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Editorial

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Por una valoración plena del trabajo

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Sage
Al conmemorarse, el primero de mayo, el Día Internacional del Trabajo suele venir a la mente la imagen de las grandes protestas y manifestaciones

Que desde hace décadas han promovido sindicatos y asociaciones de trabajadores a lo largo y ancho del mundo democrático. Pero, dedicar una jornada al año para pensar en esa realidad que compete a toda la humanidad tiene un sentido aún más profundo.

Es reconocer la importancia de la actividad que ocupa al ser humano, quizás, durante más tiempo en su existencia. Y por eso mismo debe ser una actividad que esté a la altura, las necesidades y aspiraciones de quien la ejecuta. Varias reflexiones caben acerca del aspecto laboral de toda vida humana.

Desde los inicios bíblicos se llama al hombre y a la mujer a ganar el pan con el sudor de la frente. Después San Pablo insistirá en la necesidad de trabajar para comer. Este primer dato es muy importante: todo ser humano está llamado a desempeñar un trabajo para su propio desarrollo y el de la comunidad. Nadie ha sido creado para el ocio total.

Y, dadas las condiciones necesarias, es bueno que cada persona vea por sí misma y por los que todavía no están en edad o en condiciones de laborar. A nadie le debe causar molestia la obligación de trabajar diariamente y cada persona que tenga una ocupación definida debe saber que allí está su misión de cada día y que nadie puede suplirlo permanentemente.

Una ética social que haga ver el valor imprescindible del trabajo es importante para toda la sociedad y también para cada persona.

Sin embargo, es importante que las condiciones del trabajo y de todo trabajador sean dignas de su condición humana. Las horas laborales, el salario justo, la seguridad social, la clase de tarea desempeñada y otros factores deben estar siempre de acuerdo y en perfecta armonía con el hecho de que es una persona, no una máquina, el que realiza las labores asignadas.

Para una persona que emplea, por lo menos, la tercera parte de su jornada trabajando, su actividad debe ser fuente constante de satisfacción y alegría, así como experiencia positiva que la realiza como persona y miembro de la sociedad. 

Nadie debería experimentar su trabajo simplemente como una carga o una obligación no deseada, sino todo lo contrario. Todos los días es importante revisar que cada trabajador esté encontrando en sus labores una verdadera realización en todo sentido.

Todas las personas e instituciones que dan trabajo, incluyendo la Iglesia, tienen unos imperativos que nunca deben dejar de lado. Por ejemplo, el buen trato a sus empleados, un salario justo y suficiente para vivir –no solo para sobrevivir-, oportunidades de crecimiento en todo sentido para quienes laboran, justicia en todas las relaciones inherentes a lo laboral, cuidado de la salud y aportes para un retiro honorable de quien llega a la edad de jubilación.

Hay que estar alertas con una cultura que pregona el solo darle al trabajador el mínimo en todo sentido, mientras al mismo tiempo se le pide que dé todo de sí mismo.

También es importante seguir insistiendo en la necesidad de poner a todas las mujeres en igualdad de condiciones laborales que los hombres, pues todavía persiste una pésima idea, en algunos sectores, de no darles todo el valor, respeto y dignidad que tienen y que es necesario siempre reconocer y apreciar.

Si hay unas bendiciones importantes en la vida, la del trabajo es una de ellas y conviene cuidarla, valorarla y conservarla con todo cuidado.

Cada trabajador es una prolongación de la mano sabia de Dios sobre el mundo y sobre las personas.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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