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El Reinado de Dios está presente

18 de febrero de 2024
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Según la mentalidad judía de aquel tiempo, el desierto era lugar de prueba y tentación; allí habitaban el mal y los espíritus malignos, pero era también lugar de encuentro con Dios. En él se experimentaba el enfrentamiento con Satanás, y, al mismo tiempo, la ayuda de Dios. Allá Jesús es empujado por el Espíritu. (así lo traduce la Biblia de Jerusalén)

Jesús vive una experiencia que es propia de la condición humana. San Marcos, a través de esa escena, nos presenta un Jesús de carne y hueso. Satanás lo pone a prueba, lo mete en el mundo de los hombres, un mundo lleno de tensiones, tentaciones y lucha que nunca termina.

Bautizado en las aguas del río Jordán, Jesús es empujado por Espíritu al desierto, y allí sufre la tentación. La de apartarse de cumplir la voluntad de su Padre. La de no ser el primer ciudadano de la nueva humanidad, el primero del Reino de Dios.

Jesús fue a Galilea a “Pregonar de parte de Dios la Buena Noticia”. Para los judíos, el Reinado de Dios era su mayor anhelo, su mayor esperanza. Significaba la implantación del derecho y de la justicia; el reinado de la paz, la igualdad, la libertad. “El Reinado de Dios” recogía y expresaba toda la esperanza de los profetas y también del pueblo.

Así, pues, el Reinado de Dios está ya presente, es una realidad. Y lo está tanto en palabras como en hechos; por eso es BUENA NOTICIA. Es don y es ofrecimiento, y por tanto

requiere respuesta de acogida, la cual debe expresarse en dos actitudes: Fe y conversión.

Un llamado que significa romper la indiferencia y convertirse en fuerza que moviliza, que transforma; algo así como un nuevo nacimiento, un resucitar. Es la invitación a aceptar la presencia de Dios en la historia del mundo entero y de cada uno de nosotros.

Hermanos: Sentir a ese Jesús, tentado, débil, haciendo camino, tan cercano a nosotros, hay que admirarlo, amarlo y decidirse por Él. Aprendamos de Él los caminos de Dios tan distintos a los nuestros. Aprendamos de Él a enfrentarnos a las tentaciones con la gracia de Dios.

La conversión es ante todo obra de Dios que ama y perdona, que crea un corazón nuevo e infunde un espíritu nuevo en cada uno de nosotros y nos atrae a la comunión con Él.

San Pablo nos recuerda : Donde hay un cristiano hay humanidad nueva; lo viejo ha pasado, mirad, existe algo nuevo. (2 Cor. 5, 17).

La invitación a la conversión del corazón es la voz del amor de Dios: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. (Lc.19,10).

En ese tiempo de Cuaresma en 2024 oremos como lo hizo Jeremías: “Conviérteme Señor, y me convertiré”.(Jer. 31,18).

Padre Carlos. Marín G.

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