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Mujeres de la Biblia (3)           

Les presento a Agar

27 de Junio 2014
 Mario Madrid-Malo Garizabal
Les presento a Agar

En La esclavitud en el cristianismo temprano escribe  Jennifer A. Clancy que el régimen esclavista fue "una institución básica en el mundo antiguo, desde cientos o miles de años antes de Cristo",  y que "apenas se extinguió en el mundo a comienzos del siglo XX, más allá de que siga existiendo clandestinamente, o de que algunas relaciones de explotación que se dan a comienzos del siglo XXI se le asemejen".

En las sociedades donde hay esclavos ellos no son vistos como personas, sino como cosas muebles de propiedad de quien los ha adquirido. El propietario de un esclavo —aunque nos parezca espantoso e increíble— puede hacer con él cuanto quiera: venderlo, arrendarlo, darlo en permuta, prostituirlo, violarlo, marcar su carne con yerro candente, torturarlo, mutilarlo, encadenarlo, encerrarlo en lugar insalubre, privarlo de alimentación, abandonarlo por viejo o por enfermo, e incluso darle muerte.

 

Abraham y su familia vivieron en una sociedad que no condenaba la esclavitud. Al relatar la historia de Sara vimos que cuando el patriarca todavía se llamaba Abram, antes de su pacto con Dios, salió de Egipto con muchos esclavos regalados por el faraón. Probablemente uno de ellos era la ya mencionada Agar o Hagar,  el personaje que les presentaré a continuación.

 

La historia de esta mujer se cuenta en los capítulos 16 y 21 del Libro del Génesis.

 

Por iniciativa de la infecunda Sarai —como también se vio antes— Abram se unió a la esclava Agar, sirvienta de su cónyuge. (No olvidemos que en aquellos lejanos tiempos, antes de la restauración cristiana del matrimonio, los hombres ricos del oriente medio solían tener una esposa y varias concubinas, y aun  ser maridos de un número plural de esposas).

 

Cuando la sierva se dio cuenta de que estaba embarazada adoptó hacia su dueña una actitud que ésta quiso interpretar como desdeñosa. Y entonces el ama dijo a su esposo:

 

"—¡Tú tienes la culpa de que Agar me desprecie! Yo misma te la dí por mujer, y ahora que va a tener un hijo  tuyo se cree más que yo. ¡Que Yahvé diga quién tiene la culpa, si tú o yo!" (Génesis 16, 5).

 

Abram, que no deseaba conflictos femeninos en sus tiendas, le contestó, con el ánimo de serenarla:

 

"—Mira, tu esclava está en tus manos. Haz con ella lo que bien te pareciere" (Génesis 16, 6).

 

Alentada por las palabras de su marido,  Sarai dio tan pésimo trato a la preñada Agar que ésta, muy afligida, huyó del campamento de Abram para internarse en el desierto. Sentada estaba la fugitiva junto a un manantial del camino que por el sur conducía a su natal Egipto, entre Cadés y Beret, cuando  Yahvé se le apareció, preguntándole:

 

—"Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes y a dónde vas?" (Génesis 16, 8).

 

Ella le respondió:

 

"—Estoy huyendo de Sarai,  mi señora" (Génesis 16, 8).

 

Y Él le dijo:

 

"—Regresa al lado de tu dueña y obedécela en todo. Aumentaré tanto tus descendientes que nadie los podrá contar. Estás encinta y tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Ismael (en hebreo Yahvé escucha), porque el  Señor escuchó tu aflicción. Será arisco como un onagro [asno salvaje]; luchará contra todos, y todos lucharán contra él. Pero él afirmará su campamento aunque sus hermanos se opongan" (Génesis 9-12).

 

Los exégetas de la Biblia comentan que con las anteriores palabras Dios señaló que Ismael llevaría el estilo de vida propio de los habitantes de las regiones desérticas de la zona meridional del país de Canaán.

 

Tras haber recibido el mensaje divino Agar llamó al Señor con el nombre hebreo de Atta el roi,   El Rof o El Roí (en hebreo Dios de la visión o El Dios que me ve) y volvió a la morada de Abram y Sarai. Meses después dio un hijo al patriarca, que en ese tiempo ya tenía 86 años, y  ese niño fue llamado con el nombre impuesto por Atta el roi.

