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San Ignacio, restaurado

Sapientia aedificavit sibi domum

19 de Septiembre 2017
 Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones
San Ignacio, restaurado

Está en el corazón de la llamada Manzana Jesuítica, en el centro histórico de Bogotá. La bordean las carreras 6ª y 7ª y las calles 9ª y 10ª, frente a la plazoleta de Cuervo, vecina de la Plaza de Bolívar, la Catedral y el Palacio arzobispal. Esta empezó su existencia con la historia misma de Bogotá; está conformada por el templo, la iglesia de los indios, así llamada la capilla doctrinera; el claustro, ocupado ahora por el museo Colonial, y el colegio de San Bartolomé, cada uno con su propia Historia 

Empecemos por San Ignacio. La iglesia fue la primera parroquia urbana en esta ciudad. La primera piedra fue puesta en noviembre de 1610 y la construcción terminó en 1691. En 1635 fue consagrada al fundador de la orden de los jesuitas, san Ignacio de Loyola. Su arquitecto fue el padre jesuita Juan Bautista Coluccini.

A su alrededor se construyó el primer seminario, la universidad y el colegio de san Bartolomé, claustro insigne en donde se formaron, hace tiempo, los grandes del país como san Pedro Claver, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, Antonio Nariño, Francisco de Paula Santander, Custodio García Rovira, Antonio Ricaurte, José Eusebio Caro, Diego Fallon, Bernardo Herrera Restrepo, Julio Garavito Armero, Santiago Páramo, Nemesio Camacho, Roberto Pizano, José Manuel Marroquín, Luis Carlos Sarmiento Angulo, Salomón Hakim,  Julio Medina, entre muchos.

La historia del templo no se ha contado en versión final, pero se tiene hoy por cierta la versión de Fernando Arellano en Arte Hispanoamericano. De Coluccini, italiano llegado en el año 1606, se conocía “que era un gran arquitecto que sabía trazar una fábrica y ponerla en papel”, pero no era un arquitecto formal y tal vez su conocimiento no era tan grande, a lo mejor era muy limitado. Arellano dice que San Ignacio es obra del hermano español Pedro Pérez, quien había trabajado con el creador del barroco español y arquitecto de la catedral de San Isidro de Madrid, el hermano Francisco Sánchez.

La construcción comenzó en el año 1625, aunque no estaba terminada fue dedicada a san Ignacio en 1635. En el 39 se empezaron a vender, como era costumbre, las capillas, que eran usadas en muchos casos como criptas para los miembros de las prestantes familias o cofradías que las habían comprado. Coluccini murió en 1641, luego de haber sido científico, músico, lingüista y cultivador de la astronomía. Después de haber trabajado con diversas comunidades como las parroquias indígenas de Cajicá, Fontibón y Duitama; de haber sido rector en la Universidad Javeriana y de haber preparado gran cantidad de pueblos indígenas para recibir la sagrada comunión.

Durante el tiempo que duró la expulsión de los jesuitas del país, entre 1767 y 1891, la iglesia recibió el nombre de San Carlos en honor al rey Carlos III. Hasta la construcción de la actual catedral Primada, sirvió como vicecatedral, por su cercanía a la plaza mayor de la ciudad.

El templo es considerado de estilo manierista, según Francisco Gil Tovar, quien describe la fachada como una composición de series apretadas de nichos en sentido vertical, que alguien llenó de estatuas que nada tenían que ver con lo original.

Hoy estas estatuas están discretamente dispuestas en el corredor del piso alto del templo.

Su interior está compuesto por una nave central de techo abovedado y decorado con representaciones de ángeles, hojas y frutos; dos naves laterales y un crucero. Sobresalen el retablo y la imaginería del altar mayor, reluciente de oro, es una bella obra esculpida, pintada, dorada y cubierta de órdenes diversos de arquitectura, de columnas, imágenes y ornamentaciones varias, atribuida al jesuita alemán Diego Loessing. A lado y lado se han hecho excavaciones en donde se han encontrado tumbas, en su mayoría de religiosos, aunque se desconocen sus nombres.

Vale la pena resaltar la belleza de sus capillas, en especial las dedicadas a san Francisco de Borja, que está presidido por una imagen que representa su conversión y el desapego por los bienes y honores terrenales, pintada por Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos –alumno jesuita-; la de san Francisco Javier, que representa su predicación, adornada con una imagen de Vásquez y una talla en madera de Pedro Laboria, que muestra su muerte mirando al oriente.

En las cuatro pechinas de la gran cúpula, pintadas por Vásquez y restauradas por Páramo, de enormes dimensiones, están los Evangelistas.

Y la capilla del rapto… Laboria, absolutamente impregnado del espíritu ignaciano hace una composición que cuenta toda la historia del santo, su vida, su primer llamado, su labor en Manresa, su sueño… la escultura es excepcional en sus detalles, las venas, la mano exánime, la mirada perdida, los pies…

El órgano es otra de las joyas del templo, es un órgano español de la época del obispo Ignacio León Velasco (1889-1891), último arzobispo jesuita y quien también trajo el famoso Amezua de la catedral Primada.

Una de las magníficas obras de Laboria representa a San Ignacio, con su casulla dorada de presbítero, ahora ocupará un lugar principal junto a una fuente nueva que permitirá catequizar sobre el sentido y uso de la llamada agua bendita de san Ignacio.

Una de las ganancias de la restauración es la torre del campanario, cuatro pisos en escalera de caracol con lozas perfectas que permiten llegar hasta las campanas y el reloj y divisar el paisaje del centro bogotano, por el oriente hasta los cerros y por el occidente todo el centro del comercio, las oficinas, el tráfico, la vida.

Capítulo aparte merece la sacristía original del templo, la capilla de san José. Es ahora uno de los espacios más bellos y conservado de las iglesias católicas en Bogotá. El padre Santiago Páramo (Bogotá 1841-1915), jesuita, formado en el colegio de San Bartolomé, exiliado por las sucesivas expulsiones que sufrió su orden, se vistió de Miguel Ángel y regaló a la historia y al arte una pequeña Sixtina.

La figura central es José, el hijo de Jacob, y las escenas de su vida; y el fin del mundo y el juicio final. La muerte de san José, la glorificación de la Sagrada Familia y, por supuesto, los santos de la Compañía de Jesús. Las pechinas parecieran en altorrelieve, ¡pero son pintadas! La Muerte de San José es un óleo del pintor napolitano Orestes Monacelli.

Hace once años empezó la restauración del templo, su rector de entonces era el padre Gabriel Izquierdo, jesuita; la restauración no ha terminado, pero ahora, en las manos de artista y artesano del padre Germán Bernal empezará a recuperar su brillo estético y pastoral ad maiorem Dei gloriam.

 

Fuente: Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones

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