Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

Liturgia mayo 31 Ir descubriendo desde nuestra historia quién es Dios

29 de Mayo 2015
 Padre Tadeo Albarracín
Liturgia mayo 31 Ir descubriendo desde nuestra historia quién es Dios

Terminada la celebración de la Pascua, el calendario de la Iglesia nos invita a cuatro celebraciones litúrgicas que nos adentran de nuevo en el Tiempo durante el año, digamos cuatro fiestas que nos sensibilizan para comprender cómo la Pascua de Jesús se manifiesta en nuestra cotidianidad. En este sentido, la solemnidad de la Santísima Trinidad nos lleva a comprender y a acoger con agradecimiento la forma como Dios realiza su proyecto de salvación en la historia.

Ocho días después de la solemnidad de la Santísima Trinidad celebramos la presencia real del Señor Resucitado en el sacramento de la Eucaristía, para la entrega permanente, esto es la fiesta que conocimos como «el día de Corpus». El jueves siguiente, la fiesta del sumo y eterno Sacerdocio de Cristo nos permitirá reconocer que la entrega de Cristo continúa hoy a través de quienes, por el sacerdocio bautismal, hacen presente el amor de Dios en nuestro mundo. Al día siguiente, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús agradecemos al Padre del cielo el manantial inagotable de gracia que es el corazón alanceado de su Hijo en la cruz.

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos lleva a reconocer la salvación como el proyecto que tiene origen en el amor del Padre del cielo y que este plan salvífico se realiza en la historia del mundo por el envío del Hijo y el envío del Espíritu Santo. Así lo propone la oración colecta: «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la Santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio».

Aquí el término ‘misterio’ más que enigma indescifrable, lo hemos de comprender en el sentido que le da San pablo en sus cartas, esto es, como el plan o designio de Dios que estaba escondido, que nadie lo conocía, y que precisamente Jesucristo lo ha revelado y lo ha realizado con su misterio pascual (véase Efesios 1, 9-13; Colosenses 1, 24-26).

El texto de la primera lectura de la Misa de este domingo (Deuteronomio 4, 32-34.39-40) presenta la experiencia del pueblo de Dios descubriendo la cercanía de Dios y su intervención en la historia en favor de Israel; esta revelación progresiva ha guiado al pueblo de la alianza para reconocer su propia historia como historia de salvación y a partir de ello comprender que solo puede haber una forma de existir: orientar la vida de acuerdo con el proyecto de Dios.

De manera similar, en la medida en que cada uno de nosotros vaya comprendiendo su llamada a la existencia y su historia personal como la manera en que Dios está realizando el proyecto salvación, en esa misma medida cada uno irá interiorizando que solo hay una forma de vida auténtica: la fidelidad a este plan de Dios.

Este proyecto de Dios Padre, como lo comprendemos desde la oración colecta, se viene cumpliendo en el mundo por el envío del Hijo y el envío del Espíritu Santo. El Hijo enviado se encarnó y nació de María Virgen, con su vida, con sus palabras, con su forma de relacionarse con las personas y con las instituciones nos descubrió este plan secreto –misterio– de Dios Padre. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nos revela el sentido de la existencia del ser humano. Dicho de otra manera, Jesucristo en todo lo que nos cuenta el Evangelio nos revela algo fundamental: en qué consiste la vida del ser humano en el proyecto de Dios.

El domingo anterior, solemnidad de Pentecostés, tuvimos la oportunidad de contemplar el envío y la misión del Espíritu Santo para el cumplimiento del proyecto de Dios en la historia del mundo, este envío y misión lo entendíamos como la labor del pedagogo, aquél  que nos conduce hasta el Maestro. Así llegamos a comprender que la salvación es proyecto de Dios que ha comenzado a realizarse en cada uno de nosotros desde el preciso momento de nuestra concepción, pue hemos sido llamados a la existencia por puro amor de Dios y él ha continuado realizando en nuestra historia personal su proyecto por el envío del Hijo que nos lo revela y por el envío del Espíritu Santo que nos lleva a participar de él.

La escena del evangelio de la Misa de este domingo (Mateo 28, 16-20) manifiesta que la misión del Hijo de Dios y la misión del Espíritu Santo para realizar el plan que se mantenía escondido –misterio– se realiza hoy a través de la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús que son enviados recrear en todos los pueblos de la tierra la experiencia de comunión de Jesucristo con los hombres.

Esta experiencia de comunión implica llegar a ser discípulos por la consagración al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo que realiza el bautismo y por la participación en la comunión de los hombres con el Hijo de Dios hecho hombre, comunión que se realiza en la Iglesia.

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