Formación

El Pueblo de Dios necesita ser formado y necesitan que se les incentive a la espiritualidad como medio para acercarse a Jesucristo por lo cual, éste es el espacio propicio para ello.

UN PAIS RECONCILIADO

13 de Agosto 2015
 Monseñor Fabio Suescún Mutis, Obispo Castrense de Colombia
UN PAIS RECONCILIADO

La esperanza de tiempos de paz es un deseo generalizado. Ojalá pronto cesen las guerras entre compatriotas y se llegue a un estado de justicia, desarrollo y prosperidad para todos. La opción por un país reconciliado, sin muertes, sin miedos, sin amenazas mueve el corazón de dirigentes y ciudadanos.

No faltan, sin embargo, actitudes de indiferencia y desconfianza ante la forma de realizar un proceso que conduzca al cese de la violencia en campos y ciudades y  da la impresión de que no faltan algunos a quienes les convendría la continuación del conflicto armado.

Quienes hemos llegado a una edad avanzada sólo hemos conocido una nación en estado permanente  de conmoción por la tragedia de crímenes atroces. La histórica frase del Doctor Darío Echandía, de poder salir en las noches a las orillas de los ríos para pescar con tranquilidad, se ha quedado en un buen deseo, a pesar de la presencia valerosa de las Fuerzas Armadas, garantes de la seguridad del país.

El conflicto armado continúa mostrando su poder destructor y asesino. El problema de la violencia como forma de relación entre los seres humanos es de todos y no se ubica solamente en las montañas, ríos y llanuras de nuestra geografía. Hay enfrentamientos entre los miembros de la misma familia, en la vida laboral, entre vecinos. Sigue viva la desazón que traen consigo, el narcotráfico, la minería ilegal, el sicariato y la delincuencia común en los campos y ciudades. Los Derechos Humanos se violan y la situación de injusticia social genera víctimas y personas sin autoestima y posibilidades de una vida digna.

Por algo tenemos que comenzar, y qué bueno que se tome en serio una superación del conflicto armado con la guerrilla. Pienso que no se trata de una simple negociación en la cual priman los intereses particulares y de grupo sobre el bien común, sino de una actitud de reconciliación que pone de acuerdo a quienes están enfrentados para evitar que continúe la lucha de muerte y destrucción. El objetivo de la reconciliación es el establecimiento de un nuevo orden de cosas, acordar los ánimos desunidos para dar campo a una situación que facilite la consecución de una paz estable y duradera.

Cuando se habla de reconciliación los cristianos pensamos fácilmente en el sacramento del perdón conocido también como confesión o penitencia. El Evangelio de Jesús es buena noticia para los que sufren a causa de su pecado porque Él ha venido a reconciliarnos con Dios, su Padre. Dios nos ama como a hijos y por eso no cierra sus entrañas a nuevas oportunidades de regreso a su casa y a su amor. Cristo manda perdonar a los enemigos y orar por aquellos que nos hacen mal. Esa es la novedad de su mandamiento del amor al prójimo. Dios perdona si somos capaces de dar perdón al que nos ha ofendido. A pesar del gran mal que hayamos podido causar, Dios no se cansa de perdonar y de dar lugar a una nueva relación de cercanía, de recuperación y tranquilidad.

El sacramento de la reconciliación es un encuentro del corazón arrepentido con el Dios misericordioso, lento a la ira y pronto al perdón, que acoge la invitación de Jesús: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”. El cristianismo no es una mera actitud piadosa ante Dios, es la forma de vivir en el mundo y de llevar adelante las relaciones con los prójimos, de acuerdo con las enseñanzas y el ejemplo de Jesús de Nazaret.

Sin la aceptación del corazón no puede haber conciliación. La reconciliación es la decisión que surge como reacción al mal causado y la voluntad de comenzar una etapa de vida mejor.

El catecismo señala cinco condiciones para hacer una buena confesión que logre una verdadera reconciliación con Dios y con los hermanos. Se trata de las actitudes internas que deben estar presentes en los espíritus de quienes buscan en serio y honestamente la reconciliación. Estas indicaciones, sin lugar a dudas, sirven a quienes dialogan sobre el cese del conflicto y a los colombianos que quieren dar pasos hacia la paz. Recordémoslas:

Examen de conciencia: el penitente que busca la reconciliación con Dios revisa su vida pasada para descubrir en qué ha fallado de acuerdo con lo que Dios ha mandado para nuestro bien, y se hace varias preguntas: ¿En qué he obrado mal?  ¿Mi actuación cómo me ha perjudicado como persona humana y como hijo de Dios?  ¿A quiénes he causado daño con mi proceder? ¿Qué me ha llevado a tan malos comportamientos? En el examen de conciencia es bueno tener presente las omisiones, despreocupaciones o cooperaciones en el mal obrar de otros. Para completar la visión de la realidad es muy importante, mirar también las bondades y gracias que Dios me ha regalado y que son la fuerza para levantarme y seguir adelante. Hoy se habla en la solución de conflictos de la necesidad de una “memoria histórica” que permita no olvidar los hechos nefastos que se han realizado en el país, sus causas, sus responsables, las víctimas que han dejado con el fin de que no se sepulten en el olvido y se evite en el futuro esa clase de procederes antihumanos.

