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Una lectura teológica de la unidad y la comunión en el ámbito económico actual 

La experiencia de la comunidad y la colecta, y la transición conceptual de lo mío a lo nuestro en el marco de la economía

11 de Noviembre 2015
 German Enrique Calixto Diaz - Teólogo
La experiencia de la comunidad y la colecta, y la transición conceptual de lo mío a lo nuestro en el marco de la economía

Continuamos con la segunda parte de este interesante reflexión: una lectura teológica de la unidad y la comunión a la luz de Hch 2,42-47 y 2 Cor8,1-15 en el ámbito económico actual; la cual se presentó en el foro arquidiocesano "Unidos por la Casa Común" que se realizó en la arquidiócesis de Bogotá.

Ver la primera parte en el siguiente link: 

http://elcatolicismo.com.co/es/noticias/5389-una-lectura-teologica-de-la-unidad-y-la-comunion-en-el-ambito-economico-actual-.html

Los compromisos que generan las respuestas de la comunidad, son compromisos discipulares y misioneros, de oyentes obedientes a la Palabra, donde asiduamente acuden a la oración, a la fracción del pan y al compartir fraterno, ejecutando de este modo una metodología que se orienta a descubrir la realidad sobre la que se actúa, diagnosticándola con la ayuda del Espíritu Santo y las ciencias humanas y fundamentalmente a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, para transformarla según el plan liberador de Dios.

Las acciones que surgen a partir de la aplicación metódica de las experiencias de la comunidad y la colecta, frente a los hechos problemáticos del nuevo orden mundial y su política neoliberal, confrontan las “esperanzas” de la trinidad del mercado,  que se apoya en la ONU, el FMI y el BM, y busca convertir al sujeto humano en un ser economicista, moldeable por las dinámicas del mercado.

Estas acciones buscan mostrar, que otro mundo es posible, que el capital no es Dios y que hay maneras para, sino es llegar a la igualdad plena, si al equilibrio social de manera acorde con los principios fundamentales del hombre, el cual por naturaleza es social y que lleva en sí la marca de Dios, inclinándolo hacia el bienestar común en el hecho patente de la ayuda mutua, de sobrellevar las cargas.

Por tanto, estas acciones surgen a partir del desarrollo de la globalización de la solidaridad, humanizando la solidaridad por medio de parámetros éticos que irrumpen en el anuncio del Reino de Dios y que por consecuencia generan en la economía el ideal igualitario, propiciando por tanto, una economía solidaria y unas alternativas frente a la economía capitalista mundial.

La globalización de la solidaridad, partiendo de las  iniciativas de cooperación en el contexto de una superación de la economía de mercado, colabora a dilatar la presencia del Reino de Dios, ya desde ahora, promoviendo una cultura basada en la justicia, el amor y la paz, cimentada en la experiencia de la fraternidad solidaria en donde se experimenta el hecho de que, la multitud de creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. 

Esta globalización de la solidaridad se desarrolla a partir de la interacción de las individualidades, buscando servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo.  Este aspecto de servir al prójimo en todas sus necesidades tiene su substrato en la experiencia del compartir de mesa, la cual es la experiencia socio-económica más básica de la comunidad cristiana.

En esta experiencia se rigen relaciones de identidad, de fraternidad y de solidaridad, donde se expresa acogida, reciprocidad generalizada, igualdad y perdón, frutos éstos de un compartir de mesa como estrategia para edificar una comunidad sobre valores radicalmente alternativos. La aceptación del Reino se traduce necesariamente en hospitalidad y apertura de la propia mesa. El Reino de Dios es compartir la mesa de donde se pasa de un sistema de pureza al principio de la misericordia.

A través de este principio, los integrantes de la comunidad pueden vencer el hambre, logrando hacer tangible la solidaridad, como fruto fraterno de la identidad y del reconocimiento mutuo que hay entre los integrantes por lo cual, se sirven todos mutuamente y rechazan de esa manera el sistema económico vigente que no les brinda esas posibilidades de solidaridad y menos aún idénticas condiciones de fraternidad.

