Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Diciembre 1 
El amor de Dios que nos lleva a la madurez

29 de Noviembre 2019
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Diciembre 1 El amor de Dios que nos lleva a la madurez

Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con estas cuatro semanas del Adviento; durante estos días tenemos la oportunidad de valorar el tiempo como un elemento de nuestra existencia para integrarlo dentro de nuestra vocación cristiana. La gracia anual del Adviento nos ayuda a valorar el tiempo como don que el Padre del cielo nos ofrece para que madure y fructifique en nosotros la acción de su gracia; solo el Padre puede apreciar la madurez de cada persona y la consumación de la historia del mundo.

La liturgia de este domingo nos invita a considerar la maduración de la vida cristiana como acción de la gracia de Dios que permanentemente nos está atrayendo hacia Él. Así, por ejemplo, en la oración colecta de la Misa pedimos que el deseo de salir al encuentro de Cristo se manifieste en obras de justicia; que por el amor con que Dios nos ha enriquecido, demos testimonio de la espera alegre del Señor.

El texto de la primera lectura (Isaías 2, 1-5) caracteriza el final de los tiempos como la situación de madurez alcanzada por la superación de la dispersión que causó el pecado de Babel (ver Génesis 11, 1-9), pues al final de los tiempos pueblos numerosos se dirigirán hacia el Señor para que Él les enseñe sus caminos. La humanidad avanza hacia la madurez cuando los diversos pueblos van conociendo las decisiones del Señor y la palabra del Señor transforme la industria de la guerra en actividades que humanicen el mundo: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas».

La madurez de la vida cristiana es ese estado al que el hombre llega cuando el amor de Dios haya transformado la conciencia de la persona y ésta llegue a estar persuadida de la necesidad de caminar a la luz del Señor. Entonces la justicia dejará de ser una obligación para convertirse en gozo.

En la segunda lectura (Romanos 13, 11-14) san Pablo nos recuerda que al acoger el Evangelio empezamos a conocer el proyecto de Dios para el mundo y en la medida en que vamos madurando en nuestra vida cristiana vamos dejando los criterios y los valores del mundo para irnos revistiendo de las actitudes y pensamientos de Cristo. Nuestra salvación está más cerca que en los días cuando comenzamos a ser conscientes de la fe, pues la gracia de Dios nos viene transformando para hacernos cada día más semejantes a Jesús.

Ahondando en la revelación del proyecto de Dios para el mundo, las palabras que Jesús dirige a los discípulos en el evangelio de la misa de hoy (Mateo 24, 37-44) nos advierten sobre la necesidad de permanecer vigilantes para estar preparados al encuentro con el Señor. El texto está tomado del discurso de Jesús sobre el final del tiempo, en el párrafo anterior el Maestro ha dicho que únicamente el Padre del cielo sabe el día y la hora del final, solo el Padre juzga el momento en que el discípulo (y el mundo) ha llegado a la plenitud.

Ante esta situación del desconocimiento del agotamiento del tiempo, Jesús nos invita a estar siempre en vela; para motivar en nosotros este estado, el Señor propone tres breves comparaciones. La primera refiere los antecedentes inmediatos del diluvio, allí se resalta el contraste entre los habitantes de la tierra absorbidos por las labores cotidianas y Noé que está atento a los planes de Dios; la segunda comparación presenta dos pares de personas realizando las mismas actividades, solo que una de cada par alcanza la plenitud de vida; y la tercera alude a la situación del dueño de casa que advierte sobre lo expuesta que está su propiedad al ladrón nocturno.

En el primero y en el tercero de los ejemplos se señala que tanto Noé como el dueño de casa conocen, pueden prever y por ello están preparados para asumir lo que llegará por sorpresa. El ejemplo del medio quiere presentar la totalidad mediante un par de varones y un par de mujeres, unos en el campo, otras en la casa, ellos dedicados a labores del cultivo de la tierra y ellas ocupadas

en labores domésticas. En este ejemplo se menciona que, de los miembros de cada pareja, realizando la misma actividad, uno es llevado y el otro no. Ello nos permite pensar que la madurez alcanzada no es asunto de activismo sino un proceso llevado a cabo en lo íntimo de la persona. En lo profundo de la conciencia se va reconociendo el proyecto de Dios y desde esta hondura se va respondiendo. La madurez de la vida cristiana es obra del amor –gracia– acogido con libertad y que va trasformando y haciendo fecunda desde lo más íntimo la vida del discípulo de Jesús.

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