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Editorial

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Las obras de los sacerdotes

Imagen:
Foyer de Charité
Bien vale la pena hacer una reflexión sobre el espíritu sacerdotal que movió en otros tiempos a los presbíteros a emprender tareas de envergadura mayor

 

Falleció recientemente el padre Fernando Umaña Montoya, de la diócesis de Zipaquirá. Fundador de la obra espiritual Foyer de Charité en esa jurisdicción eclesiástica, pero con amplia resonancia en las diócesis vecinas, especialmente en Bogotá. Una obra que irradió el Evangelio con gran eficacia, que generó una viva comunidad cristiana y que se convirtió como en un oasis espiritual para miles de personas a lo largo de los años. También innumerables parejas de novios se prepararon allí para la vida sacramental matrimonial. También fue un lugar donde la caridad se ejercitó generosamente. Traemos a colación esta obra del padre Umaña porque es un vivo ejemplo de lo importante que resulta para la Iglesia, para la comunidad de bautizados, el que sus pastores sean capaces de echar las redes para atraer las gentes a Dios y a su hijo Jesucristo a través de acciones concretas, serias y de larga duración. Ahora, muerto el fundador, el Foyer sigue siendo una fuente de evangelización y espiritual muy importante.

¿La iniciativa de los obispos y los sacerdotes para emprender obras y acciones nuevas se conserva, ha disminuido o ha desaparecido? ¿No está el clero un poco empapelado entre planes pastorales, cartillas, encuentros, simposios, documentos locales y universales, comunicados, etc.? Hubo un tiempo en que obispos y sacerdotes fundaban colegios, universidades, amparos, comedores, misiones, congregaciones, empresas editoriales para la evangelización, cooperativas, cajas de ahorros, emisoras de radio y mucho más. En buena medida la Iglesia en todo el mundo, mucho en Colombia, tiene su fortaleza en los frutos de estas obras extraordinarias y de avanzada. Además, llevaban y llevan muy clara la impronta católica y evangelizadora. Realmente estas creaciones de obispos y sacerdotes tenían y tienen como característica su duración en el tiempo, con los muy buenos efectos que eso tiene a la hora de evangelizar, de formar cristianos en profundidad y de darle a la sociedad hombres y mujeres de fe con capacidad de transformarla.

Bien vale la pena hacer una reflexión sobre ese espíritu sacerdotal que movió en otros tiempos a los presbíteros a emprender tareas de envergadura mayor. Quizás el ambiente eclesial favorecía más esa “independencia” con sentido de Iglesia siempre. Puede ser que no hubiera un tipo de organización eclesiástica que pretendiera controlarlo todo y tampoco un espíritu legal y canónico que se convirtiera en traba para que las inspiraciones del Espíritu, encarnadas en iniciativas de los sacerdotes, se llevaran a cabo. Pero seguramente lo que había en mayor abundancia es aquello que el papa Francisco ha reclamado tantas veces como un poco ausente en los pastores: pasión en la misión. Pasión que generó compromisos, entrega total para dejarlo todo por el Evangelio, capacidad de incomodarse para que otros estuvieran mejor y, también, capacidad y reciedumbre para soportar miradas de desconfianza desde el mismo estamento eclesial. Fueron obispos y sacerdotes para quienes estaba clarísimo que se sirve a Dios en cada acción realizada por el bien del prójimo. Y que la incomprensión es parte de la vida del verdadero apóstol.

Aparte de la tarea diaria que realizan los obispos y los sacerdotes, con dedicación, sencillez y en silencio, conviene que en el panorama eclesial surjan obras diferentes, novedosas, creativas, que oxigenen un poco la rutina evangelizadora y también la vida sacerdotal. Son obras que también tienen la capacidad de responder con mayor actualidad a las necesidades y urgencias del tiempo presente. La Iglesia y sus ministros deben tener cuidado de no envejecer y perder fuerza y significado para la comunidad creyente y para la sociedad en general. Para ello puede ayudar mucho el incentivar a los obispos y sacerdotes a generar iniciativas personales importantes, novedosas y apoyarlos en todo lo que se pueda, antes que sospechar de las nuevas propuestas. Las obras de los sacerdotes son importantes, sus talentos suelen ser notables, sus capacidades para sacar adelante iniciativas de hondo calado son, a veces, insospechadas. Hacemos votos para que en nuestra Iglesia no falten los pastores disruptivos pues son los que abren nuevos caminos al pueblo de Dios y, sin duda, a la evangelización.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones

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