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Editorial

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Necesidad de concentrar fuerzas

Imagen:
RCN Radio
En los recientes nombramientos de la Arquidiócesis de Bogotá se vio la necesidad de que algunas parroquias

quedaran a cargo del párroco vecino, quien queda así con dos bajo su cuidado, pues su titular debió ser trasladado a otra parroquia. Como quien dice, no hay sacerdotes para tantas parroquias.

El crecimiento de Bogotá no tiene fin y es prácticamente imposible crear parroquias al ritmo de ese desarrollo, unas veces ordenado y muchas veces caótico como sucede en las montañas tanto del sur como del norte de la ciudad.

Quizás, tampoco sea tan buena idea dejar a los sacerdotes solos en lugares a veces inhóspitos, inseguros, casi que perdidos del resto de la ciudad. Por más buena voluntad que se tenga, son condiciones que ponen a prueba vida y vocación.

A medida que la ciudad crece, se transforma, se traslada o se abandona – como ha sucedido por la pandemia y las revueltas ciudadanas- conviene hacer una reflexión profunda acerca de dónde deben ser situados los sacerdotes y todo agente pastoral. La verdad es que el criterio principal debería apuntar a localizarlos, sobre todo, donde la gente vive. Hay muchos sectores en Bogotá que ya no tienen residentes, que son los que llegan a constituir verdaderas comunidades cristianas parroquiales.

Se hace necesario establecer un orden de prioridades, que vele por la fe de las personas y también por la vida de los sacerdotes. Probablemente, nada mejor que los barrios residenciales de la ciudad. Sectores excesivamente comerciales, industriales, solo de oficinas o muy deteriorados, no suelen tener ya lo necesario para generar verdadera vida parroquial ni para crear las condiciones de una vida digna de un sacerdote.

Se oye con frecuencia a algunos párrocos afirmar que en sus parroquias hay una presencia muy escasa de personas, aun en las celebraciones de la santa misa. Esto también genera problema para el sostenimiento de las parroquias, el culto, los consagrados. Una cierta idea fija de querer que haya parroquias en todos los lugares de la ciudad no parece muy fructífera.

Hoy en día, grandes ciudades arzobispales están reformando toda su estructura parroquial, por ejemplo, Barcelona en España, para concentrar fuerza y también recursos.

Tiene todo el sentido. Viejos templos, sin población fija, pueden ser atendidos dominicalmente, pero la pastoral de cada día debe hacerse donde permanece comúnmente la población, es decir, en los sectores de vivienda. En esta línea, se debe considerar la idea de clausurar templos mientras su entorno vuelve a ser lugar de familias y verdaderas comunidades.

La concentración de fuerzas y personas debe conllevar también el propósito de juntar a los sacerdotes, al menos en los sectores más complejos, para que vivan acompañados y se apoyen mutuamente en lo espiritual, lo pastoral y siempre en lo humano. Aunque los sacerdotes diocesanos suelen ser resistentes a este tipo de vida en común, muchas circunstancias ratifican la importancia de hacerlo para bien de ellos, de la Iglesia y de los fieles. Sacerdotes diocesanos extremadamente solos y aislados, como ruedas sueltas y con vidas un poco raras y extrañas, terminan casi siempre en situaciones complejas que, a veces, ni solución tienen y dan dolores de cabeza de nunca acabar.

En fin, parece que el Evangelio llama hoy a la Iglesia que está en las ciudades, Bogotá entre ellas, a fortalecer las comunidades y sus pastores y no necesariamente a estar dispersos por todas partes sin frutos importantes. Esto implica cambios y sacrificios, pero no hay más remedio.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
Fuente:

OAC

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