Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Marzo 29  
Jesús se confronta con la muerte

LITURGIA Marzo 29  Jesús se confronta con la muerte

Ya finalizando las semanas de Cuaresma, la oración colecta de la misa de este domingo nos propone como fruto del trabajo de estos días llegar a vivir del mismo amor que llevó a Jesús a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Así podremos participar de la Pascua. 

En el evangelio de la misa tenemos el tercero de tres relatos del evangelio según San Juan que la tradición de la Iglesia propone a los catecúmenos para prepararse al bautismo, estos relatos a los ya bautizados nos disponen a la renovación de los compromisos bautismales en la Vigilia pascual. 

Hace dos domingos, en su encuentro con la mujer samaritana, Jesús nos reveló que por el bautismo Él nos concede el don del Espíritu Santo, «surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». El domingo pasado el signo del ciego de nacimiento que comenzó a ver nos llevó a comprender la iniciación cristiana como proceso de iluminación. En el relato del evangelio de hoy, Jesús se estremece al verse confrontado ante la muerte delante de la tumba de Lázaro y desde este estremecimiento abre para nosotros la esperanza en una vida que no se termina. 

Como lo hemos hecho los domingos anteriores, proponemos aquí el texto de la segunda lectura como clave que nos permite construir el sentido litúrgico de los textos bíblicos. Escuchamos hoy en la segunda lectura unos versículos de la carta de san Pablo a los Romanos (8, 8-11), el conjunto de estos versículos nos pone ante la disyuntiva: vivir según la carne (el instinto) o vivir según el Espíritu. En el texto griego esta disyuntiva se presenta con los términos ‘sárx’ –carne– y ‘pneuma’ –Espíritu–. 

Para no quedar prisioneros en el dualismo ‘cuerpo/alma’ o ‘cosas materiales/cosas espirituales’, abordemos este texto de san Pablo desde la pregunta por el sentido de nuestra existencia: ¿para qué vivimos?; o, dicho, en otros términos, ¿en qué consiste la vida? El mismo texto expone que hay quienes viven para satisfacer el instinto y hay quienes se dejan guiar por el Espíritu. Espíritu, así, en mayúscula, es decir el Espíritu de Dios. Los cristianos hemos recibido de Dios el mismo Espíritu que resucitó a Jesús para que oriente nuestra vida y es a partir de esta acción del Espíritu en nosotros como participamos de la salvación. 

En la primera lectura (Ezequiel 37, 12-14) el profeta anuncia la salvación como la realización histórica de la vida conducida por el Espíritu de Dios: «Pondré mi Espíritu en ustedes y vivirán». La salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo es presentada como el don de Dios que nos hace pasar de llevar una vida para satisfacer el instinto a la realidad del hombre conducido por el Espíritu de Dios. 

Este paso de una situación de no salvación a una de vivir la salvación lo podemos reconocer también en el evangelio de la misa de este domingo (Juan 9. 1-45). Reconocemos cuatro partes en el texto: la ubicación de la escena, el encuentro de Jesús con Marta, el encuentro de Jesús con María y los judíos y, finalmente, el signo de Lázaro invitado a salir de la tumba. 

En la primera parte del evangelio de hoy el evangelista nos ubica dentro de la narración refiriendo dos situaciones. La primera situación es la enfermedad de Lázaro y el informe de sus hermanas sobre la misma; de la otra situación nos enteramos a partir del diálogo entre los discípulos y Jesús; al manifestar Jesús su firme propósito de ir a Judea sus discípulos advierten que no es prudente: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Aquí se nos revela la conciencia que Jesús tiene sobre su muerte y su confianza de vencerla. 

Esta seguridad que expresa Jesús en la victoria sobre la muerte se basa en el hecho de ser conducido por el Espíritu. En la respuesta a la objeción de los discípulos, Jesús indica que tal prevención viene de asumir los criterios del mundo: «si uno camina de día, no tropieza, porque tiene la luz de este mundo para ver»; la ‘prudencia’ de los discípulos viene a ser participación de la ‘luz de este mundo’ para salir airoso en este mundo. 

Caminar guiado por la ‘luz de este mundo’ es equivalente a caminar de noche porque le falta la verdadera luz: cuando uno «camina de noche, tropieza porque le falta la luz». Jesús revela que no es suficiente la astucia del mundo para mantenerse fiel en el ambiente hostil del mundo, es necesario tener otra clase de luz. ¿No se refiere esta luz al Espíritu del que habla la segunda lectura? 

Jesús se encamina hacia su muerte y manifiesta su confianza porque ante ‘lo peligroso’ que significa ir a Judea, él no tropezará porque tiene la luz. Jesús no se enfrentará a la muerte con los artilugios de este mundo. 

En la segunda parte, el encuentro con Marta, podemos reconocer el itinerario de la fe. En primer lugar, Marta sale de su casa y expresa que la presencia de Jesús preserva de la muerte: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Aquí no hay reproche, por el contrario, Marta expresa su confianza en Jesús, reconociendo su presencia como la de un hombre de Dios y, al igual que el ciego del domingo pasado, dice que Dios no le puede negar nada a Él: «Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Marta también confía, con el resto de los judíos de su tiempo, en la resurrección colectiva el último día. 

Sobre esta confianza inicial, Jesús le revela a Marta –y a nosotros– que por medio de él –«Yo soy la resurrección y la vida– el creyente empieza a participar de la vida que Dios quiere para el ser humano: «El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre», entonces invita a Marta a acoger esta vida: «¿Crees esto?» 

Como si se tratara del proceso de la iniciación cristiana, Marta pasa de la confianza en un vínculo privilegiado entre Jesús y Dios al reconocimiento del Mesías: «Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo», y por esta confesión pasa a participar ya de la vida que Dios quiere para el ser humano. Entonces el muerto deja de ser la preocupación de Marta, ahora quiere que su hermana participe también de este desvelamiento. 

En la tercera parte tenemos el encuentro de Jesús con María y los judíos que la acompañan. Mientras María y los judíos manifiestan su dolor, Jesús mira la muerte cara a cara. Mediante el verbo ‘estremecer’ el narrador nos lleva a pensar que el llanto de María y los judíos sitúa a Jesús ante la muerte, su propia muerte. La reacción de Jesús en esta parte del relato se expresa mediante tres verbos: Se conmovió en su espíritu, se estremeció y lloró; el verbo estremecer lo emplea de nuevo el evangelista en 12, 27, cuando Jesús se refiere abiertamente a su muerte. 

En la cuarta parte la reacción de Marta ante la orden de abrir el sepulcro de Lázaro contrasta con su profesión de fe de la escena anterior; la respuesta de Jesús al horror manifestado por Marta –«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»– nos regresa a la explicación del inicio sobre la situación de la vida amenazada del hombre: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios». La gloria de Dios se revela en su actuar salvífico en favor del hombre. Así lo manifiesta san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Contra los herejes, IV, 20, 7). 

En las diferentes escenas del evangelio de este domingo, hay un hecho común en los personajes, estos ‘salen’, se desplazan de un lugar a otro. Jesús y sus discípulos salen (del otro lado del Jordán) para ir a Judea; Marta, María y los judíos que la acompañan salen de su casa para encontrarse con Jesús; Lázaro sale de la tumba para acercarse a dónde está Jesús –«¡Lázaro, ven fuera!»–. En este último ‘salir’ se presagia la resurrección de Jesús, pero los presentes tienen que desatar a Lázaro para que pueda caminar; en la escena de la resurrección de Jesús en el sepulcro vacío quedan las vendas por el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, enrollado en un sitio aparte (véase 20, 6-7).

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