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Editorial

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La disciplina en la Iglesia

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La disciplina en la Iglesia tiene que estar por encima de los simples gustos personales

 

Hace pocas semanas el Santo Padre determinó que las nuevas fundaciones en la Iglesia deben contar con la aprobación de la Santa Sede. Por lo visto, a lo largo y ancho de la Iglesia, se han venido dando en las últimas décadas toda clase de novedades que, con el correr del tiempo, resultan no ser tan claras en sus propósitos, en sus manejos, en sus carismas. Como quien dice, el Papa quiere un poco de orden en todo esto. Es un ejemplo no más, de cómo en la Iglesia es de la mayor importancia que haya, no solo directrices claras, sino acatamiento de las mismas, sobre todo, para la buena orientación de los fieles. Porque lo que suele suceder cuando hay confusión es que los más perjudicados son los fieles, a quienes se les desorienta con los argumentos y prácticas más variados y a veces bastante alocadas.

La pandemia también ha traído problemas a la disciplina eclesiástica. Un solo ejemplo: la Iglesia ha autorizado que los fieles reciban la comunión en la mano, sin dejar de darla también en la boca. Esto se ha prestado para toda clase de interpretaciones, incluyendo la de no acatar lo dispuesto por la Iglesia y que tanto algunos sacerdotes como algunos fieles se nieguen a darla y recibirla en la mano, como si de algo pecaminoso se tratara. Ni los sacerdotes están por encima de las normas que da la Iglesia ni los fieles tienen porqué desafiar lo dispuesto sabiamente por los legítimos pastores del pueblo de Dios. Una cosa son los escrúpulos que las personas puedan tener fruto de sus historias de vida y otra muy diferente la práctica llena de sentido común y de cuidado por las personas que emana de la autoridad eclesiástica. Crear confusiones en este nivel puede llevar poco a poco a romper la unidad en la Iglesia y hay que tener mucho cuidado.

La disciplina en la Iglesia tiene que estar por encima de los simples gustos personales. No es raro escuchar que en algún ambiente eclesial el “criterio” supremo pareciera ser el gusto de quien dirige o de un grupo. No puede ser así. Eso rompe todo sentido de Iglesia, de continuidad en la evangelización y la espiritualidad y en no pocas ocasiones da al traste con esfuerzos importantes hechos por personas y comunidades. Además, las personas y las comunidades no pueden ser tratadas como tubos de ensayo en los cuales se van depositando modas –que también las hay en la Iglesia-, ideas en boga, prácticas de origen desconocido, carismas no suficientemente probados, etc. En este actuar que tiene en el gusto personal el criterio máximo suele haber mucho de autoritarismo y cierta egolatría. Desde el punto de vista pastoral la consecuencia que trae es la generación de círculos muy cerrados, que siempre le han traído inmensos problemas a la Iglesia, y también la discriminación sobre aquellos que tienen verdadero sentido de Iglesia universal.

Para que la disciplina en la Iglesia se conserve bien, dado que es fruto de siglos de experiencia y de un gran sentido común, conviene estar atentos a tantas personas y situaciones extrañas de la vida actual. La forma como avanza la existencia de hoy ha generado muchas personas llenas de angustias, ansiedades, desequilibrios, inseguridades y otras situaciones complejas. Y no es extraño que a estas se les dé un barniz religioso, siendo que en verdad su origen es de orden sicológico, muchas veces con graves desórdenes a la base. Y si quienes padecen tales situaciones se hacen líderes en el campo religioso o partícipes demasiado fervorosos en lo religioso, poco a poco o quizás rápidamente, harán de la disciplina eclesiástica lo que a ellos les parezca, no lo que la Iglesia ordena y desea. Y, como siempre, el perdedor será el sencillo y creyente pueblo de Dios, que camina por la vida seguro de que su Iglesia lo guía con sabiduría y prudencia. Abogamos por una disciplina eclesiástica clara, que por todos debe ser observada y por abrir bien los ojos para que nadie, supuestamente en nombre de Dios o de la Iglesia, inquiete innecesariamente a ningún bautizado.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones

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