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Editorial

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Que no se canse la caridad

La larga travesía por el tiempo del confinamiento también ha dejado ver que la solidaridad debe abarcar varios campos. Desde luego, comienza en la mayoría de los casos…

Larga ha resultado la travesía por la pandemia del Covid 19. Completamos ya prácticamente dos meses en un confinamiento que, si bien no ha sido absoluto, sí ha limitado enormemente la vida de todas las personas. A 18 de mayo, las estadísticas oficiales indican que estamos en pleno ascenso de contagiados y con un número más o menos constante de fallecidos. Esto hace que sea difícil pensar en un pronto retorno a la vieja normalidad. Acaso se puede pensar en un lento retorno a las actividades habituales de toda la sociedad y eso con nuevos hábitos de vida. Por estas mismas razones la precariedad seguirá afectando a muchas personas y se hace necesario que el Estado, las instituciones sociales, la Iglesia y cada ciudadano en particular, todos, estén atentos para no aflojar en la caridad y solidaridad con los más necesitados. Nunca debe cansarse la caridad y menos en las circunstancias actuales.

La larga travesía por el tiempo del confinamiento también ha dejado ver que la solidaridad debe abarcar varios campos. Desde luego, comienza en la mayoría de los casos por la provisión de alimentos y en esto ha habido una actividad eclesial absolutamente contundente. Pero toca también realidades tan delicadas como el acompañamiento de las personas mayores y las personas que viven solas. Aunque no es fácil hacerlo pues la compañía física está prácticamente desaconsejada, se hace necesario echar mano de toda la tecnología posible para que estas personas escuchen a otras, sientan la preocupación efectiva por ellas y la prontitud en el auxilio si fuese necesario. De igual manera, el encierro ha puesto a prueba la salud mental de todos. Líneas de atención telefónica u otros medios, han resultado ser una respuesta apropiada para que las personas con sentimientos de angustia o desesperación encuentren quién las escuche de manera amable, con serenidad y cariño.

No menos importante es la acción espiritual como parte de la caridad. Para los creyentes es muy importante que desde la Iglesia se conserve una viva actividad de oración y de eucaristía. Sacerdotes y religiosas pueden prestar un gran servicio en la actualidad intensificando su oración por toda la comunidad. Y valen también las iniciativas de esta índole que se puedan valer del internet para llegar a muchas personas y animarlas espiritualmente. El arzobispo primado ha pedido que los sacerdotes sigan celebrando la eucaristía a puerta cerrada pues esta aporta vitalidad a toda la Iglesia, aunque no pueda darse de momento la asamblea celebrativa habitual. Y no menos importante y reconfortante es la oración del Santo Rosario que se pueda dar sobre todo en familias. Esta tradicional oración tiene una fuerza escondida que sin duda surge del amor que en la Iglesia se tiene a la santísima Virgen María, madre de Dios y madre nuestra. En fin, orar sin cesar hace parte de la caridad que desde la Iglesia se puede ofrecer a toda la comunidad ahora confinada.

El pueblo de Israel, según cuenta la Sagrada Escritura, durante la travesía del desierto pasó por momentos de gozo y también de desánimo. Se alegraban de la tierra prometida que los esperaba, se desanimaban por lo inhóspito del desierto y a veces querían volver a la esclavitud en Egipto porque allí había al menos cebollas para comer. Así son estos tiempos difíciles para todos. De ahí que, como Israel y el viejo Moisés, la Iglesia y sus pastores, la familia y sus padres, la educación y sus maestros, la sociedad y sus dirigentes, tiene que sellar cada vez más fuertemente su alianza por estar juntos hasta que amanezca de nuevo el sol del bienestar y la libertad para todos. Llegará y Dios sabrá cuándo estemos listos para darnos de nuevo la paz. Ahora es tiempo de tribulación que purifica y sana. Que nadie se desanime, que nadie se quede solo, que nadie caiga en desesperación porque la cridad cristiana está viva y operante.

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