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Opinión

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Al lado del enfermo come el alentado

Imagen:
archisevillasiempreadelante.org

Hablar de humanización en salud requiere una mirada amplia en esta etapa de la vida humana, en la que la pandemia del coronavirus y las enfermedades han desestabilizado certezas históricamente infundadas.

Propender una defensa verdadera de la vida donde, más que un número estadístico o una medicina mercantilizada, se puedan abordar los vacíos generados, los duelos por elaborar y la necesidad de promover, cuidar y defender la vida en medio de la ligereza de la corrupción que no da tregua, resulta una utopía, pues al lado del enfermo y a costillas del mismo se benefician muchos.

Aunque no se pretende ser fundamentalista en la defensa y garantía de los derechos de la vida, o establecer una mirada parcializada, si ha de ser clara la postura desde el punto de vista católico, que da derecho a tener una palabra en pro de la vida.

 

Urge una atención en salud oportuna y de calidad, en la que sean prevenidas las muertes por negligencia y falta de cuidado, hechos lamentables que evidencian un sistema de salud inestable, imperfecto y sin las herramientas necesarias para promover el cuidado.

 

No obstante, más que falencias en el sistema de salud es la incidencia de procesos burocráticos y viciados, que no han permitido tener una medicina a la vanguardia que responda a las necesidades reales de la población.

Lastimosamente, muchos verbos y acciones de buena causa han sido tan manoseados como las palabras amor o humanización, términos que siempre estarán en los labios de quienes trabajamos en el contexto de la salud y que nos valemos de estos como si de algo trivial se tratara.

Hoy, más que nunca, han de ser aprovechadas la toma de conciencia y la reflexión como un reclamo vivo y verdadero de aquello que ha de ser vital en nuestros campos de acción, en torno al servicio. Así como el “Padre nuestro” en la vida cristiana, es la oración que nos enseñó Cristo, y no necesariamente podemos afirmar que en verdad vivimos como hijos, es la brecha entre realidad y palabra; de allí que en el papel el sistema de salud tienda a la perfección, mientras en la práctica las falencias sean considerables.

Si bien, las EPS son empresas que representan al usuario en calidad de administradoras y comercializadoras de servicios, creadas por la ley 100 de 1993, la Constitución colombiana reconoce la seguridad social como un servicio público de carácter obligatorio que se presta bajo control del Estado. Anteriormente, el Estado les pagaba a los hospitales directamente y ahora el dinero del Estado y las empresas es entregado a intermediarios, es decir, a EPS que administran este dinero; y la Ley en Colombia manifiesta que la salud es un derecho, por lo que, existe el régimen contributivo y subsidiado. El debate radica precisamente en los que desean volver a antes de la ley 100 y quienes plantean que se siga tal cual.

 

De fondo, el tema es que no hay un modelo ideal y perfecto, en tanto siempre habrá costos y beneficios al escoger una opción, particularmente cuando se hace evidente que el gran problema es la CORRUPCIÓNLo que sí es evidente, es la necesidad de un ente regulador (SUPERSALUD) idóneo y legítimo, no burocratizado, que regule y realice labores de estricto control y vigilancia.

 

Lograr que el sistema sea sostenible en el tiempo, acabar con el abuso de poder, consolidar capacidad técnica y ética para acompañar y evitar que los intereses políticos no lleven a estas entidades a ser instrumento de clientelismo y favores, representa un reto trascendental.

Frente a los posibles cambios y propuestas del gobierno entrante, se tiene la propuesta según el diario El Espectador, del 6 de julio de 2022:

“El Presidente Electo indicó en su plan de gobierno que se garantizará el derecho fundamental a salud mediante un sistema único, público, universal, preventivo, predictivo, participativo, descentralizado e intercultural, que no dependa de la capacidad de pago, la rentabilidad económica ni de la intermediación administrativa y financiera. Para ello, se reglamentará la Ley Estatutaria 1751 de 2015, mediante un pacto nacional por la salud y la vida”.

De allí que la posible unificación de los regímenes en salud como propuesta, por ahora, seguirá en reflexión y construcción, a la espera, ojalá, de documentos borradores que permitan una mayor reflexión y seriedad, dado que lo que sigue en juego es la vida humana como una de las necesidades vitales que tenemos.

Si bien, con la nueva propuesta se quiere delegar la vigilancia por medio de un Consejo Nacional en Salud y Consejos Territoriales, hoy más que nunca es necesario entender que entes vigilantes siempre han existido, pero en la práctica han perdido su razón de ser.

*Por: padre Wilsson Javier Ávila Espejo, coordinador de la evangelización del mundo de la salud en la Arquidiócesis de Bogotá.

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