Este modelo socio-económico de misericordia, que permite que todos se sientan como hermanos, venciendo los prejuicios y discriminaciones y liberándose de numerosas enfermedades, genera comunidades de resistencia, comunidades de esperanza, de hombres y mujeres libres y no coaccionados. Esta dinámica económica en medio de las comunidades, discrepa del modelo socio-económico  que se impone y en donde se clasifica a la gente en pocos ricos cada vez más ricos y muchos pobres cada vez más pobres. 

Teniendo en cuenta estos elementos, es claro que el designio divino frente a la vocación humana, es su índole comunitaria, su carácter solidario pues Dios que es comunidad Trinitaria, que mira por todos, con paternal cuidado, ha querido que toda la humanidad formara una sola familia y los hombres se trataran unos a otros con ánimo de hermanos.

El trato de hermandad, el trato de fraternidad solidaria, no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. 

Esta determinación se ve enriquecida por una humanización en solidaridad la cual posee tres elementos teóricos éticos que son, la identidad solidaria del individuo, construida sobre la base trinitaria y teniendo como punto de partida la encarnación solidaria; la ética del comunitarismo, en donde los conceptos de felicidad y bienestar, propios de una ética de lo bueno, son resumidos y contrapuestos conscientemente a una ética de lo justo; la ética de la koinonía, como el contexto en que el cristiano actúa. Este contexto viene determinado por una nueva manera de ser persona, que Jesús primero puso en práctica y que se caracteriza por el hecho de que la persona se gana a sí misma mediante la entrega a los otros.   

La solidaridad como actitud básica, impide instrumentalizar al otro porque el otro es reflejo de Dios. Esto conlleva a la paz, y para que sea verdadera, exige la dinámica de la justicia, favoreciendo la convivencia y la construcción de la nueva sociedad, de la implantación del Reino, del desarrollo de la Civilización del Amor.

La solidaridad también se entiende como el hecho de que Dios Padre  lleva sobre sus hombros, en la persona de Jesús, la fragilidad de la humanidad caída, esto quiere decir, que si uno quiere entrar en ese ritmo del mismo Dios, si quiere ser solidario, tiene que echarse encima el problema ajeno, como si fuera propio, el pecado del otro, como si lo hubiese cometido.

El ejercicio de la solidaridad significa el reconocimiento del “otro” como persona humana, esto impide instrumentalizar al otro porque en el otro se le reconoce la misma dignidad de hijo de Dios. Esto conlleva a determinar que, la caridad es la fuente inspiradora de la solidaridad la cual llega a ser un nuevo criterio hermenéutico mediante el cual la lectura de los acontecimientos tendrá una connotación distinta.  Reconocer al otro en la comunidad parte desde el reconocimiento propio por la comunidad, pues la comunidad da identidad. La conciencia que tiene la comunidad cristiana de la solidaridad, muestra la necesidad de asumir la responsabilidad frente a lo humano, pues hay reconocimiento de la igual dignidad de todo ser humano.

La comunidad es consciente de que la señal clara de la falta de solidaridad consiste en la mayor presencia de empobrecidos, descubriendo a través de ellos, necesidades básicas no satisfechas, pero no se queda sólo en el descubrir, sino que además se empeña de manera creativa en mejorar las condiciones de cada uno de los hermanos.

Mejorar estas condiciones es buscar, analizar y proponer medidas concretas para superar las difíciles circunstancias de vida que aquejan a muchos miembros de la comunidad. Ser solidario con las necesidades del otro, significa para la comunidad, ayudar al otro que es hermano a que pueda hacerse cargo de su vida, mejorando sus condiciones de vida bio-psico-sociales.

