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Bogotá

#217016

Teófilo Tobar, hermano, amigo, formador

29 de julio de 2020
Monseñor Teófilo Tobar
Imagen:
FAMIG
Monseñor Teófilo, que tantas veces nos bendijo, necesita hoy nuestra oración. Roguemos por su pronta recuperación

La revista Fraternidad publicó hace poco un perfil de monseñor Tobar, que hoy reproducimos, al tiempo que los invitamos a pedir al Señor de la vida, por su salud.

Monseñor Teófilo ha vivido las experiencias más ricas que puede tener un presbítero: ha sido párroco, maestro, director del FAMIG, formó parte de la Unión Parroquial del Sur, estudió y vivió en París, bebió en las fuentes del Concilio Vaticano II, hace parte de la Comisión de la Formación Permanente del Clero, fue Vicario Episcopal de San Pedro y de la Inmaculada Concepción.

Monseñor Teófilo nació en Guatavita, en marzo de 1931, sus padres, Benito y Josefa, se trasladaron a Bogotá cuando monseñor Tobar era muy niño, y su entrada al seminario se demoró por ser muy joven. Sin embargo, al terminar sus estudios de Filosofía y Teología, el señor cardenal Crisanto Luque lo ordenó en el año 1957, en febrero. Así que tiene 63 años de ser presbítero.

Monseñor Teófilo es un hombre feliz, siempre recibe con los brazos abiertos y una gran sonrisa, así no sepa quién lo saluda. Es que mucha gente lo quiere, ya porque lo conoció en alguna parroquia, en el FAMIG, son sus vecinos o fueron alumnos.

Tiene fama de gran confesor, como lo atestiguan sus parroquianos de Santo Domingo Savio, su última parroquia, tal vez porque siendo un hombre culto y muy preparado, no ha dejado de ser cálido y sencillo, es una persona que inspira confianza.

Su vida presbiteral podría ser inspiración para escribir un tramo de la historia arquidiocesana, pues vivió uno de los momentos más recordados, como fue la atención pastoral de las parroquias nacientes en sur de Bogotá, conocida como la Unión Parroquial del Sur, hecho que marcó el rumbo pastoral de la Bogotá de los años 50 y 60.

Estos padres vivieron juntos y estuvieron hombro a hombro con sus fieles en la construcción de una nueva ciudad. De allí nacieron varias parroquias de las que hoy se han desprendido casi la totalidad de las nuevas –y no tanto- de las Vicarías de San José, Espíritu Santo, Santa Isabel de Hungría y San Pablo.

Como espíritu libre que se respete, su vida y sus actitudes no fueron bien entendidas algunas veces, su compromiso social y sus innovaciones educativas, por solo hacer referencia a dos de las muchas actividades de su amplia trayectoria, lo llevaron a hacer un alto en la arquidiócesis y viajar; incluso tuvo su parroquia en París, ¿qué más pedir?. Pero su corazón y su responsabilidad lo devolvieron a Bogotá.

Su sensibilidad social hacía falta y el cardenal Pedro Rubiano le entregó el FAMIG. Con la hermanas escalabrinianas logró consolidar la atención a los migrantes internos, dentro de uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia, fueron más de cuatro millones de desplazados, por lo menos uno llegó a Bogotá y muchos de ellos encontraron la ayuda oportuna, la mano generosa o hombro para llorar y encontrar consuelo.

Ahora, como presbítero emérito, hace parte de la Comisión Permanente para Formación del Clero y su ejemplo, sabiduría, su experiencia, anécdotas y hasta su sentido del humor hacen parte fundamental de las reuniones y acciones de esta comisión.

 

Fuente:
Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
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