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Demos gracias a Dios por la libertad que se hace artesanalmente día a día en el corazón de cada uno

12 de Agosto 2019
 Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
Demos gracias a Dios por la libertad que se hace artesanalmente día a día en el corazón de cada uno

“Con la independencia se ha buscado a lo largo de los años construir una nación, pero esta solo podrá ser realidad cuando en verdad estemos todos llenos de un espíritu de generoso servicio de los unos a los otros; cuando la búsqueda del bien común esté por encima de cualquier interés personal o grupal; cuando los pobres y necesitados estén en el centro de la preocupación; cuando se busque el diálogo para la solución de los conflictos; cuando no se recurra a la fuerza como arma política o económica; cuando las víctimas de la injusticia y la violencia puedan ser reparadas e integradas plenamente a la vida nacional”

La conmemoración del Bicentenario de la Independencia ha llevado a diferentes celebraciones desde lo político o histórico, lo militar, anecdótico, musical. Pero la Iglesia lo hace desde lo más hondo del ser humano, la libertad de la conciencia para buscar la verdadera igualdad de los ciudadanos en la persona de Jesucristo.

El señor cardenal Rubén Salazar Gómez invitó a una Eucaristía el pasado sábado 10 de agosto, fecha especial, pues ese día de hace 200 años el Libertador pidió que se celebrara un Te Deum, para dar gracias a Dios por la victoria y, que esto se volviera costumbre. La celebración litúrgica de entonces tuvo lugar en la Capilla del Sagrario porque el edificio de la Catedral se encontraba en construcción.

A la Eucaristía de este sábado asistió el señor presidente Iván Duque, como un católico más que daba gracias a Dios por esta fecha. También algunos ministros, el alcalde de la ciudad, Enrique Peñalosa, miembros del Cuerpo Diplomático y fieles que lograron franquear las vallas de seguridad.

Como entonces, la banda de músicos del Batallón Guardia Presidencial interpretó la contradanza La Libertadora, que fue considerada himno nacional por aquellos años. Esta misa tuvo un acompañamiento musical muy significativo, pues fue la obra del maestro Luis Torres, el compositor por excelencia de la música tradicional colombiana, la elegida para ese momento.

El Presidente fue recibido por el Deán del capítulo Metropolitano, monseñor Juan Miguel Huertas Escallón y el diácono permanente Germán Giraldo.

La homilía del Señor Cardenal -parte de la cual es la entradilla del texto- enfatizó sobre las desigualdades sociales y la responsabilidad tanto del Estado como de los católicos para superarlas y conseguir una sociedad más justa y humana.

A continuación, video y texto de la Homilía:

 

Homilía de la Eucaristía de acción de gracias en el Bicentenario de la Independencia de Colombia

Bogotá, 10 de agosto de 2019

 

Hace 200 años, al entrar victorioso a Bogotá después de la decisiva batalla de Boyacá, el libertador Simón Bolívar quiso que en la catedral de la ciudad se celebrara una solemne liturgia de acción de gracias al Señor por la independencia alcanzada después de largos y dolorosos años de lucha emancipadora.

Hoy nos reunimos de nuevo en representación de todo el pueblo colombiano para dar gracias al Señor no solo por aquellos acontecimientos que en estos días hemos traído con alegría a nuestra memoria sino también por los 200 años de vida republicana, con sus luces y sombras, sus aciertos y errores, sus logros y realizaciones pendientes.

¿Por qué dar gracias al Señor? ¿Por qué hacer nuestras las palabras del salmo 150 que hemos cantado llenos de alegría? Porque la fe - patrimonio de la inmensa mayoría de nuestro pueblo- nos entreabre una dimensión profunda del sentido de los acontecimientos que conmemoramos; nos invita a considerar la independencia alcanzada como un primer paso para lograr una verdadera libertad que va más allá de la dimensión política o económica: la libertad que se hace artesanalmente día a día en el corazón de cada uno de los colombianos; la libertad de todo lo que nos esclaviza, nos aliena, nos deshumaniza, nos contrapone los unos a los otros, nos impide ser hermanos, nos quita la posibilidad de ser una verdadera nación unida por la fraternidad y la solidaridad; la libertad que solo es posible cuando se abre el corazón a Dios que nos revela que somos sus hijos en su Hijo Jesucristo; cuando se abre el corazón a Dios que nos da su Espíritu para que podamos tener la vida y la vida en abundancia.

La independencia alcanzada hace 200 años se convierte así en el inicio de un camino del cual ya hemos recorrido un largo trecho pero que se abre cada día como un compromiso conjunto de construir un país.

San Pablo nos muestra ese camino de construcción, cuando, en la lectura que hemos escuchado de su Carta a los Gálatas, nos dice: "Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad. Pero no tomen la libertad para satisfacer su egoísmo; antes bien, háganse esclavos los unos de los otros”.