 

Pasaron los años. Tal  como Dios mismo lo había anunciado, Abraham y Sara, ya muy viejos ambos, tuvieron un hijo que se  llamó Isaac.  El día en que destetaron al infante hizo el padre una gran fiesta para sus familiares  y amigos. Pero en medio del festejo Sara observó que Ismael, el hijo de Agar, hacía burla del pequeño con bromas indecorosas, y llena de cólera fue a decirle a su marido:

 

"—¡Echa a esa esclava y a su hijo! Mi hijo Isaac no tiene por qué compartir su herencia con el hijo de una sierva!" (Génesis 21, 10).

 

Los biblistas explican que entre las gentes de la raza  de Abraham era costumbre dar a los hijos de las concubinas una parte de la herencia paterna, de modo que Ismael podía heredar junto con Isaac.

 

 La exigencia de Sara causó mucho sufrimiento a Abraham, pero Dios le dijo:

 

"—No te afanes por el muchacho ni por tu esclava. Haz todo lo que Sara te pida, porque tu descendencia se establecerá por medio de Isaac. En cuanto al hijo de la esclava, yo haré que también de él salga una gran nación, porque es hijo tuyo" (Génesis 21, 12-13).

 

Confortado por el dicho del Señor, a la mañana siguiente, muy temprano, Abraham tomó un pan y un recipiente de cuero con agua, puso ambos sobre la espalda de Agar, le entregó a Ismael y la despidió.

 

La sierva y su hijo estuvieron caminando de un lado a otro, sin rumbo, por el desierto que más tarde se llamó de Beerseba (o Bersheba), al sur de la futura Palestina. Cuando el agua se agotó, Agar dejó al niño a la sombra de un arbusto y, no queriendo verlo morir, fue a sentarse  a unos pasos de él,  a la distancia de un tiro de flecha.  en lágrimas. Entonces  Ismael  comenzó a llorar.

 

Y sucedió que Yahvé, al oír aquel llanto, habló a la desalentada madre, diciéndole:

 

"—¿Qué te pasa, Agar? No tengas miedo, porque Dios ha oído la voz del muchacho ahí donde está. Anda, levántate, ve a buscar al niño y no dejes que se suelte de tu mano, pues yo haré que de él salga una gran nación" (Génesis 21,17-18).

 

Y Dios abrió los ojos de Agar, cubiertos de arena y lágrimas, para que viera una fuente —quizá la de un oasis— donde pudo dar de beber a Ismael y llenar su botija.

 

De allí en adelante Yahvé puso bajo su cuidado al hijo de Abraham y Agar, que vivió en el desierto de Parán (o Farán), entre Canaán y Egipto, se hizo diestro en el manejo del arco, descolló como gran cazador y contrajo matrimonio con una egipcia: una muchacha escogida por su progenitora.

 

En el Nuevo Testamento, en los versículos 21 a 31 del capítulo  4° de la Epístola  a la comunidad de Galacia, san Pablo presentó   a Agar como símbolo de la antigua alianza, la del monte Sinaí, viendo en ella a la madre cuyos hijos no son libres por vivir bajo la esclavitud de la ley. Con esto, afirman los intérpretes de la Sagrada Escritura, el apóstol buscaba impugnar la doctrina equivocada de los judaizantes, cristianos heterodoxos del siglo I que asociaban la salvación a factores raciales y rituales.

 

Ismael fue la raíz del pueblo ismaelita, a cuyos integrantes   se identificó en varios pasajes veterotestamentarios como moradores del desierto que vivían de la cría de ganados, el saqueo de las tierras de sus enemigos y el tráfico de esclavos. A los hombres de este pueblo se les denominó también agarenos, denominación, ahora en desuso, que en otra época  recayó sobre todos los  musulmanes.

 

Entre los artistas  que han incluido  a Agar en sus pinturas, grabados y dibujos mencionaré a Barbieri, Bartsius, da Cortona, de Lorena, Der Werff, Doré, Fabritius, Gracián, Lastman, Maes, Mirou, Mostaert, Navez, Poussin, Rembrandt, Rubens,  Stomer, Tiepolo, Tissot, van Dyck y Verhaghen.

 

 

 

 

 

Fuente: Mario Madrid-Malo Garizabal

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