Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Febrero 25 
El Padre nos revela a su Hijo

23 de Febrero 2018
 Padre Tadeo Albarracín Montañez
LITURGIA Febrero 25 El Padre nos revela a su Hijo

 Nuestro trabajo cuaresmal en la dirección de conocer con mayor profundidad el misterio de Cristo avanza este domingo con la invitación a alimentarnos con su palabra para adquirir así una mirada limpia que nos permita gozar del resplandor de la gloria del Resucitado. Dios mantiene oculta la gloria de su Hijo, pero la manifiesta a los discípulos que acogen la palabra.

El banquete de la palabra que se sirve en la primera parte de la misa de este domingo nos revela el misterio de Jesucristo como el Hijo entregado para nuestra salvación, de este modo nos vamos preparando para la celebración del Triduo pascual en donde se renueva esta entrega que nos libera de toda forma de esclavitud. En el primer texto (Génesis 22) el episodio del sacrificio de Isaac tiene la intención de poner fin a la costumbre primitiva de ofrecer vidas humanas como sacrificio a Dios.

Sin embargo el leccionario de la misa quiere destacar el proceder de Abrahán quien, por obediencia, no se niega a entregar a su «hijo único, al que ama». La obediencia probada de Abrahán lleva a que en lugar de la muerte del hijo de Abrahán el sacrificio se consumara con un carnero que Dios provee.

Este tema de la obediencia de Abrahán es retomado por el Salmo de meditación que asocia la obediencia –«Cumpliré la Señor mis votos»– con el del amor incondicional de Dios por el ser humano: «Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles». En este contexto escuchamos los versículos de la carta a los Romanos (8, 31b-35a) en los que San Pablo nos invita a confiar en el amor incondicional del Padre del cielo quien «no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros».

La actitud obediente de Abrahán está anticipando el amor siempre fiel de Dios, Él se desprende de todo, incluyendo a su Hijo, para que el mundo tenga vida; desde este amor fiel Dios está dando todo lo que el ser humano necesita para tener vida auténtica y estos dones o gracias para que el hombre tenga vida principia por la gracia de la reconciliación.

La entrega del Hijo no es solo en orden a la sustitución o pago de una especie de rescate, la entrega de Jesús –su Pascua– se tiene que percibir hoy en nuestro mundo produciendo fruto en la liberación del hombre, en su rehabilitación para obrar la justicia. Cristo murió y resucitó y su victoria pascual se manifiesta hoy al mundo en la vida de cada cristiano que asume una existencia semejante a la de Él, con esta intención participamos de la mesa de la Eucaristía: Padre Santo, «concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria», oramos en la III plegaria eucarística.

Éste que el Padre del cielo entrega es dado a conocer en el episodio de la transfiguración. En la secuencia del relato de Macos, Jesús ha venido anunciando que el Reino está aquí, entre nosotros, que el Reino principia con la ‘pesca de hombres’, es decir con el reconocimiento de su dignidad, con la liberación de situaciones o estructuras que deshumanizan. Recordemos los episodios de la liberación del hombre poseído por el espíritu maligno o la recuperación para la comunidad del leproso marginado, que leímos en los domingos antes de iniciar la Cuaresma.

Pero es como si el Padre mantuviese oculta la gloria de su Hijo, lo sentimos también nosotros en nuestro tiempo, nosotros que hemos perdido el entusiasmo por renovar la evangelización, nosotros que de entrada desconfiamos de la invitación a cambiar el paradigma pastoral, pastores que piensan que al pueblo confiado a su cuidado hay que seguir manteniéndolo con devociones superficiales, porque ‘esa es la fe del pueblo’.

En la escena del evangelio de la misa de este domingo, Dios revela a los discípulos la intimidad de Jesús; el evangelista explica que la transfiguración de Jesús es percibida a través de sus vestidos, de un blanco resplandeciente que no es de este mundo. Esta manifestación de la intimidad de Jesús hace posible a los discípulos comprender que en el rostro, en la palabra, en el gesto humano de Jesús Dios está realizando el proyecto del Reino. Por la epifanía de la transfiguración podemos comprender que esta presencia y actuar humanos de Jesús vienen de Dios y ellos nos invitan a descubrir cómo el Reino está aconteciendo entre nosotros hoy.

Como oramos con la oración colecta, al acoger la palabra que predica Jesús tendremos la mirada limpia que nos permite contemplar cómo en la realidad humana de todo hombre y toda mujer el Padre del cielo manifiesta el Reino. La Palabra acogida en la obediencia de la fe que nos permite reconocer cómo Dios reviste con trajes que no son de este mundo la vida del hombre y así poner nuestra esperanza en el amor siempre fiel del Padre.

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