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Mujeres de la Biblia (6)           

Les presento a las cuatro mujeres de Jacob

03 de Octubre 2014
 Mario Madrid-Malo Garizabal
Les presento a las cuatro mujeres de Jacob

No se escandalicen, queridos lectores. Como sucedió  en otros pueblos orientales, en el e los descendientes inmediatos de Abraham fueron usos comunes la poligamia o poliginia —el matrimonio de un hombre con varias mujeres—  y la tenencia de concubinas por varones casados. Tal situación cambió con el paso de los siglos. Ya en la época de Jesús quedaban muy pocos polígamos en Palestina, y éstos no vivían en las ciudades, sino en lugares remotos o con gente de vida nómada.

 

 

Ya se vio que  Jacob —cuya vida ha descrito un biblista como "una continua serie de luchas"— tuvo que huir del campamento de sus padres para librarse de la cólera de su birlado hermano. De lo que en adelante pasó al cocinero de platos deliciosos y usurpador de bendiciones dan cuenta los capítulos  27 a 36 del Libro del Génesis, donde aparecen las cuatro mujeres que hoy les presentaré.

 

Al salir de su país se dirigió Jacob a la tierra de Jarán, donde vivía sus familiares maternos. En el camino hizo un alto para pasar la noche, tomó una piedra por almohada y tuvo el famoso y conocido sueño: el de la escalera entre el cielo y la tierra por donde subían y bajaban los ángeles del Altísimo. También soñó que Yahvé estaba de pie junto a el,  y le hacía grandes promesas sobre la tierra en la cual reposaba y sobre su descendencia. El soñador dio a ese lugar el nombre de Betel (en hebreo Casa de Dios).

 

Reanudado el viaje llegó Jacob a cierto paraje donde había un pozo. Junto a él estaban varios pastores de ganado lanar, a quienes preguntó de dónde eran y si conocían a Labán, su tío. Ellos dijeron conocer a su pariente y  le informaron que estaba bien de salud. Al poco rato una muchacha se presentó en el abrevadero,  llevando su rebaño de ovejas. Enterado por los pastores de que era  hija de Labán, el viajero la ayudó a sacar el agua para los animales  y luego, emocionado, la saludó con un beso fraternal y se dio a conocer. Ella —que se llamaba Raquel— fue corriendo entonces a su casa, para informar al padre de la llegada del sobrino.

 

Labán recibió con los brazos abiertos al hijo de su hermana,  y no queriendo que trabajara gratis para él le preguntó por el precio de sus labores. Pero sucedió que en las tiendas de aquel rico ovejero había dos muchachas, sus hijas, de una de las cuales ya se habló. "La mayor se llamaba Lía o Leah (en hebreo vaca salvaje, leona o cansada), y la menor Raquel (en hebreo oveja madre o noche) —relata el Génesis—.  Lía tenía unos ojos muy tiernos, mas Raquel era de lindo semblante y de hermoso parecer" (Génesis 29, 16-17).

 

Y como Jacob se había enamorado de una de sus primas, de la que conoció en el pozo, le propuso al tío:

 

"—Por Raquel, tu hija menor, trabajaré siete años para tí" (Génesis 29, 18).

 

Y Labán le dijo:

 

"—Es mejor dártela a ti que dársela a un extraño. Quédate conmigo" (Génesis 29, 19).

 

"Y así Jacob —prosigue la narración— trabajó por Raquel durante siete años, aunque a él le pareció muy breve tiempo, porque mucho la amaba" (Génesis 29, 20).

 

Cuando transcurrió el término pactado, Jacob pidió a Labán que cumpliera su promesa de darle por esposa a la más joven de sus hijas. Entonces aquel hombre, astuto y oportunista, organizó un gran banquete de nupcias al cual fueron convidados todos sus vecinos.

 

Como era costumbre en el  país de los arameos, durante la celebración matrimonial —larga y abundante en alimentos y  bebidas fuertes— la novia permanecía cubierta con un velo similar a los que hoy usan las mujeres musulmanas en poder de los fundamentalistas (el niqab y el burka). Esto permitió al tramposo Labán engañar a  su yerno —quizá un poco achispado, digo yo—, haciendo que pasara la noche de bodas con Lía y no con su querida Raquel.

