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Opinión

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La cultura ecológica y la responsabilidad con el planeta

Aunque el concepto de ecología sea muy antiguo solo hasta en esta época se ha popularizado y, apenas se está comprendiendo su importancia capital para el futuro del…

Francisco se ha empeñado en recordar a los cristianos su entrañable relación con la creación, recordar su responsabilidad y, por supuesto, su relación con el Padre, Creador, relación de amor, no solo de uso responsable de los recursos. La cosa es trascendente.

Rémi Brague, profesor de Filosofía Medieval en la Sorbona de París y de Historia del Cristianismo Europeo en la Ludwig-Maximilians-Universität München, además de director del centro de investigación "Tradición del Pensamiento Clásico" de la Sorbona, ha hecho un artículo en el que comenta la “cuestión ecológica” según Francisco, para el diario francés, Le Monde:

Francisco, principalmente en su extensa encíclica Laudato si’, pero también en numerosas intervenciones sobre ecología, “quiere tan solo recordar a los cristianos sus responsabilidades con el planeta”, dice Brague. Para el Papa, “el cuidado de la ‘casa común’ terrena está íntimamente ligada a su visión del hombre, del mundo y de Dios”.

“El Dios de la Biblia no es prisionero de su sublimidad, no está encerrado en una torre de marfil celestial”. Al contrario, se ha acercado al hombre y le ha ofrecido una alianza: primero por medio de Noé, y luego con Abraham, Jacob y Moisés. “Los cristianos llevan la idea de la alianza hasta la incandescencia: las dos naturalezas, divina y humana, se unen ‘sin confusión, sin alteración, sin división, inseparablemente’ en la única persona de Cristo”.

La encarnación repercute en todas las criaturas. “Si el Creador entra en la creación, si el amo de la historia se hace un personaje de ella, eso confiere a la tierra una dignidad nueva. Una tierra donde Dios se ha introducido ya no es un simple ‘aquí abajo’: a su humilde manera, participa de la santidad divina”. Contra la idea de los gnósticos, no se puede considerar la tierra como un lodazal al que el alma ha sido arrojada. “Ciertamente, la abandonaremos al morir, pero eso no es razón para no ser diligentes en cuidarla, menos aún para llenarla de nuestros desperdicios”, precisa Brague.

Pero eso no eleva la tierra a la altura de Dios, ni rebaja al hombre al nivel de la tierra. “Si Dios ha entrado en el mundo, es que venía de fuera. No era una parte del cosmos, ni aun la más alta. La tierra ha sido santificada, pero no sacralizada, y menos aún divinizada”. No es la diosa Gea de los deep ecologists, que –como es común en los ídolos– exige sacrificios humanos, incluso el más radical: “el de la humanidad, invitada a extinguirse en un lento suicidio para hacer sitio a otras especies”.

La fe cristiana confiesa que Dios se encarnó para la salvación de los hombres, que son los que destruyen el medio natural, en perjuicio de los animales y de sí mismos. El hombre es “el animal enfermo, necesitado de salvación”. Por eso, “la ecología ha de ocuparse también del hombre, ha de ser una ecología integral”.

El versículo del Génesis (1, 28) en que Dios encarga al hombre someter la tierra y dominar a los animales, señala Brague, siempre se ha entendido, en la tradición judía y cristiana, como una misión de administrar. “El hombre no es un ídolo al que habría que sacrificar todo lo demás que vive sobre la tierra. No es el único habitante de la ‘casa común’ que el Papa Francisco pide que salvaguardemos. Es la de todos los hombres, primero de los más pobres, que son también los más amenazados. Ella alberga también todo aquello de lo que el hombre es responsable, todos los seres de los que es como el hermano mayor”.

 

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