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El Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en el Vaticano

29 de marzo de 2024
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El Papa Francisco ha presidido la celebración de la Pasión del Señor esta tarde en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. El Cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa pontificia, pronunció la homilía, destacando que “la verdadera omnipotencia de Dios es la impotencia total del Calvario”.

Minutos antes de las 17:00 horas (hora de Roma), el Papa Francisco ingresó a la Basílica de San Pedro en su silla de ruedas, deteniéndose para rezar en silencio ante el altar, desnudo y desprovisto de mantel, cruz y candelabros.

Tras la proclamación del pasaje evangélico de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, el Cardenal Cantalamessa recordó en su homilía cómo Jesús “proclama su divino ‘YO SOY’”.

¿Cómo es la omnipotencia de Cristo?

“La novedad absoluta de esta palabra de Cristo se descubre sólo si prestamos atención a lo que precede a la autoafirmación de Cristo: ‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces sabréis que YO SOY’. Como si dijera: Lo que yo soy -y, por tanto, ‘lo que Dios es’- sólo se sabrá desde la cruz. La expresión ‘ser levantado’, en el Evangelio de Juan, se refiere, como sabemos, al acontecimiento de la cruz”.

“Estamos ante una inversión total de la idea humana de Dios y, en parte, también de la del Antiguo Testamento. Jesús no vino a retocar y perfeccionar la idea que los hombres tienen de Dios, sino, en cierto sentido, a trastocarla y revelar el verdadero rostro de Dios”, subrayó.

El purpurado indicó luego que “Dios es omnipotente, por supuesto; pero ¿qué tipo de omnipotencia es la suya? Frente a las criaturas humanas, Dios se encuentra desprovisto de cualquier capacidad, no sólo coercitiva, sino también defensiva”.

“No puede intervenir con autoridad para imponerse a ellos. No puede hacer otra cosa que respetar, hasta el infinito, la libre elección de los hombres. Y así el Padre revela el verdadero rostro de su omnipotencia en su Hijo que se arrodilla ante los discípulos para lavarles los pies; en su Hijo que, reducido a la impotencia más radical en la cruz, continúa amando y perdonando, sin condenar jamás”.

El predicador de la Casa pontificia subrayó que “la verdadera omnipotencia de Dios es la impotencia total del Calvario. Se necesita poco poder para mostrarse; pero hace falta mucho para dejarse de lado, para borrarse”.

“¡Dios es esta ilimitada capacidad de ocultamiento de sí mismo! Exinanivit semetipsum: se aniquiló a sí mismo. A nuestra ‘voluntad de poder’ Dios opuso su impotencia voluntaria”.

El triunfo de Cristo “es de orden infinitamente superior”

“¡Qué lección para nosotros que, más o menos conscientemente, siempre queremos destellar! ¡Qué lección especialmente para los poderosos de la tierra! Para aquellos entre ellos que no piensan ni remotamente en servir, sino sólo en el poder por el poder; aquellos –dice Jesús en el Evangelio– que ‘oprimen al pueblo’ y, además, ‘se hacen llamar bienhechores’”, señaló.

“¿Pero el triunfo de Cristo en su resurrección no anula esta visión, reafirmando la invencible omnipotencia de Dios? Sí, pero en un sentido muy diferente al que solemos pensar. Muy diferente de los ‘triunfos’ que se celebraban al regreso del emperador de sus campañas victoriosas, recorriendo una calle que aún hoy, en Roma, lleva el nombre de ‘Via Trionfale’”, señaló.

El purpurado añadió: “¡Hubo, por supuesto, un triunfo en el caso de Cristo, y un triunfo definitivo e irreversible! Pero ¿cómo se manifiesta este triunfo? La resurrección ocurre en el misterio, sin testigos”.

“Su muerte –hemos oído en el relato de la Pasión– fue vista por una gran multitud y en ella participaron las más altas autoridades religiosas y políticas. Una vez resucitado, Jesús se aparece sólo a unos pocos discípulos, fuera del foco de atención”.

“Con esto quería decirnos que después de haber sufrido no debemos esperar un triunfo externo, visible, como la gloria terrenal. El triunfo se da en lo invisible y es de orden infinitamente superior porque es eterno. Los mártires de ayer y de hoy son testigos de ello”, resaltó.

El Cardenal Cantalamessa se refirió luego al “tipo de triunfo” de Jesús, animando a acoger “la invitación que Jesús dirige al mundo desde lo alto de su cruz: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’”.

“¡Parecería casi una ironía, una burla! Aquel que no tiene una piedra sobre la que apoyar su cabeza, aquel que ha sido rechazado por los suyos, condenado a muerte, aquel ‘ante quien uno se cubre el rostro para no ver’, se dirige a toda la humanidad, de todos los lugares y de todos los tiempos, y dice ‘¡Venid a mí todos y yo os aliviaré!’”.

“Venid vosotros ancianos, enfermos y solos, vosotros que el mundo deja morir en la pobreza, el hambre, bajo las bombas o en el mar, vosotros que por vuestra fe en mí, o por vuestra lucha por la libertad, languidecéis en una celda de prisión, venid mujeres víctimas de la violencia. En definitiva, todos, sin excluir a nadie”, expresó.

La Adoración a la Santa Cruz en Viernes Santo en el Vaticano

Después de la oración universal, comenzó la Adoración a la Santa Cruz. El Papa Francisco fue el primero en contemplar la cruz con Cristo crucificado para adorarlo y darle un beso en la rodilla.

A continuación, todos los presentes en la Basílica de San Pedro se acercaron para adorar la cruz de Cristo.

Tras la Comunión con las hostias consagradas en la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo, concluyó la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro.

Fuente:
ACIPRENSA
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