La ética de la solidaridad en la comunidad tiene una visión clara de inclusión de los excluidos y marginados de la sociedad, para conducir a un proyecto de desarrollo, dando respuestas y satisfaciendo las necesidades del otro. Para los integrantes de la comunidad es claro que el primer criterio del desarrollo de la comunidad es la solidaridad como camino de realización individual y social. En la comunidad, la experiencia fraterna de la solidaridad  le asegura a ella un crecimiento común y equitativo donde todos los miembros de la misma están invitados a sentirse protagonistas del destino de la comunidad.

El proyecto de la comunidad no se inicia si no hay primero un cambio en la forma de pensar que, conlleva un cambio en las relaciones sociales, en el estilo de vida y en el desarrollo de un nuevo horizonte no individualista sino comunitario. Este horizonte se construye, sobre el sentir como propio, los problemas y necesidades del otro generando una conducta concreta del compartir, lo cual significa organizarse frente a los problemas para poder encontrar soluciones duraderas y estables donde las decisiones que se toman son asumidas por todos y afectan a todos.

El discurso evangelizador de la comunidad  no tiene consistencia, si no se fundamenta en la solidaridad misma que es propiamente, la conversión cristiana. La cultura de la solidaridad en la comunidad cristiana interesa no solo a los cristianos, sino a todo hombre como tal, por este hecho, el globalizar la solidaridad, tiene una grave obligación moral por parte de todas las personas.

Promover una cultura globalizada de la solidaridad que parte del Evangelio, significa servir a cada persona humana, en el reconocimiento permanente de su dignidad y sus derechos, afirmándola en toda circunstancia como el sujeto, fundamento y fin de todos los procesos sociales y de todas las estructuras, desde el ámbito más pequeño o modesto, hasta el ámbito más complejo e internacional de los centros modernos del poder económico o político.

El hecho solidario, como actitud de fondo implica, sentir la pobreza ajena como propia, hacer carne de uno mismo la miseria de los marginados y, a vista de ello, actuar con rigurosa coherencia, pues, fruto de la colaboración y de la solidaridad entre todos los miembros de la sociedad depende el presente y futuro de las nuevas generaciones y esto, parte desde la experiencia comunitaria, desde la experiencia del anuncio del Reino de Dios, desde la experiencia en donde todo lo tenían en común y a nadie les faltaba nada.

En el anuncio del Reino, la pobreza resulta con frecuencia como fruto de la deshumanización y de la intolerancia y muy poco propicia para fecundar virtudes morales. La pobreza es vista como un mal, como algo que causa sufrimiento y se opone al plan de Dios, como producto de la injusticia, de la violencia y expresión de la falta de fraternidad.

Cuando el Reino de Dios aparece en la conciencia humana, el poseer es sustituido por el don, y lo que importa ya no son los tesoros en la tierra, sino el tesoro en el cielo. El Reino de Dios, como irrupción del amor gratuito y desbordante de Dios, sustituye la lógica de la fuerza y del propio interés por la lógica del don y del amor desinteresado.

El nuevo campo de batalla del cambio social está en la economía y para transformar la sociedad hay que introducirse en la esfera económica, evangelizando la economía desde la frontera de la increencia, teniendo en cuenta que el mundo rinde culto idolátrico hacia el dinero y el capital, desarrollando por tanto la más radical negación de Dios y en consecuencia, del hombre, pues al negar al creador se ésta negando la criatura.

Esta evangelización de frontera busca por tanto, humanizar la conciencia económica del hombre, para construir un nuevo orden económico internacional amparado bajo los derechos humanos que son a la vez, eco de la ley divina de Dios.

La evangelización de frontera es un proceso progresivo compuesto de tres escaños: 1) el conocimiento de la realidad a modificar, ejecutado en el escuchar y en el contemplar la realidad contextual, con una fija y serena mirada para iluminar con el Evangelio la cultura y de éste modo, construir el entramado social; 2) la asimilación de una estrategia, teniendo en cuenta la obediencia a la real y transparente voluntad de Dios en el hombre a partir de un discernimiento claro de sus inclinaciones para descubrir en las transformaciones humanas los signos del Espíritu y de éste modo, ser fermento y alma de la sociedad y por último, 3) la inmersión en la acción transformadora, sustentada en la acción liberadora de la escucha de la Palabra, para redescubrir y mostrar la dignidad inviolable del ser humano, comprometiéndose en su promoción y denunciado los procesos y acciones deshumanizadoras y excluyentes, que genera la dinámica del mercado y la sed insaciable por el acaparamiento de bienes, sustentado en el imaginario de bienes ilimitados que se proyectan y se defienden en las grandes multinacionales.

