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Editorial

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¿Cuándo volverá la misa?

La santa misa debe reaparecer en su forma habitual cuando estén dadas las condiciones de bioseguridad que hoy en día se exigen a cualquier actividad de la sociedad. En…

La pregunta ronda la mente de los católicos desde hace varias semanas. Realmente la celebración de la eucaristía constituye el signo más elocuente de la vida de la Iglesia y en concreto de las parroquias. Es un encuentro en torno a la palabra y al pan único y partido, en ambiente de recogimiento y oración, que marca la vida cristiana en forma indeleble.

Nuestra ciudad de Bogotá está engalanada con más de 400 parroquias que posibilitan que los fieles cristianos tengan muy fácil y cercanamente todos los días de la semana la celebración de la santa misa. Esto sin duda es un privilegio que no se da en todas partes. Y, hay que decirlo, celebraciones cuidadosas, litúrgicamente destacadas, de espíritu sereno, con viva participación de las comunidades locales y punto de encuentro para orar por los vivos y por los difuntos. La santa misa es parte, no solo de la Iglesia en Bogotá, sino de toda la ciudad e ir a la misa es aquí parte de la cotidianidad.

Quizás, por eso mismo, la ausencia de la misa ha sido sentida con tanta fuerza en toda la urbe y en todos sus habitantes. Y el golpe también lo han acusado los sacerdotes, privados con ella de alguna manera de sus comunidades y de su más bella tarea diaria. Pero la medida, causada por la pandemia del Covid 19 y ordenada por las autoridades civiles y eclesiásticas, era inevitable. Y, en términos generales, el clero ha cumplido con lo ordenado. Así debe ser: los sacerdotes son líderes comunitarios y su buen comportamiento cívico contribuye al bienestar de todos. Lo que sí han hecho los ministros sagrados es celebrar a puerta cerrada, algunos solos, otros con un reducido número de personas, de manera que la fuerza de la eucaristía siga alimentando a la Iglesia y al pueblo de Dios. Nunca será lo mismo una misa con una comunidad que aquella que celebra solo el sacerdote. Sin embargo, estas etapas de desierto requieren comprensión desde la fe y fortaleza para esperar el momento en que la gran asamblea volverá a orar, cantar, comulgar, desear la paz y confesar una misma fe.

¿Cuándo, entonces, volverá la misa? No se conoce ni se puede conocer una fecha exacta. Lo que sí se sabe es que volverá cuando sea pertinente, oídas las autoridades sanitarias del país y todos aquellos que tienen la delicada misión de ir reorganizando la sociedad en sus diversos campos de acción. La misa no volverá cuando se logre hacer suficiente presión al gobierno nacional o a los gobiernos locales. Tampoco cuando algunos grupos religiosos crean que están por encima de la ley. Ni siquiera cuando un obispo o un sacerdote, por decisión personal, la convoque. Nada de eso es pertinente ni responsable. La santa misa debe reaparecer en su forma habitual cuando estén dadas las condiciones de bioseguridad que hoy en día se exigen a cualquier actividad de la sociedad. En esto no hay que buscar razones ocultas ni conspiraciones. La Iglesia no tiene la menor duda de que tiene la obligación moral y cívica de garantizar la protección de todas las personas, de su salud y bienestar.

Y vale la pena mirar este tema con la debida seriedad para no cometer errores que después se lamentarán. Sería muy triste que por afán de congregar a los fieles –y para revitalizar espiritual y económicamente las parroquias- se dé un paso en falso, con consecuencias graves sobre la salud y quizás la vida de las personas. Si algo así sucediera, los malquerientes de la Iglesia tendrán un argumento más, quizás por décadas o siglos, para denigrarla sin límites.

La historia es la gran maestra de la humanidad, también de la Iglesia, o al menos eso se esperaría. Así las cosas, la misa volverá cuando sea posible hacerlo y seguramente será un reaparecer que llevará un entusiasmo muy interesante para las comunidades y para los sacerdotes. Mientras la eucaristía vuelve a estar plenamente entre nosotros, es tiempo de incrementar la oración, la lectura orante de la Palabra, la fe vivida en familia, el tiempo de reflexión y renovación para los sacerdotes y, para todos, un tiempo de ayuno eucarístico que sin duda hará valorar mucho más el pan de vida que Dios ha dado a su pueblo para alimentarlo. Sin duda, nunca faltará del todo.

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