Contrición de corazón: Cuando se han determinado los puntos oscuros, con sinceridad y con mucha humildad, se han de aceptar los males cometidos y sentir dolor por los daños causados. El hijo pródigo de la parábola del Evangelio del capítulo 15 de San Lucas, cayó en cuenta de su mal proceder con su padre y de las consecuencias que su rebeldía le había causado. No le echó la culpa a nadie. Reconoció que sus comportamientos habían sido malos, que había despilfarrado la herencia y la posibilidad de tener un hogar caluroso. Le había salido muy costosa su arrogancia. Si no hay aceptación de los males que se han hecho y si no hay consciencia del  desastre causado a tantas víctimas y al país, si se buscan justificaciones y se evaden las responsabilidades, no va a ver una verdadera conversión, es decir, no se va a buscar una solución para el bien de todos los colombianos. Toda Colombia tiene que llorar por tantas desgracias que se han producido y clamar: “Perdona a tu pueblo, Señor”.

Propósito de enmienda: Me doy cuenta que las cosas no pueden seguir así. Es necesaria una conversión, un cambio de rumbo. El hijo pródigo tomó la decisión de volver a la casa de su padre y emprendió el camino del retorno. El penitente decide: Voy a comenzar una vida nueva con la ayuda de la gracia de Dios. Voy a aprovechar la oportunidad que se me da para seguir adelante con entusiasmo. Miro a Jesús que cae tres veces en su camino al Calvario y que se levanta y quiero imitarlo. No se puede seguir causando tanto mal y continuar el aumento de las víctimas. Es la voz que sale de la entraña de nuestro pueblo: “No más”. En un país de tantos recursos no se puede admitir la ambición y la injusticia. La violencia que se ha institucionalizado como imposición del propio parecer ha causado muchos muertos y lisiados. ¡Cuánta sangre y cuántas lágrimas se han derramado!. Esto no puede seguir así, no tiene ninguna razón de ser. Hay que aprovechar este momento de reconciliación para instaurar un nuevo país y sacar enseñanzas de tan dolorosa experiencia.

Confesión de boca: El cristiano que quiere reconciliarse va a hacer su confesión ante el sacerdote, ministro del perdón. Este requisito para algunos no tiene mucha acogida. Prefieren hacerlo directamente con Dios en la intimidad de su persona y no faltan algunos que opinan que no tiene sentido  declarar las propias culpas ante una persona que es también pecadora. Manifestar ante un tercero, en este caso el sacerdote que representa la misericordia de Dios y la presencia de la comunidad que ha sido lesionada, tiene un profundo significado. No es lo mismo arreglárselas uno consigo mismo, que profesar con la discreción debida los sentimientos del propio corazón. Es una confidencialidad que trae tranquilidad y crea paz interior. El hijo pródigo expresó su mal proceder ante su padre: “He pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco ser hijo tuyo” y la respuesta fue el abrazo acogedor de su padre que mandó hacer fiesta porque el hijo perdido había sido encontrado. Las víctimas quieren saber la verdad y escuchar el arrepentimiento de los victimarios y eso muchas veces les basta. La “comisión de la verdad” ofrecerá tal vez la oportunidad de expresar la falta que atormenta el corazón y la responsabilidad que se reconoce en el mal actuar.

Satisfacción de obra: cuando se han cometido faltas, y más si son atroces, y se ha lesionado seriamente al prójimo, se requiere reparar el daño causado. Han quedado muchos destrozos por el camino y se ha faltado a la justicia. La Iglesia invita a quienes se acercan al sacramento de la reconciliación a cumplir con una penitencia que tiene el sentido de mostrar el  arrepentimiento. La penitencia tiene también una intención medicinal. Busca curar las heridas en el propio corazón y mostrar el deseo de sanar las lesiones dejadas en el prójimo. Si se ha robado hay que retribuir, si se ha asesinado hay que preocuparse por los deudos. En esta dimensión hay que entenderse la justicia transicional para que no se dé campo ni a la venganza ni a la impunidad. Muchas “penitencias” pueden tener no solo una sanción penal sino también un carácter curativo. El caso de las minas antipersonas es muy indicativo. Se ha de limpiar el país de este peligro viviente y con la colaboración inmediata de quienes las han sembrado.

El cristiano que ha recibido el perdón del Dios, que es clemente y misericordioso, tiene que dar una respuesta agradecida a tan inmenso favor. La acción de gracias brota en el interior de quien ha hecho un buen proceso de conversión, toma el propósito de volver a Dios y emprende  con optimismo el camino de una vida nueva. El hijo pródigo, sin duda, agradeció a Dios por el regalo de un padre tan comprensivo que, a pesar de su rebeldía le reintegraba a la vida familiar y con una fiesta le daba la bienvenida. Fruto del encuentro de reconciliación es la alegría, el entusiasmo y el gozo de corazón que se sienten al haber encontrado paz y haber descargado la culpa que pesa sobre la conciencia.

La experiencia de la misericordia de Dios y de la sabiduría de la Iglesia maestra, iluminen el proceso que busca solucionar el conflicto armado. La  colaboración de todos los ciudadanos, cada uno desde su propia situación de vida, es fundamental para reconstruir la comunidad nacional  y proseguir en la búsqueda de una paz que sea para todos y con capacidad de perdurar en el tiempo.

 

 

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