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Editorial

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Ante la campaña política que llega

Imagen:
rcnradio
Desde la Iglesia se debe levantar la voz para que el Estado, el sector privado y los políticos den cabida en primer lugar a resolver y proteger a los más pobres

Ya comienzan a sentirse voces y movimientos de la vida política pensando en las futuras elecciones para Presidente de la República, aunque parecen aún distantes. Pero en política todo llega más rápido de lo esperado. Nuestros políticos, como los de casi de todo el mundo, están hoy situados como en dos extremos: unos que quieren conservar el estado de las cosas como están e ir dando pasos graduales de mejoramiento en lo que sea posible; otros muchos se han localizado en el ala populista, tendencia que ofrece cielo y tierra sin apenas alguna reflexión de las reales posibilidades de hacerlo y que, por lo general, destruye lo poco o mucho ya construido por sociedades y estados. Y a la vida política actual se le debe añadir el factor absolutamente desestabilizador de la pandemia que ha exacerbado aún más las dificultades en todos los ámbitos de la sociedad y ante la cual no se acaba de dar una respuesta del todo satisfactoria. Para Colombia, la situación futura es en todo sentido incierta.

Cualquiera sea la situación actual y la futura, la Iglesia católica tiene una doctrina social de hondo calado que debe ser expuesta con vehemencia en estos tiempos de crisis. Allí hay conceptos que pueden significar la diferencia. Veamos algunos. El primero, que empieza a retomar su lugar principal en el debate público, es el del bien común. Es muy importante que la política se oriente siempre y en primer lugar a este objetivo y que no se deje capturar por intereses partidistas, económicos, de grupos de presión y aún de grupos minoritarios que no representan el sentir de la mayoría de la población y sus necesidades reales. Hoy en día y dadas las circunstancias de crisis, el bien común clama para que los gobernantes y todos los actores de la comunidad política, pongan sus ojos en las necesidades básicas de las personas pues han sido minadas por la pandemia que no cede: alimentación, salud, vivienda, estudio. El país iba relativamente bien en atender estos sectores, pero se ha retrocedido y hay que volver a retomar la tarea de hacerlos crecer.

Otro concepto de la doctrina social de la Iglesia es el de la atención a la población más pobre y necesitada, o los más vulnerables, en lenguaje actual. Los pobres han reaparecido en escena con el símbolo de una bandera roja en sus casas, signos de hambre y carencias. Desde la Iglesia se debe levantar fuertemente la voz para que tanto el Estado como el sector privado y los políticos en sus propuestas concretas, den cabida en primer lugar a resolver y proteger a las gentes más pobres. Mientras la nación colombiana llega a ser una economía de mayor tamaño, es muy importante que se brinde una apoyo real y concreto a los pobres, en primer lugar, para que no caigan en la miseria, y segundo, para que con dicho apoyo vayan dejando atrás sus condiciones de vida tan limitadas y puedan acceder cada vez a más y mejores servicios y oportunidades de progreso. Se requieren en este sentido, planes y proyectos a largo plazo que, además de beneficiar efectivamente a los más pobres, signifiquen desarrollo real al país. La Iglesia debe ser la voz de los pobres y en Colombia hay que gritar para ser escuchado cuando de esto se trata.

Y, en tercer lugar, la doctrina social de la Iglesia aboga por la solidaridad y la subsidiaridad. La Iglesia en Colombia debe ser enérgica en llamar a los sectores más pudientes a que se hagan solidarios en forma generosa con la inmensa mayoría de la población colombiana. Si los más ricos tienen actualmente miedo de que Colombia caiga bajo el domino de un sistema populista, esto los debería motivar a hacerse parte de la solución, haciendo verdaderos actos de solidaridad a través de un mayor pago de impuestos, mejores salarios, más aportes en la ruralidad y todo cuanto esté a su alcance para transformar realmente la vida de muchas personas. Y el Estado, debe mejorar sustancialmente la administración de sus recursos y promover más una acción ya existente de subsidios que apalanquen efectivamente los esfuerzos de quienes quieren progresar, pero están en condiciones muy limitadas en todo sentido. Y debe luchar contra la corrupción a brazo partido y sin descanso.

La Iglesia católica tiene el deber de levantar la voz con inteligencia y sabiduría en la sociedad colombiana pues las cosas no marchan bien para la mayoría. Los debates que ahora se inician son una oportunidad para hacerlo, sin llegar a tomar posiciones de partidos políticos, pero sí haciendo todo lo que esté a su alcance para que sean visibles las verdaderas necesidades de los colombianos, especialmente de los más pobres.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones

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