Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Julio 26
La necesidad del ser humano y el don de Dios en Jesucristo

24 de Julio 2015
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Julio 26 La necesidad del ser humano y el don de Dios en Jesucristo

El domingo pasado concluimos nuestra lectura del relato del evangelio según San Marcos comprendiendo cómo responde Jesús a la situación de abandono y dispersión del pueblo, ahora hacemos una pausa de cinco domingos para recorrer el capítulo seis del evangelio de Juan. 

Si bien se trata de dos narraciones diferentes –el evangelio de Marcos y el evangelio de Juan–, hay continuidad en la línea argumentativa. En el inicio de este capítulo del evangelio según San Juan el Señor Jesús manifiesta su preocupación por la multitud que se encamina hacia Él y busca atender a sus necesidades: «¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?»

Desde esta columna proponemos asumir la metáfora del hambre/alimento como la situación de carencia o finitud del ser humano y la respuesta de Jesús a esta condición de la existencia humana.

Por una parte, el alimento, mejor aún, el hecho de tener que alimentarnos, nos puede ayudar a tomar consciencia de que no nos bastamos a nosotros mismos, que nuestra subsistencia depende de otros: de la naturaleza, del ciclo de siembra y cosecha, del trabajo de muchas personas.

Por la otra parte, el capítulo seis de Juan presenta al Hijo de Dios hecho hombre como aquel que responde adecuadamente a la subsistencia del ser humano: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Desde esta perspectiva, la anotación del narrador a la pregunta de Jesús a Felipe, «Esto lo dijo para ver qué respondía, pues bien sabía Jesús lo que iba a hacer», pasa a ser una revelación anticipada de la Pascua en la que Jesús mismo se entrega para que tengamos vida: «El pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo».

En el episodio del evangelio de la Misa de hoy tenemos la introducción al tema de la necesidad del alimento y el don de Dios en Jesús para satisfacer adecuadamente el sustento verdadero. En esta introducción se presenta la situación necesitada o limitada de la existencia del ser humano. Esta contingencia de la existencia humana la podemos asumir como el punto de partida de la Nueva Evangelización, según la cual la realidad de Dios hay que plantearla desde la existencia del hombre.

El episodio que leemos se inicia recordando el entusiasmo de la gente por «las maravillas que [Jesús] hacía en favor de los enfermos»; pero el Maestro busca distanciarse de aquel escenario y se retira con sus discípulos a la parte montañosa. El gentío los sigue. Jesús levanta la vista y, como anticipando la revelación de la Pascua, ve a la multitud que se dirige hacia Él: «Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Juan 12, 32).

La mirada de Jesús descubre personas en búsqueda, personas a las que hay que ofrecer sentido para su existencia, personas que –como nos dijo Marcos hace ocho días– andan como ovejas sin pastor. Jesús sabe lo que necesita aquella multitud y en el breve diálogo con Felipe se pone de manifiesto que aquello que Él va a ofrecer supera los cálculos humanos, Él va a proporcionar algo más que «un mendrugo de pan a cada uno». Al final sabremos que después de haber comido cada uno cuanto quiso, todavía se recogen doce canastos de sobras, que ‘no se pierden’. Aquello que va a entregarles Jesús va más allá de todas las expectativas humanas.

A diferencia de los lugares paralelos en Marcos 6, 41 y Mateo 14, 19, en el texto que leemos hoy Jesús no pasa el pan a los discípulos para que ellos a su vez los repartan, es Jesús mismo quien distribuye los panes a la gente, esta particularidad de Juan quizá para llevarnos a comprender que Jesús es el único que ofrece lo que el hombre necesita para subsistir.

Los doce canastos que se recogen para que nada se desperdicie los podemos relacionar con la experiencia del maná que narra el capítulo dieciséis del libro del Éxodo. Para alimentarse en desierto, cada mañana los israelitas recogían la cantidad de maná que podían comer, algunos recolectaban más de lo que necesitaban y lo que no alcanzaban a consumir se descomponía. Del don que ofrece Jesús no se pierde nada. Tenemos aquí una pista para desarrollar en el diálogo de Jesús con los judíos que viene a continuación.

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