Pasar al contenido principal

Formación

#397DFF

LITURGIA 21 - Morir para ser fecundos

21 de marzo de 2021
Evangelio

En estos últimos domingos de Cuaresma la liturgia de la Iglesia nos orienta hacia la participación en la celebración de la Pascua. En el propósito de la reforma litúrgica que promueve el Vaticano II el concepto de participación apunta hacia ‘tener parte’ en el misterio que celebramos. De modo que nuestra participación en la Pascua de Jesucristo busca que el misterio pascual se realice en nosotros; así lo expresamos en la oración colecta de la misa de este domingo: «te pedimos nos concedas, Señor, vivir en el mismo amor que llevó a tu Hijo a entregarse (…) por la salvación del mundo».

Hace ocho días los diferentes textos de la celebración nos ponían delante el amor gratuito de Dios, los textos de hoy nos llevan a entender la vida cristiana como la fructificación del amor de Dios en la existencia concreta de cada uno de nosotros. El amor de Dios que lo llevó a dar al mundo a su Hijo, ese mismo amor se manifiesta hoy en la existencia cristiana de los discípulos de Jesús; dicho de otra manera, lo que hace posible que seamos cristianos es el amor de Dios en Jesús que nos hace libres para entregar la vida como él. Veámoslo a través de los textos de la Escritura que se nos proponen.

En la primera lectura (Jeremías, 31, 31-34) escuchamos la promesa de la nueva alianza, nueva respecto de la antigua, establecida en el desierto, a la salida de Egipto. En la antigua alianza los israelitas se entusiasmaron y prometieron obedecer las leyes, pero este entusiasmo y esta resolución no fueron duraderos; ante el quebrantamiento de la antigua alianza, Dios promete una nueva. 

En este contexto, la novedad consiste en que la fidelidad de los hombres y mujeres a la alianza no se cumple por el esfuerzo o en la coacción, en la nueva alianza Dios inscribe su propia ley en el corazón de los seres humanos, de modo que las personas actúan en justicia por pura gracia, esto es, por la transformación íntima que el amor de Dios –la gracia– realiza en cada uno. Esto es lo que pedimos en la oración colecta: «vivir en el mismo amor que llevó a tu Hijo a entregarse», y nos lo recuerdan las palabras del relato de la institución en la plegaria eucarística: «beban todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna».

La segunda lectura (Hebreos 5, 7-9) anticipa una petición de Jesús que aparece también en el texto del evangelio: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora». Con esta frase Jesús se confía al Padre pidiendo que, en la encrucijada de la ofrenda de su vida, lo sostenga el amor del Padre, lo ‘salve en esta hora’.

En el evangelio de la misa de este domingo (Juan 12, 20-33) tenemos un breve discurso de Jesús que es respuesta a la petición de un grupo de no judíos que quieren verlo. En la petición de éstos reconocemos una demanda universal; la solicitud de ‘ver a Jesús’ la podemos entender como la petición por creer, es como si los no judíos estuvieran pidiendo llegar a la fe, llegar a creer. Piden ‘ver’, se trataría de la petición o de la llamada de la humanidad por la salvación. 

Ante este reclamo por la salvación, Jesús comprende que ha llegado la hora de su glorificación, de la culminación de su obra por la salvación del mundo, y con estas palabras daba a entender el sentido de su muerte. En el breve discurso del evangelio de este domingo Jesús nos expresa el sentido de su glorificación, esto es, de su muerte y lo hace a través de una comparación: el grano de trigo que cae en la tierra.

El grano de trigo cae en la tierra para morir y así producir abundante cosecha; no morir significa permanecer estéril, quedarse siendo un solo grano. Morir es la condición para la fecundidad y con ello para la glorificación. Esta comparación es aplicada por Jesús mismo a la existencia suya y la de sus discípulos: «El que se ama a sí mismo, sepierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». Se entrega la existencia (‘piche’, en el texto griego) para participar del don de una vida (‘zoé’) que sólo Dios puede dar.

No apegarse a la vida (‘psiqué’) es dejar de vivir como si uno se bastara a sí mismo, es dejar de considerar la existencia inmediata como el único bien que uno tiene para defender a toda costa. Quien opta por entregar la vida se ha vuelto discípulo de Jesús, y éste es quien de verdad ‘ve a Jesús’. A la demanda inicial de los no judíos Jesús responde que para poderlo ver hay que seguirlo y seguirlo hasta la entrega de la vida.

Aumentar
Fuente
Disminuir
Fuente

Noticias relacionadas