Formación

El Pueblo de Dios necesita ser formado y necesitan que se les incentive a la espiritualidad como medio para acercarse a Jesucristo por lo cual, éste es el espacio propicio para ello.

Horizontes de la Vida Consagrada

17 de Junio 2015
 Hernán Alzate D. - Pbro. Eudista .
Horizontes de la Vida Consagrada

A propósito del año de la vida consagrada y con todo el ímpetu y el desafío que le está dando el papa Francisco, estas líneas son una reflexión, desde algún lado “del ruedo”, con todo el respeto; son sólo comentarios de temáticas que pueden ser reflexionadas no propiamente a partir de discursos teóricos e ideales de la pura razón, desde lo cual serían inmanejables.

El terreno desde el cual se pudiera comenzar a caminar, en tal horizonte, es entender precisamente que la vida es camino, a la manera de “que no hay camino hacia el amor, sino que el amor es el camino”. Vivir es caminar; no hay más. Y vivir es subir y bajar en todos los sentidos que podamos imaginarnos: evolucionar, crecer, madurar, mutar y perder. Se pasa por todo eso querámoslo o no. Vivir es aprender a pasar por todas esas etapas, hasta que nos despidamos y volvamos a lo misterioso que nos sacó a la vida.

Es por eso que pudiera ser tan vital, entender que hay unas leyes para desentrañar. Una de esas leyes, aplicadas en principio a la teología moral, para adaptarse al misterio que todos somos, es la ley de la Gradualidad. Y prefiero usar este término aquí, en sentido general, casi como sinónimo de evolución, desarrollo, etapas, grados, estadios de vida. Porque así es. Vivir es crecer y decrecer. Y no al principio y al final biológico, sino siempre. Siempre hay movimiento, interacción. Cuando dormimos, hay movimiento, cuando velamos hay movimiento, cuando estamos quietos hay movimiento. Y el movimiento implica grados de subida y de bajada. No de mero desarrollo lineal ascendente, sino también descendente entrelazado en el anterior. Las autopistas, caminos directos y planos, nos han hecho olvidar los movimientos circulares de la vida. Muchas veces vivir es volver al principio y llegar a lo mismo. “entre más se cambia, más se llega  a la misma cosa” decía algún escritor francés. Por eso el aprendizaje en nuestros contextos formativos debería estar basado en los problemas vitales desde el grado en el que se vive, de tal manera que se perciba que la vida no tiene una sola etapa de formación y que ésta es un permanente desafío para reciclar la vida, sincronizarse con ella y vivir una especie de resiliencia hasta el final.

De ahí nació también el gran dilema de la formación permanente, porque siempre se debe aprender en niveles más profundos que el del saber y el experimentar. Por ejemplo en el nivel del amor. Y aquí está el sentido más sublime de la vida consagrada. Cómo no creer que se debe aprender en éste ámbito del conocimiento?. Pablo lo decía: “ …que conozcan el amor de Cristo que supera todo conocimiento…” cfr. Ef. 3, 16-19. Ese sería el camino y el modo de caminar. Es muy importante la manera como caminamos, porque eso delinea el camino.

En esa óptica, propongo reflexionar sobre tres dimensiones en el horizonte de ese caminar: la espiritualidad, los afectos y la autoridad.

Espiritualidad.

Actualmente se habla de directores espirituales de partidos políticos, de ejercicios espirituales de alcaldes que toman un tiempo al inicio del año lectivo para preparar sus proyectos; de sentirse espiritual a la manera de relajarse, sentir buena energía, ser muy fiel, de abrazar los árboles, etc. De couching espiritual, de  motivadores sociales que cada vez hablan de esperanza, amor, perdón, como las leyes espirituales que le darán un giro al mundo actual tan extremista, caótico y anónimo.

Tales fenómenos nos indican que hoy la espiritualidad se ha ligado a un cierto tipo de humanismo y se ha desligado del vínculo religioso como tal, y creyente. No es necesario creer en una deidad para desarrollar tales características, porque son propias del espíritu humano. Ese es el sentido de la espiritualidad hoy en buena parte de ciertos grupos sociales. La APA estipula que no hay necesidad de creer en una deidad para ser espiritual, a propósito de un código deontológico que propone para el trabajo integrativo entre terapia y espiritualidad. En Colombia se ha comenzado a  hablar de éticas laicas, no creyentes, que cultiven el amor y la paz en la sociedad civil. Y muchas escuelas psicológicas, se han dedicado a eso desde el encuentro con disciplinas orientales nacidas desde el budismo, por ejemplo cuando hablan del ejercicio espiritual desde la mindfullness. A este fenómeno lo podemos denominar, vida interior o vida psíquica

Desde luego, convivimos con tendencias religiosas supuestamente creyentes porque tienen devociones, tradición e institución. Pero como dicen los estudiosos, hay ateos que tienen vida interior, es decir espiritual, pero hay creyentes que no la tienen porque no cultivan la interioridad.

