Editorial

Descripción sobre los principales acontecimientos del país Colombia desde la óptica de la Iglesia Católica. 

El desierto cuaresmal, camino de libertad

20 de Febrero 2015
El desierto cuaresmal, camino de libertad

La libertad se realiza en la vivencia de la verdad de la propia existencia. Dicha verdad implica la afirmación de la propia identidad y la fidelidad a ésta. Jesús es manifestado en el Evangelio como el “Hijo amado”, y su vida no consistirá en otra cosa sino en la vivencia fiel de su condición filial, lo cual implicará una intensa lucha contra todo aquello que niegue en él la intención de acoger el amor y realizar la voluntad del Padre. Y esta fidelidad filial será la expresión y la más profunda realización de su libertad, que es libertad de Hijo.

La experiencia de Jesús en el desierto de la tentación es una manifestación privilegiada de su condición de hombre libre. Las tentaciones buscan desviar a Jesús de su condición de Hijo. La respuesta de Jesús a la tentación confirmará también su intención firme de vivir como Hijo, es decir con la libertad que viene de su condición filial.

La Iglesia nos invita a vivir la cuaresma en esta misma perspectiva: se trata de redescubrir el corazón de nuestra existencia cristiana, es decir, de entrar con fuerza en el dinamismo de la libertad de los hijos. Y para ello, se nos propone nuevamente ir con Jesús al desierto, que es el lugar de la intimidad, de la aridez y de la marcha.

El desierto cuaresmal nos permite redescubrir la verdadera raíz de nuestra vida, que es presentada en términos de “pertenencia”. Israel se pone en ruta hacia la verdadera libertad cuando descubre que la ruptura de las ataduras de Egipto no puede desembocar en nuevas esclavitudes y nuevos servilismos, sino en la entrega total en las manos de su Señor quien hace de él “el pueblo de su propiedad”.

La intimidad silenciosa de la oración cuaresmal nos permite descubrir la presencia silenciosa del Dios de amor. Jesús nos lleva con él al desierto para que el Señor nos hable al corazón y se nos descubra como el Dios Padre que establece una alianza con nosotros, por amor. En la vivencia de esta pertenencia amorosa de alianza reside la libertad filial del creyente.

 

El desierto evoca aridez, frente a la cual se siente la precariedad de la vida y la escasez de los recursos personales para afrontarla. Emerge así nuestra condición mortal y, con ella, las debilidades,  las heridas y los repliegues egoístas que necesitan ser curados.

La debilidad nunca podrá ser afrontada con prepotencia. La debilidad se afronta luchando, pero es preciso no equivocar el combate. Al afrontar la fragilidad, aparecen las tentaciones con todo su poder seductor.

 

Frente a la tentación del tener, que parece facilitar y resolver todo, el desierto cuaresmal nos propone el don de la libertad que viene de la pobreza, del desprendimiento, que sabe apreciar el valor del pan obtenido con esfuerzo, no por la vía del milagro, y de la Palabra, verdadero alimento que suscita y sostiene la vida.

 

Frente a la tentación del prestigio, el desierto cuaresmal nos invita a vivir la experiencia del despojo de toda vanidad, con lo cual se abre la puerta a la confianza total en el Señor, quien conoce los corazones y no juzga por apariencias. El tentador bíblico del primer Adán inocula el veneno de la mentira que siembra en el ser humano la duda respecto del Señor, visto ahora como el dios perverso, rival de su creatura. Pero lo que en realidad anuncia la Palabra es el don del Creador quien toma al hombre del barro e insufla en él aliento de vida, es decir, su propio aliento.

 

Frente a la tentación de usurpar el poder del Señor para atribuírselo a la creatura y a las obras de sus manos, el desierto cuaresmal nos invita a descubrir el rostro amoroso del Dios vivo, el Dios de la alianza, el Dios que llama a la libertad por ser el único capaz de liberar.

 

El desierto no es el lugar habitual de habitación, salvo para algunas pocas personas solitarias o comunidades migrantes. Por esto, el desierto es lugar de tránsito, de marcha. En realidad, la libertad no será nunca una realidad completamente poseída sino siempre buscada. De esta manera, la ruta hacia la libertad se transforma en la senda de la liberación, en sus múltiples rostros, según las múltiples esclavitudes posibles. La gracia sobreabunda donde el pecado se multiplica. El amor del Señor es liberador, pues la sobreabundancia de la misericordia supera toda situación de opresión, de caída y de muerte.

La libertad se conquista transitando por la ruta esperanzadora del desierto, en el cual el Señor mismo se hizo caminante al lado de su pueblo que anhela la superación de toda situación de postración y de esclavitud.

 

Vayamos con Jesús al desierto cuaresmal, camino de liberación que nos permite ser libres con la libertad de los hijos.

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