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Formación

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LITURGIA -  El traje de boda para participar en la boda del Hijo

11 de octubre de 2020
Jesús
Con las parábolas el Maestro pone en evidencia el rechazo de la dirigencia de Israel al proyecto del Reino y al Mesías enviado por Dios

En el evangelio de la misa de los domingos venimos acompañando a Jesús en su ministerio en Jerusalén los días previos a su pasión y muerte, allí, en el atrio del templo, el Maestro confronta su anuncio del Reino con las tradiciones religiosas y las autoridades del judaísmo de su tiempo; esta confrontación se viene presentando a través de una secuencia de parábolas que Jesús dirige a los sumos sacerdotes y a los miembros del sanedrín.

Con las parábolas el Maestro pone en evidencia el rechazo de la dirigencia de Israel al proyecto del Reino y al Mesías enviado por Dios; esta denuncia que hace Jesús también deja al descubierto cierta forma de religiosidad que se puede estar dando entre nosotros, cristianos del siglo XXI.

La parábola que leemos hoy (Mateo 22, 1-14) explica el proyecto del Reino con la imagen de la invitación al banquete que un rey ofrece con motivo de la boda de su hijo; se trata de la invitación a participar en la alegría festiva por la boda, no perdamos el motivo central: la boda del hijo del rey.

En la tradición bíblica la imagen de desposorios o de encuentro nupcial es muy socorrida para expresar la realidad de la alianza de Dios con su pueblo; desarrollando esta tradición, el Nuevo Testamento acude a ella para exponer la relación de Jesús con sus discípulos, así en el episodio de las bodas de Caná (Juan 2, 1-11: Jesús y sus discípulos están invitados a una boda) o en la presentación de Jesús como el novio o el esposo (véase Marcos 2, 19; Efesios 5, 25-33; 2Corintios 11, 2).

Esta imagen de la boda del hijo del rey, leída a continuación de la parábola del domingo anterior –los labradores que asesinan al hijo del propietario de la viña– nos lleva a pensar la boda del hijo como una referencia directa al misterio de la encarnación. «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo con todo hombre» afirma el concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 22).

La historia de la parábola de este domingo tiene tres partes, en la primera tenemos el doble envío de siervos para recordar a los invitados el acontecimiento festivo y la respuesta negativa; esta primera parte termina con la reacción hostil de algunos invitados. La segunda parte de la historia narrada por Jesús cuenta, en un primer momento, la reacción del rey ante el tratamiento dado a sus siervos y luego pasa a una nueva convocatoria, hasta las periferias. Estas frases nos evocan igualmente la conclusión de la parábola anterior en labios de los contradictores de Jesús: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores…».

Estas dos primeras partes nos evocan la historia que leímos el domingo pasado; en cambio la tercera parte es inédita, por ello consideramos que en ella está el mensaje central del evangelio de hoy: el rey pasa a saludar a los comensales y se fija en uno de ellos, porque no tenía el traje adecuado.

A primera vista este reparo del rey resulta exagerado, no sólo choca con nuestra percepción de un Dios misericordioso, sino que además no tendría mucha justificación expulsar a alguien que ha sido convidado en momentos apremiantes y desde su situación de estar de camino o de hallarse en las periferias. ¿Todo por un vestido? Es ilógico pretender que uno que vaya de viaje y es invitado sobre la marcha acuda a la fiesta con el traje adecuado.

Lo que la traducción del leccionario dice «traje de fiesta» el texto griego lo expresa ‘endyma gámou’, literalmente es ‘vestido de boda’. Tenemos aquí el mismo sustantivo –‘gámos’– que ha servido para presentar la historia, se trata de un banquete con motivo de la boda del Hijo. Arriba escribimos que boda (‘gámos’ en griego) ha servido a la tradición bíblica para expresar la alianza de Dios con la humanidad y también el misterio de la Encarnación; en este contexto ‘vestido de boda’ (‘endyma gámou’) lo podemos comprender como la invitación a asumir la relación con Dios desde la realidad de la encarnación del Hijo. ‘Ponernos de boda’, diría alguien.

Desde esta perspectiva vemos en el drama de quien es expulsado de la fiesta la situación de un convidado que no asume la encarnación como lugar del encuentro con Dios. Tenemos, entonces, la denuncia de Jesús a cierto tipo de religiosidad que quiere ignorar la llamada de Dios en la persona del Verbo encarnado y la reticencia a asumir en la realidad de cada ser humano el lugar de la revelación de Dios y el lugar desde donde debemos responder.

Lucir el traje de boda es asumir la realidad de la Encarnación del Hijo y en consecuencia valorar nuestra historia personal como lugar en donde se está realizando el proyecto del Reino.

El papa Francisco reiteradamente llama la atención sobre dos peligros para la fe en nuestro tiempo, un neo nosticismo y un neo pelagianismo.

El nosticismo propone una religión ‘desencarnada’, espiritualista que rehúye del encuentro con la carne viva de Cristo en los hermanos, y que reduce la experiencia religiosa a «una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero que en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos» (Evangelii gaudium, 94).

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