomar grandes determinaciones desde el Estado en todas sus ramas y desde la ciudadanía para crear realidades que impacten más positivamente al mayor número de ciudadanos. El verdadero país no parece ser la prioridad de quienes tienen en sus manos las grandes decisiones. Unos pocos, ya lo dijimos, han usurpado la misión del Estado. Es hora de que el Estado recuerde que se debe a los ciudadanos y que su deber es servirlos a todos, no solo a unos pocos.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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