Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Febrero 28
Nuestra vida no depende del pecado sino de la misericordia de Dios

26 de Febrero 2016
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Febrero 28 Nuestra vida no depende del pecado sino de la misericordia de Dios

Cuando la Iglesia se acerca al meridiano de la Cuaresma, la colecta de la misa de este domingo pide de Dios la gracia de continuar empleando eficazmente las herramientas del cristiano para el trabajo de estas semanas –el ayuno, la oración y la limosna– a fin de que el discípulo de Jesús participe de la misericordia divina y se vea liberado del peso del pecado.

Por su parte, los textos de la Escritura con los que se celebra la misa de hoy se pueden mirar en su conjunto desde este tema de la liberación para obrar el bien.

El conocido episodio de la zarza que ardía sin consumirse, primer texto de la liturgia de la palabra (Éxodo 3, 1-8a. 13-15), se inicia revelando que Dios ve y oye: ve la situación de aflicción del pueblo y oye las quejas por los maltratos; luego pasa a decir que Dios no es impasible sino que se involucra y actúa en favor del pueblo realizando la liberación: «Me he dado cuenta de sus sufrimientos. Por eso bajaré a liberarlos».

El texto del apóstol San Pablo de la segunda lectura (1 Corintios 10, 1-6.10-12) trae al presente esa experiencia de liberación obrada por Dios y a partir de este recuerdo pasa denunciar una idea mágica que se pudiera tener sobre los sacramentos. Probablemente en la comunidad de Corinto algunos pensaban que los ritos del bautismo y de la Eucaristía garantizan inmunidad a quienes lo reciben.

Lo ocurrido con la generación de hombres y mujeres que fueron liberados de Egipto pero que en su proceder no asumieron la libertad para agradar con sus actos a Dios y por ello precisamente no llegaron a participar de la promesa de la tierra es ejemplo para los cristianos. El fracaso de aquellas vidas muestran que no es suficiente con participar de unos ritos o ceremonias en la Iglesia, es necesario recibir y apersonarse de la gracia que Dios hace acontecimiento a través de la liturgia de la Iglesia.

Como es la intención del leccionario de los domingos de Cuaresma, las dos lecturas anteriores buscan ambientar en la asamblea la recepción del evangelio. La revelación de Dios liberando y la necesidad de la participación activa del hombre acogiendo y poniendo por obra la gracia son los criterios creados por los textos para leer el evangelio de la misa de hoy (Lucas 13, 1-9).

El texto del evangelio presenta dos partes, en la primera hay una especie de confrontación entre dos maneras de comprender el desarrollo de la historia de las personas, en la segunda Jesús propone una parábola que viene a reforzar la enseñanza de la primera parte.

El episodio del evangelio de este domingo se inicia planteando dos concepciones sobre el presente del ser humano. Jesús está exponiendo su misión, que no deja de ser revolucionaria, cuando algunos tratan de ponerla en entredicho y para ello refieren el acontecimiento de lo que pudo haber sido una masacre en el recinto del templo: el ejército romano provocó la muerte de unos galileos, «de manera que se mezcló su sangre con la de los animales que sacrificaban». Jesús también aporta una escena similar, una tragedia que terminó cobrándose la vida de otras personas en Jerusalén.

La denuncia de Jesús frente a estas dos desdichas deja en evidencia un pensamiento fatalista: la vida de quienes hallaron tan trágico final es consecuencia de una carga de pecados. El Maestro propone estos hechos como una llamada para que dejando de fijar la atención en el mal de los demás, los oyentes reconozcan allí un llamado a tomar consciencia de la responsabilidad personal y a partir de ello emprender un camino de conversión.

Jesús invita a sus discípulos a salir de aquella especie de fatalismo que explica la vida del ser humano más dependiendo del mal que de la misericordia de Dios, este  mensaje se hace más evidente en la parábola de la segunda parte. La historia referida tiene su punto crítico en la osada intervención del empleado que controvierte el deseo del propietario, intervención que no es mero deseo sino la intención de obrar en concreto: «yo remuevo la tierra y le echo abono».

Se reconoce en esta intervención del empleado de la viña la acción de Jesucristo en favor de los hombres para sacarlos de la comodidad e inmovilismo y brindarles el alimento para ser fecundos. En el camino de la Cuaresma hacia la Pascua este texto invita a buscar una relación sincera con Dios no porque Él se venga del pecador sino porque sin Él no es posible la vida.

 

 

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