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Esa es la pregunta más importante...

27 de marzo de 2024
Imagen:
de referencia - elespectador.com/Foto: Juan Diego Cano

Preguntado el arzobispo de Bogotá por el periodista Yamid Amat, acerca de la propuesta del presidente Petro de realizar una asamblea constituyente, el prelado respondió: “¿Para qué?” (El Tiempo, marzo 24/24, p.1.8). Sin duda que esta es la pregunta más importante ante una propuesta, hecha más o menos informalmente, que, como tantas del actual gobernante, no es fácil saber hacia dónde va y cuál su sincero propósito. 

Daría la impresión de que el presidente de la República, en vista de los muchos cuestionamientos que han recibido en el Parlamento sus proyectos de reformas, quisiera buscar otro camino que, para él, solo debe apoyarse en el pueblo (y quizás no en las actuales instituciones de la democracia colombiana).

La comunicación superabundante del Presidente de la República, Gustavo Petro, deja ver, entre otras cosas, un cierto desespero que lo lleva, varias veces en un mismo día, a proponer toda clase de ideas, muchas de ellas evidentemente irrealizables; otras contradictorias entre sí; unas cuántas con algún contenido de denuncia más bien generalizada; y otras francamente incomprensibles. Por eso mismo, cuando lanza la idea de una asamblea constituyente, el cardenal Rueda Aparicio hace bien en plantear la pregunta sobre el para qué de la misma. ¿Para cerrar el Congreso? ¿Para imponer de cualquiera manera sus ideas, aunque los representantes del pueblo, es decir los congresistas, las rechacen? ¿Para abolir toda oposición? ¿Para instaurar un nuevo modelo de Estado y sociedad, de claro cuño socialista? Mucho hay por aclarar.

Como quiera que sea esta intervención del presidente Petro, debe alertar a toda la sociedad colombiana. En realidad, está claro que hoy en día la mayor necesidad de Colombia no es escribir ni una nueva constitución ni más leyes y tampoco más normas. Lo que se percibe por todas partes es la necesidad de ejecutar acciones que lleven cada vez mayores condiciones de bienestar y desarrollo a toda la ciudadanía, y la Constitución actual no lo impide de ninguna manera. 

Para llevar servicios de salud, de educación, de protección social a la población se requiere ejecución inmediata y no más leyes ni normas. Requiere voluntad y capacidad de hacerlo. Para comunicar mejor al país hay que hacer carreteras nacionales, departamentales y municipales. Para desarrollar empresas hay que facilitar crédito y abolir tantas normas que todo lo bloquean. Colombia está urgida, hace años y por muchos más, de excelentes gerentes de gestión y no de más códigos de nada, ni páginas llenas de ideas irrealizables, cuando no destructivas de lo logrado hasta ahora.

No le conviene al país ni a su gobernante el nivel de confrontación que se ha generado. Hasta ahora es de palabras, pero puede pasar fácilmente a los hechos y eso, como bien lo anotó el padre Jesús Orjuela, puede generar una guerra civil. 

El cardenal Rueda aboga por proyectos que sean de interés común, que incluyan a todos los ciudadanos y dibujen un horizonte compartido de país. 

No está de más recordar al señor Presidente que él debe gobernar para todos y no solo para sus electores. Sería una verdadera contradicción que su accionar, teóricamente basado en la idea de cambio, termine por hacer lo que siempre se ha hecho en Colombia, pero con personas diferentes. 

Un presidente representa la unidad nacional y eso se logra proponiendo y escuchando; valorando y respetando a todos; reconociendo los propios límites y corrigiendo equivocaciones de su gobierno o de gobierno anteriores. Y se logra con un ejercicio profundo de reflexión, de serenidad de espíritu; de estudio y análisis; y rodeándose de los más capaces. Un país regido a punto de arrebatos puede deshacerse como un castillo de arena al borde el mar.

 

Fuente:
Dirección periódico digital El Catolicismo.
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