Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Marzo 22 
Luz que ilumina y luz que obnubila

20 de Marzo 2020
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Marzo 22 Luz que ilumina y luz que obnubila

Hemos pasado el meridiano de la Cuaresma, la liturgia mitiga el rigor de este tiempo con el domingo ‘Laetare’, llamado así por la antífona de entrada: «¡Alégrate, Jerusalén! Que se congreguen todos los que te aman» (Isaías 66, 10); en esta misma línea la oración colecta expresa la cercanía de las fiestas de Pascua y pide que la gracia de estos días prepare prontamente al pueblo para estas fiestas.

Los textos bíblicos de hoy se pueden articular en torno a la iniciación cristiana como proceso de iluminación, de hecho, en los primeros siglos los Padres de la Iglesia llamaban al bautismo ‘iluminación’, y en la actualidad la tercera etapa del catecumenado se llama ‘tiempo de la purificación y de la iluminación’ (RICA 21-26) porque se propone iluminar los corazones de los candidatos a partir de una comunión más profunda con Cristo Salvador.

En nuestro comentario de los domingos de Cuaresma venimos proponiendo el texto de la segunda lectura como puente y clave para una mirada en conjunto de la oferta del leccionario. En este domingo, el IV, el texto de san Pablo que escuchamos como segunda lectura (Efesios 5, 8-14) señala el inicio de la vida cristiana como paso de las tinieblas a la luz y por ello precisamente el discípulo de Jesús pertenece al reino de la luz.

Desde esta perspectiva de la iluminación, en el episodio de la unción de David como rey que escuchamos en la primera lectura (1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13) se destaca el contraste entre la mirada del hombre y la mirada de Dios. Al llegar a casa de Jesé en Belén, el profeta Samuel queda deslumbrado ante el porte y la talla de Eliab, pero Dios le dice: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura. (…) No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».

El texto de 1 Samuel y el de la carta a los Efesios nos conducen al episodio del evangelio (Juan 9, 1-44) en el que Jesús se revela como la luz del mundo. Pero la luz bien ilumina o bien deslumbra, esto depende de la disposición del ser humano. Así lo propone Jesús al final del relato: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos».

En el evangelio de este domingo reconocemos cuatro partes: la primera narra el ‘signo’ del ciego de nacimiento que empieza a ver, la segunda presenta una controversia entre los fariseos y el hombre que era ciego, en la tercera parte hay un nuevo encuentro de Jesús con el ciego que ahora ya ve y finalmente en la cuarta se replica la controversia, pero ahora entre los fariseos y Jesús.

Mediante este desarrollo se puede descubrir qué significa ser iluminado por Jesús, y ello nos puede resultar útil para nuestro trabajo cuaresmal en orden a tomar conciencia de lo que implica haber sido iniciados a la vida cristiana.

El episodio se abre rompiendo el vínculo entre la enfermedad y el pecado, vínculo que lleva a algunos a considerar que en el origen de todo sufrimiento hay una culpabilidad; Jesús rechaza tal intento por explicar el mal.

Al deshacer el nexo culpabilidad / sufrimiento surge ante nosotros, en primer lugar, la situación del ser humano necesitado de iluminación: «Ni este pecó ni sus padres, sino [que nació así] para que se manifiesten en él las obras de Dios»; de otro lado, en la segunda parte de la respuesta de Jesús queda planteado el conflicto con los fariseos, pues mientras Jesús afirma que él trabaja en las obras de aquel que lo envió, ellos, defendiendo la tradición religiosa del sábado, afirman que «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

La condición de un ciego de nacimiento nos lleva a pensar en el ser humano que necesita ser iluminado, que necesita de la revelación, que necesita nacer a una nueva existencia. En el prólogo del evangelio según san Juan leímos en el día de Navidad que «En él [en el Verbo] estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla» (1, 4.5a), esta luz, que está en todo

hombre y que sigue brillando en la tiniebla, la podemos comprender como la ‘fe inicial’, esto es, el punto de anclaje para la iniciación cristiana. Por esta luz que brilla en la tiniebla el ciego de nacimiento está capacitado para intuir que lo realizado en él es obra de Dios: «Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. (…) Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder».

En la segunda parte del evangelio de este domingo tenemos una controversia entre los fariseos y el ciego que ha comenzado a ver. Esta controversia sitúa en un lado a los fariseos que saben de Moisés y saben de la Ley y desde su interpretación de estos testimonios saben que «ese hombre [Jesús] es un pecador»; del otro lado está el hombre ciego que ha comenzado a ver, que sabe también desde la Escritura que «Dios no escucha a los pecadores» (véase Isaías 1, 15: «Al extender ustedes sus palmas, me tapo los ojos para no verlos. Aunque menudeen la plegaria, yo no oigo. Sus manos están de sangre llenas»).

En el fondo de esta controversia hay dos saberes sobre Jesús: el de los fariseos que, haciendo una interpretación la Ley, concluyen que Jesús es un pecador porque no guarda el sábado; y el del ciego que sabe que Jesús es un enviado de Dios, que realiza algo que nadie había hecho porque Dios está con él: «Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».

La paradoja sobre Jesús: para unos resulta ser un pecador porque no guarda el sábado, para otros es un enviado de Dios porque actúa según el plan de Dios.

El texto nos muestra dos maneras de acercarse a Dios; de una parte, la de unos hombres seguros de sí mismos y a partir de ello ejercen una posición dominante sobre los demás; y, por otra, la manera de buscar a Dios un hombre que «ya es mayor», es decir, un miembro adulto de la comunidad, capaz de ir a la Escritura. (En este punto es útil considerar el sentido del rito judío del ‘Bar Mitzvá’, mediante el cual a los trece años un adolescente es aceptado como miembro adulto y responsable en la comunidad sinagogal).

En la tercera parte tenemos un elemento necesario e importante: la palabra que complementa el gesto de untar barro en los ojos del ciego y el posterior baño en la piscina Siloé. Es Jesús quien vuelve a abordar al hombre que era ciego y le permite llegar a formular una confesión de fe y realizar un acto de adoración. La palabra viene a ser necesaria porque de alguna manera sella el proceso que comenzó con la fe inicial del ciego de nacimiento, fe inicial que lo lleva a acoger con obediencia la palabra de Jesús: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». La palabra que confirma el actuar liberador de Dios.

Este diálogo de Jesús con el hombre concluye con la expresión de Jesús mismo sobre su misión, lo que nos recuerda la frase del diálogo con los discípulos al inicio. Jesús afirma que ha sido enviado para manifestar al mundo la luz divina y esta manifestación ilumina a unos y enceguece a otros; este paradójico resultado pone al descubierto la relación de cada uno con Dios. Mientras hay quienes reconocen la necesidad de esta luz, otros creen ya tener el conocimiento sobre Dios.

El texto concluye dejando ver que los fariseos piensan que saben y por ello no necesitan de la luz que Dios envía al mundo. Nos parecemos a los fariseos cuando volvemos la espalda a la iniciativa de Dios en nuestra vida, cuando no buscamos el sentido profundo de la revelación del Hijo del hombre.

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