Empieza el tiempo de Adviento, el tiempo de la espera gozosa, paciente y confiada, tiempo que hemos de vivir en vigilancia.
Nos preparamos para celebrar la Navidad, la primera venida del Hijo de Dios, nacido de María Virgen; pero nuestra mente y nuestro corazón se centran en la espera de su segunda venida al final de los tiempos.
Como cristianos permanecemos vigilantes, esperando alegres y confiados la venida del Señor. Dos momentos históricos a partir de los cuales adquiere sentido nuestra vida cristiana.
El Evangelio de san Mateo nos ofrece el llamado discurso escatológico porque habla del final de la historia y del mundo; discurso sobre la Parusía, porque se refiere a la venida o manifestación gloriosa y definitiva del Señor; y apocalíptico porque habla de tribulaciones y cataclismos cósmicos a través de los cuales se nos revela la salvación y se proyecta la mirada hacia el futuro.
Pero, ¿cuál es la finalidad de este discurso? No es describir el futuro, sino orientar a los discípulos hacia él e invitarlos a vivirlo en vigilancia.
Lo que verdaderamente debe preocuparnos a nosotros en el hoy de nuestra historia patria es ¿cómo vivir nuestra fe en Dios aquí y ahora, es decir, en el que es el tiempo de la Iglesia? De modo que la venida de Jesús al final de los tiempos se convierta en el horizonte de la vida diaria de los cristianos. Que vivamos atentos a los signos de los tiempos actuales, en tensión de espera activa y comprometida.
“Estad en vela, estad despiertos, vigilad, vivid con lucidez, madurando todos los días, haciendo camino en esperanza y despertando esperanza arraigada en Cristo”, es la recomendación que nos hace el Señor Jesús. Una actitud que nada tiene que ver con indagar por simple curiosidad sobre el cómo y el cuándo ha de suceder la venida del Hijo el Hombre, pero tampoco con un esperar pasivo e irresponsable.
Esta espera tiene mucho que ver con el modo de vida de los cristianos: un vivir con lucidez, con hondura, haciendo camino comprometido con el Reino de Dios, sin mediocridad y en ningún momento como sujetos pasivos de la historia. La esperanza no puede confundirse con la pasividad; confiar en Dios no es una invitación a dormir, es decir, a no obrar, a no actuar.
Si el Señor vino a traer fuego a la tierra y quiere que arda, no podemos vivir una religión apagada, pusilánime. ÉL nos quiere vigilantes y despiertos.
Nos quiere activos, creativos, cumpliendo todos nuestros deberes para con Dios y con su proyecto de una humanidad nueva, dentro del cual está, sin duda alguna, el de una Colombia hoy sedienta de fraternidad, de verdad y de paz,
y por tanto, de Dios. Colombianos con conciencia de humanidad, y no deshumanizados tal como vivimos en los días que corren.
Padre Carlos Marín G.
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