 

Cuando al día siguiente Jacob se dio cuenta de que había sido embaucado, hizo el reclamo a su tío, y éste, con algo de cinismo, le respondió:

 

"—No acostumbramos en este lugar que la hija menor se case antes de que lo haya hecho la mayor. Cumple con tu semana de casamiento con Lía [los siete días de los festejos nupciales] y entonces te daremos también a Raquel, siempre que te obligues a trabajar otros siete años para mí" (Génesis 29, 26-27).

 

Al timado Jacob no le quedó más remedio que aceptar prestarle servicios a su  mendaz patrono durante otro septenio. Así pudo, una vez concluidas las celebraciones por el matrimonio con Lía, desposar también a Raquel, que se convirtió en su cónyuge predilecta. Como dice la novia en el Cantar de los cantares 8, 6 "el amor es más fuerte que la muerte".

 

Como regalo de casamiento Labán dio a sus hijas sendas esclavas. La de Lía se llamaba Zilpá (en hebreo la tierna o la ñata). La de Raquel, Bilhá (en hebreo despreocupada). De sus dos esposas y de las siervas ya nombradas tuvo Jacob, en el transcurso de pocos años, doce hijos y una hija. Las relaciones del patriarca con  las domésticas de sus esposas se dieron por voluntad e iniciativa de estas últimas.

 

De los hijos de Jacob —que en Génesis 32, 28 Dios llamó con el nombre de Israel—, Judá (en hebreo alabadotierra abarrancada), Rubén (en hebreo Yahvé miró mi aflicción o vean, un hijo), Simeón (en hebreo acogida favorable o Yahvé escuchó), Leví (en hebreo unido, rodeado, cercado o recluido), Isacar (en hebreo jornalero o salario),  Zabulón (en hebreo regalo o pequeño príncipe) y Dina (en hebreo litigio, causa, proceso o juez) nacieron de Lía; José (en hebreo Yahvé  añada nuevos hijos)  y Benjamín (en hebreo hijo de la dicha), de Raquel; Gad (en hebreo suerte o afortunado) y Aser (en hebreo feliz), de Zilpá; Dan (en hebreo hacer justicia o poderoso) y Neftalí (en hebreo mi lucha o he luchado), de Bilhá. Por Génesis 37, 35 es sabido que el patriarca tuvo, a más de Dina, otras hijas.

 

Los hijos de Jacob fueron cabezas de tribus que con el tiempo se identificaron  con símbolos. El de la tribu de Rubén fue el sol naciente; el de la tribu de Gad, la tienda del nómada; el de la de Manasés, una palmera; el de la de Judá, un león; el de la de José, una enredadera sobre el muro; el de la de Benjamín, un lobo; el de la de Simeón, una torre; el de la de Zabulón, un navío; el de la de Isacar, el sol y las estrellas; el de la de Aser, un olivo; el de la de Neptalí, una cierva; el de la de Dan, una balanza.

 

Años después de haberse convertido en yerno de Labán, Jacob  decidió volver a su país natal. Por la narración del Génesis sabemos que en aquel entonces Raquel y Lía continuaban siendo idólatras y veneraban las figuras de dioses domésticos llamadas terafim (en hebreo los putrescentes, los que se están pudriendo)[1]. En su Historia social de Israel explica Rainer Kessler que esas figuras "no sólo tenían uso ritual y  adivinatorio, sino que se consideraban títulos jurídicos para la recepción de la herencia". (Por ello en Génesis 31, 17-34 se relata cómo el hurto de algunos de aquellos objetos provocó un incidente entre Labán y su yerno).

 

Los personajes  de Raquel y Lía pueden ser vistos en las obras de pintores y dibujantes como Berchem, Bradley, Chagall,  Doré, Dyce,  Gimignasni, Grechetto, Madrazo, Negretti,  Mola,  Orrente, Palma, Palma Vecchio, Rafael, Restout, Reuter, Sarabia, Speckter,  Victors,  von Ems, Zick y Zurbarán.

 

 



[1] Los terafim eran la versión semita de los lares romanos.

Fuente: Mario Madrid-Malo Garizabal

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