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Y después… ¿dónde vivió María?

11 de Mayo 2018
 Oficina Arqiuidiocesana de Comunicaciones
Y después… ¿dónde vivió María?

Ya se acerca una de las celebraciones marianas más representativas, Fátima. Vemos a María gloriosa, descender del cielo y pedir que oremos por la paz del mundo. Poco conocemos sobre la vida de María después de la Ascensión

Tanto la Tradición como los relatos evangélicos cuentan algunos detalles de la vida de Nuestra Señora. Cristo en la Cruz la encomienda a Juan y este la acoge hasta el final de sus días.

Entonces ser viuda y sola era una desgracia social para la mujer, pues no se le reconocía ningún derecho, por eso la angustia de su hijo agonizante, por eso la petición a su amigo. “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa (Juan 19,26-27).

En principio, parece que Juan cuidó de María en Jerusalén, tal y como se menciona en el libro de Hechos.

“Los Apóstoles regresaron entonces del monte de los Olivos a Jerusalén: la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer en día sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hechos 1,12-14).

Después, Juan se traslada a Éfeso, en la costa turca sobre el Mar Egeo, y allí, seguramente muere Nuestra Señora. Tradicionalmente a este momento se le conoce como la Dormición de la Virgen. También allí debió tener lugar la Asunción.

Este relato se vio reforzado más tarde por ciertas revelaciones privadas de la beata Ana Catalina Emmerick en el siglo XIX, que localizaban la casa de María en Éfeso.

En 1891, la hermana Marie de Mandat-Grancey descubrió en Éfeso una casa del siglo I, junto con las ruinas de una iglesia construida sobre ella en el siglo IV.

Algunos santos y papas, mariólogos y teólogos se han pronunciado sobre el tema, ¿la Santísima Virgen María murió? ¿Cómo y de qué murió? Son, por cierto, preguntas bastantes complicadas.

 Un tema que seguramente fue cuestión de discusión después de que Pío XII declarara el dogma de la Asunción, pues al final, por prudencia, no se pronunció definitivamente sobre la muerte o no de María: nunca aclaró si fue asunta después de morir y resucitar, o si fue trasladada al cielo en cuerpo y alma sin pasar por el trance de la muerte.

Pero una excelente aclaración sobre el tema la hizo san Juan Pablo II en la magnífica catequesis de la audiencia del 25 de junio de 1997. En base a esta, ofrecemos un resumen en varios puntos:

1. Si Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario en lo que se refiere a su madre.

San Juan Damasceno se pregunta: “¿Cómo es posible que aquella que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte? Y responde: “Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, él muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección” (Panegírico sobre la dormición de la Madre de Dios, 10: SC 80, 107).

2. Para participar en la resurrección de Cristo, María debía compartir, ante todo, la muerte.

El hecho de que María fue liberada por su condición divina del pecado original, que todo ser humano conlleva, no quiere decir que recibiera también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado, y transformándola en instrumento de salvación. Y para participar de la resurrección de Cristo, María debía compartir, ante todo, la muerte.

3. La muerte de María pudo concebirse como una “dormición”

El Nuevo Testamento no da ninguna información sobre las circunstancias de la muerte de María. Este silencio induce a suponer que se produjo normalmente, sin ningún hecho (extraordinario) digno de mención.

Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria.

El ilustre mariólogo Garriguet escribió estas hermosas palabras; “María murió sin dolor, porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió sin apego terrenal. Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, fue como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora de una existencia mejor. Para designarla la Iglesia encontró una palabra encantadora: la llama sueño (o dormición), de la Virgen”.

4. La experiencia de la muerte enriqueció a la Virgen

Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste. Así, presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo divino, para compartir con él la vida inmortal.

De este modo la Virgen habiendo pasado por el destino común a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su maternidad espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema de la vida.

San Francisco de Sales considera que la muerte de María se produjo como efecto de un ímpetu de amor. Habla de una muerte “en el amor, a causa del amor y por amor”, y por eso llega a afirmar que la Madre de Dios murió de amor por su hijo Jesús.

 Imagen: Wikipedia / iglesia de Antioquía

Fuente: Varias

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