Con la independencia se ha buscado a lo largo de los años construir una nación, pero esta solo podrá ser realidad cuando en verdad estemos todos llenos de un espíritu de generoso servicio de los unos a los otros; cuando la búsqueda del bien común esté por encima de cualquier interés personal o grupal; cuando los pobres y necesitados estén en el centro de la preocupación; cuando no haya personas, grupos o regiones excluidos de los beneficios de un auténtico desarrollo y dejen de ser marginados; cuando se busque el diálogo para la solución de los conflictos; cuando no se recurra a la fuerza como arma política o económica; cuando las víctimas de la injusticia y la violencia puedan ser reparadas e integradas plenamente a la vida nacional; cuando nos respetemos y aceptemos los unos a los otros; cuando solidariamente compartamos las inmensas riquezas de nuestro suelo; cuando trabajemos todos juntos por el bien de todos. Es decir, cuando abramos el corazón a Dios para que Él derrame en nosotros su Espíritu y nos regale sus frutos que -en la enumeración de san Pablo- son "amar, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo. El resultado de esos empeños conjuntos será un país que viva en la justicia, la fraternidad, la solidaridad, la paz. Y para ello, el Señor Jesucristo nos muestra en el Evangelio las actitudes fundamentales que harán posible el camino. Él nos pide que seamos pobres, es decir, que no permitamos que el ansia de dinero o de poder corroa nuestro corazón y lo haga víctima de la corrupción que destruye hasta los cimientos mismos de la vida social. Él nos pide que seamos no violentos, es decir, que nunca impongamos por la fuerza nuestra voluntad sobre la voluntad de los demás, que no recurramos a la mentira, al engaño, a la trampa, al manejo deshonesto del poder, que busquemos solo la fuerza del diálogo, de la comprensión, de la concertación. Él nos pide que seamos humildes, es decir, que no nos consideremos superiores a los demás, que no despreciemos en nuestro corazón a los que piensan de una manera diferente a nosotros, que no consideremos como enemigos que hay que suprimir a nuestros contradictores, que busquemos siempre lo que nos une por encima de lo que nos puede enfrentar. Él nos pide que deseemos y busquemos la justicia como expresión" de la recta correlación entre las personas, las instituciones, las regiones, los países, para alcanzar la verdadera tranquilidad del orden, que no nos dejemos enceguecer por las ideologías que tergiversan la verdad e impiden una real transformación de las realidades de todo orden, que no cohonestemos el crimen, la mentira, la injusticia. Él nos pide que seamos misericordiosos, es decir, que a partir del reconocimiento de nuestras propias faltas seamos capaces de perdonar, de restaurar al criminal, de tender la mano al enemigo para caminar juntos, de no dejarnos enceguecer por el odio, el rencor, el deseo de venganza. Él nos pide que tengamos un corazón limpio, es decir, que con la luz de la verdad y la fuerza de la justicia purifiquemos nuestras intenciones, nuestros anhelos, nuestras búsquedas para que todo concurra al bien de todos. Él nos pide que seamos constructores de la paz, es decir, que logremos construir la tranquilidad que dimana del orden que es la verdadera expresión de la libertad, donde cada uno pueda tener acceso pleno a sus derechos y cumplir a cabalidad sus deberes. Él nos pide que no retrocedamos ante las persecuciones, es decir, que seamos firmes, valientes, perseverantes, pacientes, que logremos vencer las dificultades convirtiéndolas en oportunidades, que no cejemos en la lucha por la verdad, la justicia, la paz.

Esta es tarea de todos y cada uno, de gobernantes y gobernados, de letrados e ignorantes, de pobres y ricos. El Señor en el Evangelio usa dos imágenes que nos permiten comprender el alcance de la tarea conjunta en la construcción de nuestra nación. Nos dice: "Ustedes son la sal de la tierra ... la luz del mundo. ". Sal porque estamos llamados a buscar con sinceridad y honestidad el sentido -el sabor- auténtico de la realidad en todas sus dimensiones: política, económica, cultural, relacional y ser portadores de ese sentido de tal manera que, como la sal, también preservemos de la corrupción a la sociedad en la cual vivimos. Luz, porque una vez descubierto ese sentido, estamos llamados a irradiarlo en nuestra propia existencia, en nuestra familia, en la sociedad, en el mundo. Sal y luz. Cada uno en el lugar en el que Dios lo ha puesto.

Cada uno viviendo su existencia en un proceso continuo de crecimiento hacia la perfección. Cada uno integrándose cada día más consciente y proactivamente en la vida de su comunidad. Cada uno asumiendo con responsabilidad creciente las tareas y misiones que el país le encomienda. Cada uno buscando con sinceridad y verdad el bien de todos en la construcción de la sociedad.

Nuestra Patria se ha ido construyendo como una democracia y tiene por lo tanto los tres pilares fundamentales sobre los cuales debe construirse permanentemente a la luz de una constitución que le marca el derrotero.

La rama legislativa buscando plasmar en una legislación coherente la identidad más profunda de la nación. La rama ejecutiva buscando encontrar los caminos más válidos y honestos para que esa identidad se haga realidad en todos los niveles de la vida nacional. La rama judicial velando por la preservación del orden y restaurándolo en justicia cuando este ha sido violado. Esta estructura estatal permitirá a todos los ciudadanos participar, cada uno desde su propio lugar, aportando lo mejor de sí mismo, en la construcción nunca acabada de una Patria justa, fraterna, solidaria, en paz.

La celebración del bicentenario de nuestra independencia es un momento privilegiado para que cada uno renueve su compromiso de dejar atrás todo lo que en nuestra historia haya sido motivo de injusticia y violencia y lanzarse hacia adelante en un claro propósito de búsqueda conjunta de la Patria que anhelamos. El Señor, en su infinita bondad y misericordia, nos dé su Espíritu para que no cejemos en la tarea, sino que tengamos cada día de nuevo la luz y la fuerza que necesitamos.

 

Fuente: Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones

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