Lo que sí es importante, es saber que la experiencia espiritual, religiosa o creyente, requiere inicialmente de vida interior. Es importante preguntarse en la vida consagrada si se está cultivando sólo la exterioridad a base sólo de acciones y trabajo social, con una interioridad muy pobre basada sólo en devociones obligatorias e impuestas desde el derecho canónico, pero con nada de sabor a sentido de la vida; o con romanticismos emocionalistas muy parecidos a lo que sucede hoy particularmente con los jóvenes en los grandes y frecuentes conciertos. Ciertamente esto  último está configurando una cierta identidad de ghetto y de pertenencia; cosa que le hace mucha falta a las sociedades urbanas de hoy.

La experiencia espiritual creyente, podría ser ese más allá interior, más profundo que uno  mismo, cuya luz enciende el corazón, exhala su perfume y encanta de tal manera que ilumina lo más oscuro (San Agustin) y hace de la vida una bendición a pesar de sus sinsabores. Es la experiencia del Espíritu Santo, en el espíritu humano. Es un encuentro vital con lo misterioso, en Jesucristo, que puede generar fascinación y temor al mismo tiempo. Que estimula el amor y enriquece el placer (Augusto Cury).

Afectos.

¿Son hoy las relaciones humanas más preciadas que la vida misma? Los afectos son la persona misma hecha vínculos, tejidos con ternura y delicadeza,  que son realmente pocos en el tiempo; son tan importantes, que se puede morir sin eso. Algunos organizaciones bancarias están trabajando con sus empleados a partir de motivadores sociales, el tema de la misericordia, como altruismo, para intervenir en sus obligaciones sociales. Es curioso que semejantes instituciones, le quieran dar un espacio a lo que llaman hoy el salario y el capital emocional como fundamentos de una empresa que  puede progresar.

Qué ha pasado con ese mundo de los afectos en nuestras instituciones religiosas. Se han mantenido siempre al margen, en la periferia de relaciones ambiguas a causa de un analfabetismo emocional. Nuestra opción religiosa consagrada exige aprender a vivir los afectos de otra manera, pero no a negarlos ni a proyectarlos. Se podría decir que en este campo necesitamos aprender un cierto tipo de inteligencia emocional, que nos haga asumir lo que somos y que nos permita desarrollar la cualidad más necesaria de tal inteligencia, sin cuya presencia se caería todo el castillo construido a partir de la entrega a un trabajo común sacrificado: la empatía.

Autoridad.

Es posible entender, ¿la diferencia vital entre autoridad y poder? no son lo mismo pero se necesitan mutuamente en cualquier lugar humano, desde la intimidad de la familia hasta el Estado. ¿Cuál ha prevalecido en nuestras instituciones?

Hay poderes religiosos que promueven la dependencia y el infantilismo; hay autoridades con poder que estimulan la inter-dependencia y la individuación: sentidos de lo humano fundamentales para el desarrollo y la madurez.

Lo que más llama la atención hoy, en algunos sectores de la vida consagrada, es que eso no se da desde los que tienen la autoridad, sino desde los que están al otro lado. Desde los que la alimentan. La Vida Religiosa maneja hoy muy bien el discurso de la comunión y la participación; lo que llama la atención es el fenómeno de los que van entrando en las instituciones que proyectan a la autoridad una sumisión enfermiza que les alimenta el despotismo.

La sociedad actual es muy débil en las relaciones, pero fuerte, al menos en los paradigmas, en el manejo del poder. Está jerarquizado, ordenado, al menos en los libros y leyes. Hay protocolos, hay principio de subsidiariedad, hay acciones legales para manejar los excesos, etc. Y nosotros, por qué no, si en nosotros hay otra Ley?.

 

*El autor es Licenciado en psicología en el instituto de psicología de la Universidad Gregoriana, Roma. Con aplicación al doctorado desde la misma.

Miembro del colegio colombiano de psicólogos, COLPSIC.

Co-fundador y actual presidente de la escuela de formadores de la asociación PSIGRECO.

Director de la Unidad de apoyo a la vida sacerdotal y religiosa del instituto Bíblico de UNIMINUTO.

Profesor en antropología bíblica, proyecto de vida, counseling y acompañamiento en el mismo instituto.

Acompañante, individual y grupal, de procesos de desarrollo humano y psico-espiritual  en varias comunidades religiosas y diócesis.

Tallerista, conferencista de temáticas de vida sacerdotal y religiosa.

 

Fuente: Centro de Formación para la Nueva Evangelización, CFNE/ Uniminuto

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