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Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

25 de Marzo 2016
 Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones - OAC
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Durante mucho tiempo en la mentalidad del católico se ha visto este día, el segundo del triduo pascual, como un momento tenue, de luto, de tristeza y dolor, la misma forma en que disponemos nuestros templos lo ratifican y acrecienta la visión del día grisáceo de pasión

Pasión de Nuestro Señor

Homilía del Señor Cardenal

 

Aún hoy se ve en muchas comunidades la asistencia a la liturgia del viernes con luto y un sentimiento de muerte -sin esperanza-, siendo quizás el día con mayor asistencia en la semana santa, ríos y ríos de personas se ven este día, pero siempre con ese sentimiento de sobriedad en torno a la muerte, que pareciera fuera la expresión externa de la realidad del hombre, olvidando el verdadero, o desconociendo el valor del viernes de pasión, primer día de “feria VI in pasione domini”.

 

La Pascua de Cristo crucificado, como la denominó San Agustín, es el primer día del triduo pascual, y allí es donde nace el acento de esta solemnidad: en la Pascua, el paso de la muerte a la vida.

 

Este día no es de luto o tristeza, es un momento en el que la comunidad cristiana se consagra a la meditación adorante de la cruz de Cristo, fuente de donde brota nuestra salvación.

 

El día está marcado por el ayuno, desde el siglo II, como iniciación a la Pascua, siendo el único día alitúrgico (es decir, no hay eucaristía) sacramentalmente. Toda la celebración gira en torno al misterio de la cruz, en la pasión y la oración por la Iglesia universal, marcado todo el rito litúrgico por el color rojo, que nos recuerda el martirio, como fuente de santidad, de fuerza del espíritu y de calor en medio del frío de la vida.

 

El viernes y la adoración de la cruz nos pone en la dinámica de la esperanza, del triunfo, de la promesa hecha realidad de parte de Dios para quienes son fieles a su palabra.

 

Podríamos llamar este día, “el día de la pedagogía de la cruz”; frente a la desesperanza, el dolor, la corrupción, los abusos, las lágrimas, la humanidad anquilosada, allí en la cruz, Jesús nos enseña que solo la confianza en Dios -en medio de estas realidades oscuras y aniquiladoras, que nos desangran y nos lleva momentáneamente a la tristeza-, también podemos elevar nuestro espíritu y entregarnos totalmente a él, volviendo a nuestro estado original: la vida, y la vida eterna.

 

La cruz por tanto se transforma de escándalo, de castigo, de aniquilación en trono de vida, en donde el hombre entregado totalmente a Dios supera todo aquello que le impide descubrir y vivir según su identidad de hijo, de hombre libre, de ser espiritual.

 

En la cruz se nos enseña que no hay dolor humano, que no existe ninguna realidad que pueda destruir la obra de Dios: el hombre; que cuando somos capaces de rescatar nuestra verdadera identidad, el sufrimiento, que es parte de la vida humana, no nos puede apartar del paraíso, de la vida, y que asumir cada realidad de dolor y tristeza a la luz del evangelio, descubriremos que no son más que obstáculos momentáneos que nos pueden apartar de la luz que cada día se enciende para llevarnos a la vida y el amor de Dios.

 

Adorar la cruz y vivir la pasión de Cristo en la pedagogía del viacrucis, es mirar una radiografía de nuestra propia vida, la cual se ha de vivir con esperanza activa, con la fuerza del espíritu de Dios, que cada día nos devuelve la vida. Ver a Jesús, es ver el reflejo de cada ser humano que solo en Dios pone su esperanza y ello le lleva a triunfar y vencer la tentación del facilismo, del desánimo, de la renuncia, para caer en la sombra de la misma vida. Al triunfar Jesús, la humanidad, pedagógicamente aprende que solo en Dios se alcanza la vida, y que por muy dura que sea la cruz la vida está a la puerta y que optar por ella es vencer totalmente el sepulcro al cual se nos quiere llevar; donde hay esperanza no cabe la oscuridad,  aunque nos rodee, la luz es más que la oscuridad y la cruz nos enseña que superado el dolor solo habrá vida. La cruz es pues  el puente que nos conduce, así, del ayer al hoy de la resurrección, de la vida, de la felicidad.

   

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: OAC

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