Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Agosto 4 
La vida como acaparamiento y la vida como seguimiento

02 de Agosto 2019
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Agosto 4 La vida como acaparamiento y la vida como seguimiento

El episodio del evangelio de la misa de este domingo responde a una pregunta que tarde o temprano debe plantearse todo hombre: ¿qué justifica mi vida?, o, dicho, en otros términos, ¿para qué vivo? La petición de un hombre anónimo a Jesús brinda ocasión para diferenciar dos formas de progreso o desarrollo del ser humano: dar satisfacción a lo inmediato o avanzar hacia el horizonte de sentido que despliega el Evangelio.

Resulta útil abordar el evangelio de hoy (Lucas 12, 13-21) desde el texto de la primera lectura (Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23). La reflexión del autor sapiencial manifiesta un duro desencanto de la actividad humana. El disfrute de la humanización del mundo, resultado de la actividad cuidadosa, se ve siempre amenazado por la muerte que representa un despojo total; a esta manera de ver el trabajo se le añade más amargura al considerar que los esfuerzos de la actividad de una generación los vendrán a aprovechar personas que no han trabajado en ello. En este panorama sombrío, «¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?». Con este razonamiento se evidencia la situación de un hombre encerrado en sí mismo.

El salmo de meditación que la asamblea canta a continuación recoge la experiencia de la muerte que hace ver la vida del ser humano «como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana»; con fundamento en ello el salmista formula una petición a Dios en orden a recibir de Él sabiduría para asumir la muerte como parte de la experiencia de vivir: «enséñanos a calcular nuestros años».

La unión del texto de la primera lectura con su comentario, en clave de oración por el salmo, pone de manifiesto la necesidad de considerar la existencia humana más allá de los afanes cotidianos.

El texto del evangelio tiene dos partes, la primera, muy breve, propone una enseñanza de Jesús a partir de la petición de un hombre anónimo; la segunda parte es una parábola con la que Jesús viene a ilustrar la enseñanza inicial.

La escena se abre con la demanda de alguien que busca la intervención de Jesús para que se redistribuya una herencia; de entrada, por la manera de dirigirse a su interlocutor, Jesús muestra algo de enfado ante tal solicitud y la rechaza expresando que él no es juez entre querellantes ni repartidor de bienes. No esperábamos tal tipo de respuesta en labios de Jesús, por ello nos vemos impulsados a buscar en ella algo de más fondo.

De los dos sustantivos, juez y árbitro, el segundo hace referencia directa a la petición del hombre y es el que tiene desarrollo en la frase que Jesús pronuncia a continuación: «Miren: guárdense de toda clase de codicia». Con esta ampliación, Jesús descubre que quien ha hecho la petición es alguien que, movido por la codicia, desea un reparto de la herencia que lo satisfaga. Se descubre el encubrimiento de manifestaciones de piedad pidiendo la intervención de Jesús pero que no dejan de ser deseos de calmar la sed de riquezas.

Junto al desenmascaramiento la advertencia clara: «aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

En la segunda parte, una parábola para reforzar la anterior enseñanza sapiencial. Por medio del recurso del monólogo íntimo, la historia narrada revela la insensatez de un hombre ante el suceso de una cosecha inusualmente abundante, por ello buscará ampliar la capacidad de sus graneros; hasta aquí todo parece prudente. Lo cuestionable es la orientación que en esas circunstancias quiere darle a su vida: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente».

Este ideal de existencia como el disfrute hedonista y narcisista a partir de una prosperidad sobreviniente sucumbe ante la realidad humana de la muerte. A continuación de la historia narrada

en la parábola, Jesús mismo hace una aplicación de ella contrastando dos formas de almacenar: acumulando bienes para sí mismo o acumulando bienes con Dios. Evidentemente aquí no se trata de cosas materiales y cosas espirituales, aquí Jesús está hablando de la orientación de la existencia que ya había propuesto a sus discípulos cuando los invitaba a seguirlo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero perdiéndose uno mismo o acabando consigo?» (9, 24s.)

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