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Editorial

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Cuando la cultura no ayuda

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El Universal

Con el pretexto de los valores culturales también se causan o conservan costumbres y actitudes que para nada le sirven a las personas y a las comunidades. Al revisar muchas de las tragedias y dificultades de la vida colombiana, por desgracia su origen está en tradiciones culturales o así llamadas, en costumbres sumamente arraigadas o en modos de la vida social que no son buenos para la vida de las personas. Las corralejas, marcadas por la abundancia del licor y las actuaciones desenfrenadas, son un buen ejemplo de cómo lo llamado cultural en ciertos eventos juega tarde o temprano contra las mismas comunidades que las organizan.

Pero las realidades enmarcadas sin mucho criterio dentro de lo cultural en la vida de Colombia y que son causa de innumerables tristezas, son abundantes. Una de ellas, por ejemplo, el consumo de licor y esto desde edades cada vez más tempranas. Otra, un desprecio muy notable por las normas de cuidado, por las leyes de prevención y en general por la ley. No menos influyente es la tendencia a mirar superficialmente lo que pone en riesgo la vida humana y que continuamente expone a las personas a desgracias irreversibles, a pérdidas irrecuperables, a lesiones incurables. Hija también de una cultura muy mal entendida es la corrupción que, para unos, no es más que un modo de subsistir tan válido como el de la gente que es honrada y trabajadora. Y, así, con el pretexto de que todo hace parte de nuestra cultura, se sigue transitando por caminos muy peligrosos para la vida de la ciudadanía.

Colombia requiere, entre otros muchos cambios, una revisión profunda de lo que simplemente se suele denominar cultura y que con este título se erige como incuestionable. Sin duda hay infinidad de realidades valiosas e importantes de la cultura y las culturas que se dan en la comunidad colombiana y en el territorio. Pero, nuestro diario vivir también está oprimido en ciertas áreas por modelos culturales y de comportamiento, por modos de vida y de decidir, por opciones que realmente son destructivas, afectan a los más débiles, marginan a otras personas, etc. Bien vale la pena que se abra una amplia discusión acerca de lo que se entiende por cultura y que se dé la lucha por conservar y promover todo lo que hace crecer a las personas y a las comunidades, lo que les da identidad y sentido. Y, al mismo tiempo, empezar a romper con modelos, comportamientos, ideas, que se denominan culturales, pero que en el fondo degradan a las personas y atentan contra su dignidad.

Ya está dicho una y mil veces: el camino es la educación, no hay otro. Aunque de vez en cuando la autoridad debe dar por terminadas y prohibidas ciertas prácticas que reiteradamente perjudican a las personas. A medida que las personas se educan en todo sentido, tienen más criterio para saber lo que en realidad las beneficia y lo que no lo hace. Nadie debe sentirse ofendido porque se revisen costumbres aparentemente incuestionables. El Evangelio ofrece un buen criterio, cuando Jesús dice a la autoridad religiosa judía: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

En Colombia estamos en mora de asumir este criterio que pone en el eje de todo a la persona humana, a la cual hay que proteger, servir, apoyar, liberar. Nada debe ir contra esto por antiguo y tradicional que sea. Si no lo hacemos, no queda más que esperar la próxima tragedia y eso será siempre lamentable.

Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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