La evangelización de la economía se fundamenta en mantener como centro a la persona, para servirla y no para servirse de ella, buscando la satisfacción de sus necesidades y las de su vida comunitaria de forma rentable y sostenible, propiciando actividades de acompañamiento financiero que enaltezcan la dignidad humana y no la mancillen.

La comunidad es el lugar propio de la economía, la cual puede adquirir el carácter de salvación o de perdición dependiendo de la contribución de los miembros de ella, a la trasformación social desde el aspecto del trabajo, de la oferta/demanda y del ahorro/inversión. 

La situación de la solidaridad comunitaria, como fruto fraterno de la identidad de la misma hace, tanto como del proceso de producción así como del proceso de distribución, un ejercicio del compartir generoso, reafirmando los lazos de amistad de generación en generación, planteando un paradigma opuesto al paradigma de la economía competitiva basada en el modelo individualista y egocentrista del mercado.

A través de la economía solidaria que parte de la experiencia de responsabilidad común, se eleva el nivel del desarrollo de la persona y el mejoramiento de su calidad de vida, logrando por tanto la eficacia plena de la economía en donde se invierte en la cotidianidad de la gente, en búsqueda del sentido social de la economía, desde la economía familiar, que se ejecuta y se dinamiza en el compartir de mesa en donde todos sentados alrededor de ella son iguales.

Esta igualdad doméstica que es la cimiente de formación de los nuevos actores económicos, sustentada en los criterios de la equidad y la justicia, mejora las relaciones humanas, tornándolas responsables frente al consumo económico, sin perder de vista el respeto por la persona humana y los bienes de la naturaleza, especialmente aquellos no renovables. 

La economía solidaria como elemento del desarrollo integral humano, sujeta a la responsabilidad frente al consumo, advierte concretamente, la importancia de superar la cultura individualista no solo, elevando a todos los pueblos al nivel que gozan hoy los países más ricos, sino de fundar sobre el trabajo solidario unavida más digna, hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento.

La economía solidaria, se fundamenta en relaciones de colaboración solidaria, inspiradas en nuevos valores culturales que, sitúan al ser humano como sujeto y finalidad de la actividad económica, en vez de la acumulación del capital.

Esta vivencia de la economía, en sus diversas formas, es un proyecto de desarrollo destinado a promover a las personas y las colectividades como sujetos de los medios, recursos y herramientas de la producción y la distribución de las riquezas, buscando la suficiencia como respuesta a las necesidades y el desarrollo genuinamente sustentable. El valor central de la Economía Solidaria es el trabajo, el saber y la creatividad de lo humano y no el capital ni su propiedad.

Por último, la economía solidaria es, además, un instrumento poderoso para combatir la exclusión social, ya que presenta alternativas viables para generar trabajo e ingresos, mostrando así, que se puede organizar la producción y la reproducción de la sociedad, de manera que se eliminen las desigualdades materiales y se difundan los valores de la solidaridad humana.

Quiero terminar esta reflexión con un texto de la Encíclica Laudate Si del papa Francisco en los numerales 157 y 158.

“El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. Entre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad. Finalmente, el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad –y en ella, de manera especial el Estado– tiene la obligación de defender y promover el bien común. En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres. Esta opción implica sacar las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra, pero, como he intentado expresar en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium n°123, exige contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre a la luz de las más hondas convicciones creyentes. Basta mirar la realidad para entender que esta opción hoy es una exigencia ética fundamental para la realización efectiva del bien común”.

 

 

Fuente: Foro arquidiocesano "Unidos por la Casa Común"

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