Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Septiembre 16 
¿Qué quiere decir ser salvado por Jesús?

14 de Septiembre 2018
 Padre Tadeo Albarracín
LITURGIA Septiembre 16 ¿Qué quiere decir ser salvado por Jesús?

El episodio del evangelio de la misa de este domingo pone delante de nosotros el fundamento de nuestra fe: «Tú eres el Mesías». Llegamos así al centro del relato de Marcos, no solo en la materialidad de la extensión del texto sino principalmente en el contenido de su revelación. Nos llamamos cristianos porque reconocemos que Jesús de Nazaret es Cristo (el Mesías, el Salvador), y porque acogemos la salvación que él nos ofrece.

El evangelio de hoy (Marcos 8, 27-35) se divide en tres partes, en la primera tenemos dos preguntas de Jesús, en la segunda un anuncio de la pasión y en la tercera una exhortación al seguimiento.

El texto se abre dando cuenta de la presencia de Jesús y su grupo yendo de camino por las aldeas de Cesarea de Filipo. Dentro de la narración del evangelio que estaremos siguiendo los domingos en la misa, resulta importante la mención del sustantivo ‘camino’ junto con el verbo ‘empezar’; estos dos términos –camino y empezar–, expresan adecuadamente el sentido del evangelio de hoy en cuanto introducción a la segunda parte de la narración de Marcos que seguiremos de aquí en adelante, domingo tras domingo.

A partir de ahora en la lectura del evangelio se nos irán develando los pormenores del camino de Jesús hacia Jerusalén; en la medida que avanzamos en este camino hacia Jerusalén se va esclareciendo la identidad de Jesús como salvador al tiempo que nos iremos encontrando con las dificultades de los discípulos para asumir la salvación Dios realiza por medio de Jesús.

A punto de iniciar su camino hacia Jerusalén, en la primera parte del evangelio de hoy, Jesús pregunta qué tanto la gente como sus discípulos saben de su identidad. La percepción que la gente tiene sobre Jesús, presentada aquí por los discípulos, es de asombro y lo vinculan a Él con algo misterioso: es «Juan el Bautista» que habrá vuelto a la vida; es Elías, que no murió, fue arrebatado al cielo y retornará para anunciar la llegada el Mesías; es alguien que posee una especial energía, por eso al tocarlo se obtienen curaciones; es el exorcista que tiene pacto con Belcebú. Es como si la esperanza de salvación hubiese estimulado en el pueblo sencillo alguna superstición.

Conocido esto, Jesús hace la misma pregunta sobre su identidad a los discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Este es el tema central de la primera parte del evangelio de este domingo. Al inicio del camino hacia Jerusalén, Jesús nos invita a aclararnos quién es Él, precisamente porque a través de la narración de este camino, que concluye con la entrega de su vida, es donde el discípulo llega a comprender el mesianismo de Jesús y la salvación que nos ofrece.

Esta primera parte del evangelio de hoy concluye con la orden a los discípulos de no revelar a otros que Jesús es el Mesías. En la estrategia para la formación de los discípulos, Jesús principia por manifestar el objeto del aprendizaje: llegar a saber quién es Él y cómo realiza la salvación; sin embargo, el contenido de esta revelación es preciso irlo aprendiendo a lo largo del camino hacia la entrega de la vida en Jerusalén, de modo que es necesario seguir el camino hasta Jerusalén para conocer de verdad la identidad del Mesías y la manera como Él salva.

En la segunda parte del evangelio de este domingo tenemos un anuncio de la pasión de Jesús, este anuncio del desenlace de la vida de Jesús es un resumen del relato de la pasión, muerte y resurrección; la primera reacción al anuncio de la pasión es la de incomprensión que exterioriza Pedro.

En esta segunda parte tenemos un nuevo inicio dentro de la narración del evangelio según san Marcos: «Y [Jesús] empezó a instruirlos […] Se lo explicaba con toda claridad», como respuesta,

«Pedro lo llamó aparte y se puso a increparlo». En el texto griego leemos que tanto Jesús como Pedro, ‘empieza a’, ello con la misma conjugación verbal: ‘érxato’, comenzar; es decir, que Jesús empieza a enseñar la manera como él salva y Pedro empieza, también, a ponerle reparos a ese aprendizaje.

Además hay una diferencia: mientras Jesús habla a sus discípulos ‘con toda claridad’ –así traduce el leccionario el griego ‘parresía’: con valentía, abiertamente–; Pedro no habla con ‘parresía’ sino que aparta a Jesús del grupo para hablarle en secreto.

Tenemos, entonces, que en este domingo iniciamos la lectura de dos historias entrelazadas: la Jesús revelando abiertamente su identidad de Mesías y la de Pedro (y los demás discípulos) manifestando su inconformidad e incomprensión, algunas veces con sutileza.

La reprensión de Jesús a Pedro, «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!», está manifestando en primer término que la salvación que Dios ofrece por medio de su Mesías no es obra humana, es obra de Dios, pero, de otra parte, revela que los hombres tienen dificultad para comprenderla. Estamos ante el mensaje central del texto del evangelio de hoy.

En la tercera parte del evangelio de este domingo, esta exhortación al seguimiento y el sentido de salvación, Jesús los comunica a la multitud invitando a una opción radical por el Reino; la radicalidad se expresa con la advertencia: «Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá». Es decir, el hombre no se basta a sí mismo, no puede encontrar en sí mismo la plenitud de vida. Jesús explica que la salvación se encuentra saliendo de uno mismo para seguir el estilo del Evangelio. La salvación consiste en compartir con Jesús su destino.

Fijémonos a qué nos llama y qué nos propone el Padre del cielo: ser como el Hijo de Dios hecho hombre. Esta manera de presentar la salvación nos hace pensar que de alguna forma todo ser humano es comparable con Jesucristo. Así las cosas, la salvación no es obra de hombres sino actuar de la misericordia de Dios que va apartando de cada ser humano aquello que está ensombreciendo en él la imagen de Jesucristo.

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