Jesús va a comer en casa de unos principales fariseos de la región y estos le tienden una trampa y lo acechan a ver si cae en ella; muy a pesar de la ley del descanso sabático, Jesús cura a un enfermo.
Emplea este argumento: Si vosotros permitís rescatar en sábado un animal caído en un pozo, con mayor razón se puede curar a un ser humano. Cuando está en juego el bien y la dignidad de las personas, no hay excusa en ninguna ley. El valor supremo de un ser humano, está por encima y obliga a poner todo a su servicio.
El contexto de esta curación es aprovechado por Jesús para instruir a los presentes sobre el banquete del Reino. Jesús habla en serio, sus palabras son provocativas. Invierte los valores predominantes en la sociedad de su tiempo. Si alguien ofrece un banquete, una boda, no sigas la lógica de quien busca siempre ocupar los primeros puestos, siéntate en el último puesto, no te enaltezcas a ti mismo porque puedes acabar humillado.
En otras palabras, Jesús piensa y propone unas relaciones humanas propias de una humanidad nueva, inspiradas en un nuevo espíritu de libertad, de gratuidad y verdadero amor; que sean germen de una comunidad diferente de esa sociedad en la que predomina el intercambio, el provecho personal y la ganancia; en la que casi nada es gratuito, en la que todo se comercia, se presta, se compra, se vende.
Nos cuesta entender que, en una estricta visión evangélica, es mejor dar que recibir. Prestamos un servicio si es remunerado, cobramos por todo lo que hacemos a lo largo de los días. Y es que ignoramos que los momentos más gratificantes y nobles de nuestras vidas, son aquellos en los que uno se descubre y reconoce a sí mismo como un regalo inmerecido del amor de Dios, y vive convencido de que, en definitiva, en la vida cristiana, el que pierde, gana; el que se humilla será enaltecido.
Esa es la lógica del Reino de Dios; la lógica de la vida de los que tenemos fe en Jesús y nos hemos empeñado en imitarlo. A la luz del Evangelio. ¿De qué puedo presumir yo?
Jesús lo dijo de esta manera: Los primeros, los que se buscan a sí mismos, se pierden; aquellos que se pierden en una entrega que solo espera la respuesta de Dios al final del camino, esos todo lo reciben.
Esta es nuestra misión como evangelizadores en el mundo de hoy: Vivir y hacer vivir el espíritu de Jesús; amar, no al que mejor nos paga, sino a quien más nos necesita y nos está esperando.
P. Carlos Marín G
Fuente Disminuir
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