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El delicado oficio de negociar la paz

12 de marzo de 2024
Imagen:
de referencia - depositphotos.com

Desde Ucrania y desde diversos lugares de Europa se han expresado molestias grandes por la sugerencia del papa Francisco de tener “la valentía de negociar” para evitar más muerte de personas inocentes. 

 

Para los que protestan no hay más alternativa que derrotar militarmente al atacante injusto, en este caso Rusia. Pero, en todo caso, lo que sucede es que mientras se logra la victoria buscada mueren más personas. Y, añade el Santo Padre, todas las guerras terminan finalmente con un acuerdo. Este razonamiento del Pontífice cabe para la guerra de Israel en Gaza y para cualquier otro conflicto sobre la faz de la tierra, Colombia incluida.

 

En este caso, la tensión que genera la posición del papa Francisco se origina entre el ideal -la paz deseada- y la cruda realidad -la presente y la que llegaría después de negociar la paz-. No son puntos fáciles de armonizar. 

Cualquier minuto de guerra es un desastre y no tiene terror comparable ni dolor igual. Pero con frecuencia, al final de la paz negociada también suele sembrarse una estela de olvidos injustos, de acallamientos, de justicias pendientes. Y eso también causa muchísimo dolor. 

Sin embargo, el solo hecho de que las armas se silencien, de que cese la muerte de personas, de que la crueldad termine, es algo que la inmensa mayoría de la humanidad añora, aunque algunos dirigentes, por las más variadas razones, - unas aparentemente nobles y justas, otras oscuras e infernales- fomenten la destrucción como método de solución de problemas.

Negociar es rendirse, afirman algunos. Negociar es darle la razón al atacante injusto, también sostienen. Este tipo de afirmaciones que tienen un tono fuerte, en algunas ocasiones también ocultan la crudeza de los hechos. Tratan de negar la realidad, sobre todo del que no logra vencer, que no es nada diferente a la muerte de muchas personas y a la destrucción sin contemplaciones de todo lo que esté al alcance de las armas. 

 

Realmente, cuando de negociar la paz se trata, lo que se pretende de parte del injustamente agredido, debidamente apoyado por sus aliados, es recuperar lo perdido, reclamar justicia por las ofensas recibidas y establecer penas proporcionales a los atacantes. 

 

Y lo deseable es que en cada conflicto este momento llegue lo más pronto posible pues, como ya se dijo, mientras tanto morirán más personas, no importa si son civiles o militares, son personas y eso basta para lamentar la situación.

Muy delicado el tema propuesto por el papa Francisco y se lo han hecho saber. Pero también muy cierta su categórica afirmación de que no negociar es permitir que mueran más y más personas. 

E igual de delicado el posible fruto no maduro de las negociaciones como ha sucedido en Colombia tantas veces, y en las cuales los agresores de la sociedad pocas veces han resarcido a las víctimas y tampoco han purgado penas y, en cambio, la sociedad les ha otorgado unas condiciones y posiciones de privilegio que difícilmente logran los ciudadanos de bien, la gente trabajadora, los que pagan impuestos. 

Silenciar las armas es importante y salvador de miles de vidas humanas. Y no menos importante es que la vida de los sobrevivientes transcurra en términos de justicia verdadera; que tengan la certeza de que el injusto agresor pagará sus ofensas, como debe ser

El Papa, al referirse a la guerra de Ucrania contra la Rusia invasora, ha dicho que las potencias pueden acompañar la negociación y de este modo se tiende un manto protector sobre Ucrania. 

Muy delicado es el oficio de negociar la paz y el papa Francisco se la juega por ese lado, aunque sea incomprendido, como en tantos otros temas. En el centro de su pensamiento está la protección de toda persona y la inviolabilidad de la vida y, por supuesto, el mandato divino de no matar. 

Quiera Dios que lo escuchen con serenidad para que no muera nadie más ni en Ucrania, ni en Gaza, ni en Colombia.

Fuente:
Dirección periódico digital El Catolicismo.
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