Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Noviembre1
La victoria pascual de Jesucristo en muchos rostros humanos

30 de Octubre 2015
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Noviembre1La victoria pascual de Jesucristo en muchos rostros humanos

La celebración anual del misterio de Jesucristo quedaría incompleta sin la celebración de los santos, en ellos la Iglesia nos invita a contemplar la multiforme gracia de Dios que ha llevado a la plenitud de vida a «una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas», como escuchamos en la primera lectura de la Misa de este día (Apocalipsis 7, 2-4.9-14). En esta multitud de santos reconocemos «la victoria de nuestro Dios», el triunfo del Cordero que, degollado, permanece vivo: Jesucristo.

En los primeros siglos de historia de la Iglesia, cuando los discípulos de Jesús eran perseguidos por vivir de acuerdo con el Evangelio y los perseguidores del camino de Jesús mataban a algunos de ellos, los cristianos empezaron a venerar a estos testigos de la fe, generalmente en el aniversario de su martirio. De esta forma nació en la Iglesia la tradición de venerar a los mártires.

Cesado el período de las persecuciones termina también el tiempo de los mártires, pero los cristianos continuaron venerando a testigos de la fe. A partir del siglo IV los cristianos además de venerar a los mártires, principian a venerar a  seguidores de Jesús destacados por la heroicidad de su vida fiel al Evangelio. La veneración de algunos de estos mártires y santos tiene un día señalado en el calendario de la Iglesia, sin embargo en este día de la solemnidad de Todos los Santos celebramos en una misma fiesta la victoria de la Pascua de Jesucristo manifestada en esta multitud de hombres y mujeres.

En esta fiesta la Iglesia nos invita, en primer lugar, a contemplar en la multitud de santos y santas, cuyo nombre no conocemos, la realización y el cumplimiento de las bienaventuranzas que Jesús proclama al inicio de la predicación del Evangelio del Reino de Dios; a quienes veneramos en este día son hombres y mujeres, miembros de la Iglesia, que asumieron el Evangelio como proyecto de vida en lo concreto de su existencia, cada uno de ellos con su particular estilo, personalidad, momento histórico, dificultades, etc. Esta es una fiesta que la podemos entender como la universalidad del Evangelio encarnándose en diferentes épocas y lugares de la historia de la humanidad.

En segundo lugar, esta es una fiesta que nos permite pensar en la ‘solidaridad de la gracia’, que cuando profesamos la fe a través del Credo llamamos «comunión de los santos». El fruto de la Pascua de Jesús que se manifiesta en la plenitud de la caridad en los santos, hermanos nuestros, beneficia a todos los miembros del cuerpo de Cristo, a toda la comunidad cristiana. La solidaridad de la gracia se expresa en la intercesión de los santos, ellos median por nosotros ante Dios para que Dios apresure su Reino y se vaya realizando en cada uno de nosotros, de modo que, «venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos» en su destino glorioso.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la fe, la misma celebración nos ayuda a recordar ‘de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos’ y de esta forma tomar conciencia del presente, en este sentido el texto que escuchamos en la segunda lectura de la Misa de hoy (1Juan 3, 1-3) nos descubre nuestra identidad más auténtica: «somos realmente hijos de Dios», pero quizá por estar inmersos en el mundo y dejarnos contagiar de los criterios y valores de él, esta realidad de hijos de Dios permanece algo oculta o desconocida para muchos.

Entonces nos desafía el texto de San Juan: «sabemos que cuando [Dios] se manifieste, seremos semejantes a Él». Dios se nos manifiesta vivo y presente en la oración profunda, en el verdadero ejercicio de la caridad, en la celebración de la Iglesia. Cuando llevamos una vida auténticamente cristiana, cuando, con la actitud de la pobreza, asumimos el estilo de vida de Jesús, Dios se va manifestando en este estilo de vida y «seremos semejantes a él y los veremos tal cual es».

Este texto nos desafía a pasar de una relación fundada sólo en devociones y tradiciones y una relación viva y personal con Jesucristo.

 

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