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El bello oficio pastoral

13 de febrero de 2023
Imagen:
La Croix en Español

En la vida moderna existe la tentación de la sofisticación en todo sentido. Esta conlleva una especie de obsesión por estar siempre a la última moda en todos los campos, para no quedarse atrás en una sociedad adicta al consumo. Y la misma sofisticación hace que algunas actividades puedan ser vistas como de poca importancia, y para que las realicen personas un poco rezagadas del frenético mundo actual.

La pastoral, o sea, la tarea de acompañar, cuidar, alimentar, curar, proteger y salvar en nombre de Dios, podría, si no existe una conciencia clara de su valor, ser vista como algo secundario, aún dentro de la misma Iglesia, para ocuparse de las tareas propias de la vida mundana y descuidar lo que realmente vale ante Dios.

En la Iglesia, actualmente, es importante que se refresque hasta la saciedad la naturaleza pastoral de su misión y esta como prioridad absoluta. Hay muchas tentaciones que la pueden distraer: hay bienes aparentes que en realidad nada contribuyen a la evangelización; y, en ocasiones, hay demasiados compromisos mundanos, civiles, legales, económicos, que absorben personas, recursos y tiempo, que en justicia le corresponden a la actividad propiamente pastoral.

Lo pastoral tiene que ver con la predicación de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la atención de los enfermos, con la escucha de las personas en el confesionario y en otras ocasiones propicias para hacerlo, con la caridad con los pobres. En fin, la pastoral es un bello oficio al que no hay que dejarle perder su brillo propio.

Pese a todas las apariencias, vivimos una época y unas circunstancias en las cuales lo pastoral tiene muchas oportunidades de oro. Las búsquedas espirituales están a la orden del día. Las personas que quieren ser escuchadas ya no caben en los consultorios y en los despachos parroquiales en los cuales el sacerdote permanece largo tiempo. Los enfermos y personas mayores, los desplazados internos y externos, todos sueñan con alguien que los acompañe, los escuche, les haga presente el amor de Dios. Los pobres siguen seguros de que una puerta pastoral abierta -una parroquia, una capellanía, una curia- es para que ellos entren y sean auxiliados efectivamente. Nada de esto es espectacular ni sofisticado, pero vale más que cualquiera otra acción que surja desde la misma Iglesia. Ni siquiera los compromisos por construir la paz deberían distraer a la Iglesia de su misión primera con cada persona que deambula esperanzada en ciudades y campos.

El estado actual de la Iglesia y del mundo en el que ella está situada la obliga a repasar, una y otra vez, su naturaleza y misión. La Iglesia es de Dios y está para hacerlo presente en todo el mundo. Pero, como lo hizo Jesús, la tarea se realiza primero persona a persona para que todos sientan su presencia salvadora. Una presencia de algún modo íntima, discreta, pero muy efectiva. Una misión que implica moverse – salir- en busca de cada alma. Una dedicación total para lograr los verdaderos frutos del Reino de Dios. Y para quienes realizan el oficio pastoral, el Señor Jesús les reclama toda su vida, todo su tiempo, todos los sacrificios y todo el desprendimiento.

El Papa Francisco ha llamado repetidamente a que en la Iglesia se recupere la pasión por la misión, por la evangelización, por el amor a las personas y especialmente por las más necesitadas. Lo más urgente para la Iglesia hoy en día es ocuparse más en lo pastoral, con pasión, y menos en otras cosas de frutos muy inciertos.

Fuente:
Dirección Periódico El Catolicismo
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